Tres muertes y (de nuevo) el Apocalipsis


Parte I

En un refugio, la gente se apilaba en camas y literas a los lados de una larguísima habitación.

Nosotros dos luchábamos por un poco de agua. Una mujer amable nos sirvió de una jarra el liquido naranja con hielos, en pequeños vasos. Les llevábamos a los otros, nuestras respectivas parejas.

Yo sólo quería dormir, pero me hicieron subir a un coche. Yo iba en el asiento de atrás con la otra chica.

Al salir del refugio, tomamos una calle principal.

Del lado izquierdo, vimos una iglesia enorme, incendiándose. Tenía varios edificios, en unos de ellos la piedra gris se enrojecía por el fuego; en otros, las llamas trepaban por las paredes. Rodeada de humo, se veía sin colores. De hecho, toda la ciudad carecía de color, todo estaba en una gama de negros, grises y azules.

Las nubes de las formas mas extrañas surcaban el cielo, presagiando algo malo. Alcancé a verlas al pasar por una glorieta, desde donde se alcanzaba a ver el horizonte.

Un ser volador apareció en el cielo, tenia forma de dragón y era enorme. Al caer y posarse con fuerza en el suelo, se convirtió en una especie de robot. Caían varios de ellos.

Supliqué al conductor que fuera más rápido, pero las máquinas seguían cayendo. Se creó un caos entre el sonido de sirenas de las policías y ambulancias, los seres metálicos que aterrizaban y rodaban por las calles, las personas corriendo y los agentes intentando alcanzar en sus motocicletas a las máquinas.

Sentí que ese era el fin del mundo, podía prever como todo se encaminaba al desastre a mi alrededor y quería ver más, quería verlo todo, quería ver el final.  Pero sonó la maldita alarma y, de nuevo, me desperté con el sabor a sangre en mi boca.

Parte II

Tres de mis amigas habían muerto. A cada una la había conocido en distintos tiempos de mi vida y las había querido tanto…

Cuando me enteré de la muerte de mi mejor amiga me quedé en shock.

Llegué a su casa a buscarla, y su padre y su hermano me lo dijeron.

Fui a su cuarto y la busqué sobre la cama, bajo los peluches entre los que solíamos jugar a ocultarnos y nada.

¡Nada!

Me quedé helada, sin comprender, y luego la sensación dio paso al enojo, incluso a la ira.

Cómo era posible que una persona con la que había crecido y pasado tantos años simplemente desapareciera. Tenía que estar allí. No PODÍA abandonarme.

Salí, reclamándole al aire que ya había sufrido, y en un breve lapso, dos muertes de personas cercanas: la de mi amiga querida de la infancia, y ahora, la de mi hermana de la adolescencia.

Fue entonces cuando supe de la muerte de otra amiga, la de mi juventud, la que había decidido no serlo en mi futuro.

Al pensar en ella, solo veía en mi mente un vibrante color amarillo que brillaba al cerrar mis ojos.

Me senté sobre la acera gris, sola, al borde de la calle.

Totalmente destrozada, comencé a llorar. Era un lamento a gritos, con sollozos violentos, con gemidos y hasta hipo. El dolor era desgarrador.

Vi pasar a otro que solía ser mi amigo. Pretendió no verme y pasó de largo.

Acrecenté mi llanto y me miró. Me preguntó: “¿Por qué lloras?” y le respondí:   “Por ella”, y pensé que iba a sorprenderlo cuando le dije: “Está muerta”.

Sonrió y me explicó: “No, es una broma de ella y su novio. Pero ya dijeron la verdad y pidieron disculpas.

El desconcierto y el enojo reemplazaron al llanto en seguida, como una combustión inmediata, como cuando se prende un cerillo. (“¡¡¡Una broma…!!!”)

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