L (sueño)


Que todos se iban menos nosotros; D me lo anunció y me ofreció café. En ese mundo paralelo extraño, esa realidad alterna de algunos sueños.

Y el café en el otro mundo se sirve en metal, parece.

Pero lo importante era ella; ella y su padre, que eran tan parecidos: la piel en bronce, el cabello negro, los ojos oscuros y sonrientes, la preciosidad. Y ella, de seis años, contaba un cuento sobre su papá. Y ella me abrazó cuando dijeron «mamá».

(M) Correr (sueño)


Correr. No de ellos, sino conmigo.

Había salido de la habitación del interrogatorio, donde todo era justificarse. «¿Por qué has sentido lo que has sentido?», «¿por qué has hecho lo que has decidido?». Un hombre jamás tuvo que dar explicaciones de ese tipo. Mesas llenas de interrogadores; mujeres que rezan, que lloran, que se enojan, que reclaman.

—Carla, ¿a dónde vas?

Y eché a correr hacia el estadio. Sentir la lujuria observando mis pasos, y cómo todo lo observable parece ser eso…

No me importó nada. Entré desde la calle hacia las gradas. Subí hasta la más alta y eché a correr por el borde, el borde que separaba la cancha de las gradas, el borde que separaba las gradas del abismo, de la pendiente pronunciada.

Y corrí. Corrí. No huyendo, no con miedo. No huyendo de ellos (de todos ellos), sino yendo conmigo. Oí en mi cabeza el (diluvio de) comentario(s), el tono (despectivo), el juicio (generalizado), un versículo originario (del machismo). Las palabras son un arma contundente, una bala de escopeta que ellos apuntan al centro de mi mente.

Son el río.

Corrí por el borde a una velocidad jamás antes alcanzada. Corrí liberada, sintiendo el vértigo en cada vuelta, la fuerza centrífuga. Y gritaba. Gritaba en cada curva, con un rugido… una llama… un sollozo que desahogaba, liberaba, independizaba. [Ese grito quiero pronunciarlo en voz alta (pero son las 6 de la mañana) en la orilla de la carretera, hacia esos paisajes que nadie frecuenta, que casi nadie frecuenta].

Y rodeé el estadio a la velocidad vertiginosa, una dos, tres vueltas. Y gritaba.

Hasta que vi frente a mí a un hombre que estaba por caer. Un jugador que se tambaleó, o algo así, en un saque de banda. No iba a poder detenerme. Chocamos y quedé debajo de él cuando me cayó encima. Y eso me detuvo de caer por el borde de la grada.

—Sostenme o me voy caer al abismo —Le señalé con la mirada mi situación precaria.

—Tuviste suerte de que detuvieran el partido —dijo y luego sonrió.

Y sonreí.

Hubiera podido caer también hacia el otro lado, hacia la velocidad de sus carreras y la fuerza sus patadas.

Entonces llegó un par de mujeres que me ayudaron a sostenerme por los brazos y sentarme en el borde.

Y les agradecí.

Reja (sueño)


Estábamos aún en cama cuando oí que tratabas de abrir la puerta para irte. «No, un último abrazo…», pensé, contenta, saltando de la cama.

Mi ventana mostraba un paisaje distinto, edificios rojos, un cielo despejado y puro. Quizás ahí debí haberme dado cuenta…

Pero llegué a la sala y estabas junto a la puerta. Había algo color rosa mexicano en tus ropas. Me acerqué y noté que estabas un poco atribulado.

—Quería irme, pero tienes que abrirme la puerta.

—Sí, ahorita lo hago, pero ven, ¿ya desayunaste? Tómate un café.

Arreglaste toda la cocina, trataste de dar orden a lo que no lo tenía, limpiaste todo lo que pudiste y yo aún así no quería dejarte ir. Tu voz, en el tono rasposo de siempre, tu rostro…

—¿Café?

Metal. Te serví una taza, te senté a la mesa. Me dijiste:

—Mira —Me mostrabas videos de ella, que acaba de irse, sonriendo y rodeada de nuestros niños—. Tengo que ir con ella.

«¿Es que acaso tengo yo el poder para impedirlo? ¿para retenerte, A…?», pienso ahora, ya despierta.

Y no, no te abrí la puerta.

Una reja de metal te impide la salida hacia esa meta.

No puedo, no puedo aún quitarme de encima el llanto que no lloré, resignarme sin una explicación, dejar al aire la confidencia cuyos detalles he perdido en mi memoria, olvidarme de que rompiste nuestro silencioso pacto, aquel sobre el que estabas tan preocupado, dejar de sentir la traición, el abandono (yo sé, infundado).

Pero tengo que… Ninguna reja mía debe hacerte daño. Estaré trabajando.

(Pendiente)

Sol


“Limitless undying love
which shines around me like a million suns
it calls me on and on across the universe.”

Lennon/McCartney


(Soñé que) había sido arrojada a un prado desde otro lugar, otra dimensión, otro sitio.

Una luz brillante lo bañaba todo, cálida, amarilla, tan deslumbrante que no me dejaba ver. Solamente adivinaba el pasto verde y los árboles a mi alrededor.

Tras el golpe de la caída, traté de incorporarme. A pesar de estar sola en el prado, tenía consciencia de que otros seres me veían. Y sentía vergüenza de moverme tan torpemente por sobre el pasto, de estar tan ciega por la luz.

Me tambaleé hasta incorporarme y trastabillé al tratar de dar unos pasos. Sentía un nudo en la garganta. Vergüenza, confusión, angustia.

Pero entonces alcé la vista y pude ver el sitio más brillante del prado. Un claro iluminado aún más intensamente por un haz de luz. Allá, en la cima de una pequeña colina, un claro precioso bañado de luz.

Y entonces lo supe: allí está mi bebé. Tengo que ir por él. Y corrí hacia él. Paz, paz, amor.


Como el día al sol,
así, amor.

Nunca hubo respiración más diminuta,
nunca hubo un más pequeño sol.

La víspera de la Fiesta de San Juan (sueño)


Yo no sabía que cada año en la víspera de la Fiesta de San Juan sucede algo aterrador. Al menos sucedió el año pasado y probablemente sucederá este, según nos dijeron apenas un par de mujeres que paseaban con sus hijos por el muelle, en esa ciudad extraña. Las calles eran de losa blanca y sentía el mar cerca, pero no a la vista. Todos habían estado paseando, simulando un aire despreocupado, pero, en cuanto se nos reveló la proximidad del peligro, todo se vino abajo.

Nos dieron indicaciones precisas: corran a ponerse a cubierto, encuentren una casa, entren en ella y finjan su vida cotidiana, pero lo más importante es que no se muevan… ni siquiera un milímetro. Las bestias estarán sueltas por la ciudad esta noche y entrarán en cada casa; la examinarán a conciencia. Pero no pueden detectar el movimiento. Solamente la inmovilidad absoluta puede salvarte de la muerte ante ellas. (O eso dijeron).

Entramos a una casa él y yo; cualquier casa, la que sea. Todos hicieron lo mismo: usurpar identidades, hogares. Puse ante una mesa dos platos y robé pan para colocarlo sobre ellos, un par de cuchillos para fingir cortarlo, pero en realidad para defensa. Me quedé el más afilado: puño de madera, hoja grande y con sierra. Comí un trozo de pan ante la angustia de la espera. Lo urgí a que se sentará, pero él permanecía de pie, distraído, casi tranquilo. «Siempre ha sido tan ajeno a estos miedos que parecen solo míos».

Ruido afuera en las calles. Algunos gritos. Nos miramos y nos sentamos frente a los platos. Tomé el cuchillo. Y entonces me quedé quieta, en la inmovilidad más completa, la mirada fija y sin parpadeo, la respiración baja a casi cero, la temperatura descendiendo. Los músculos completamente paralizados por el miedo. No, no el miedo. El terror más absoluto. Los sentí mientras nos rodeaban y husmeaban en torno nuestro. Ni siquiera pude verlos.

Fue la alerta más intensa dentro de la desconexión más severa. No lucha, no huida. Solo parálisis ante la muerte inminente.

Y nunca hubo conclusión y nunca hubo alivio.

Desperté. Más bien no, nunca desperté sino que me hundí en otro sueño. En el noqueo de la inmovilidad silente. Y me quedé por siempre atrapada en ese momento.

Invasores / Orden (pesadillas)


Vinieron en medio de la noche e irrumpieron en mi casa, una mujer, un hombre y un chico. Aún no salgo del terror.

Entraron a mi hogar como si fuera el suyo, caminando por las habitaciones como si les pertenecieran.

Corrí por el teléfono para llamar al número de emergencias, pero me detuvieron. Cuando el chico me arrojó sobre la cama, mordí su mejilla antes de que pudiera tocarme hasta que le arranqué un pedazo de piel, pero a él no pareció importarle. Los otros lo reprendieron y me dejó en paz. Me explicaron que solo necesitaban un lugar para pasar la noche porque la policía los buscaba.

Nos fuimos ‘a dormir’; era de madrugada. Yo, en cama, no dormía, solo estaba preparada para el ataque. Tomé como arma cualquier cosa que pudiera defenderme, pero una parte de mí me decía que era mejor que los dejara en paz. Y entonces, de mañana, tomarían sus cosas y se irían.

Más tarde, miré las noticias en el celular. Allí estaba el rostro de ella en todas partes.

—¿Esta eres tú? —le pregunté, poniéndole el teléfono frente a la cara.

—Sí.

Y ellos eran el hijo y el esposo. Ella era una activista o algo por el estilo. Me compadecí un poco, en medio de mi enorme cautela. Miré sus pocas pertenencias.

—¿Tienen suficiente ropa?

—Apenas… ¿Tienes jabón?

—Sí.

—¿Pañales?

—¿Pañales? No.

Junté algunas cosas para darles. Y rogué dentro de mí: «¿No es verdad que se irán pronto, antes del amanecer?».


Yo había preparado todo con calma, según las instrucciones. Pasé horas armando mi pequeño equipaje, las únicas pertenencias que podría llevarme a ese viaje hacia ‘el lugar seguro’ al que las autoridades prometieron llevarnos. No es que tuviéramos alternativa alguna. Era un comando obligatorio: era la guerra (o el fin del mundo) y debíamos ingresar a un refugio.

Solo una pequeña maleta por persona, dijeron.

Así que guardé en ella todo aquello de valor: una antología, las revistas, libros, cuadernos, algunas cartas, impresiones de conversaciones, fotografías, archivos en el USB, anillos, aceite de menta, lavanda, pequeños, pequeños recuerdos gigantescos que lo son todo para mí. Y todo ordenado. El orden de mi vida por el que tanto he trabajado y luchado.

No recuerdo siquiera haber llevado alguna ropa.

Cuando los militares llegaron, el lugar ya estaba casi vacío. Varias personas los esperábamos con nuestras pequeñas maletas o portafolios en las manos.

Su actitud desde que llegaron: los amos del mundo, los dueños de la suerte de todos; y lo eran.

Tomaron mi maletín y lo sopesaron y lo midieron a ojo.

—Es demasiado.

Uno de ellos lo abrió y, sin piedad, regó el contenido por el suelo y lo pisó, procurando que todo quedara totalmente destruido.

Mi desolación no puedo ni expresarla.

—Vuelve a hacerlo.

Y yo pensé: «¿Cómo?, ¿cómo puedo reemplazar todas esas cosas valiosas que no existen más, y el orden en que las dispuse. Mis recuerdos, mis recuerdos, todos esos recuerdos que me esforzado en atar como hilos que tienden a destrenzar…».

Y a pesar de ello, comencé a planear la nueva maleta. Mi mente no me da tregua. La supervivencia no da tregua.

Lucha/huida (sueño)


Había muchas personas hablando en el estacionamiento del edificio. Las excavaciones de revisión tras el terremoto habían puesto al descubierto algo escalofriante. Debajo de los cimientos, estaban enterrados los cuerpos de un adulto y cuatro niños. Al parecer, el padre había matado a los hijos y luego se suicidó.

Había agua en el subsuelo. Era como si hubieran sido enterrados en agua.

Alguien pidió algo para mirar a través: un visor, unos goggles. Yo dije: «Yo tengo». Y subí por las escaleras a buscarlos. Apenas llevaba algunos escalones cuando escuché gritos abajo, gritos de terror y de advertencia. «No bajes», decían. Así que corrí escaleras arriba, en huida.

Entonces los sentí tras de mí. Corrían como humanos, pero eran bestias. Algo animal había en ellos, con fauces, hocicos de dientes afilados, con piel ¿transparente?

Traté de entrar en cualquier puerta, estaban cerradas. Llegué al departamento en el piso más alto. Parecía un penthouse. Estaba abierto. Entré y cerré la puerta tras de mí, a centímetros de ellos.

Golpeaban sin control contra la puerta mientras yo buscaba algo con que defenderme, algo con qué pelear. Encontré entre mis cosas una navaja y un sacacorchos en espiral. Con eso se llevaría a cabo la lucha.

Me asomé hacia el estacionamiento por el balcón. La pelea abajo estaba siendo ganada por las fieras; los vecinos corrían hacia las salidas y eran abatidos antes de llegar.

Entonces vi al líder. Un hombre; él no era una fiera sino un ser humano, rodeado de otros tan pensantes como él. Alzó la vista y me vio en el balcón. Sentí el terror de siempre, tan antiguo y tan conocido, tan intenso.

Los vi correr hacia el edificio y los oí subir por la escalera. Venían por mí. Todo esto era por mí.

Me preparé para esconderme y permanecer quieta.

A diferencia de las bestias, ellos sabían abrir la puerta. Cuando entraron, me había acostado lo más plana posible en el piso del balcón para no ser vista.

Registraron el departamento y entonces uno de ellos me vio, un subordinado. Trató de salvarme. Dijo: «Aquí no hay nadie». Por supuesto, el líder no le creyó y se asomó.

Cuando sentí la muerte inminente, su presencia de muerte sobre mí, preferí saltar yo misma a ser asesinada.

Y me lancé del balcón.

Pero no morí. Seguí viva tras la caída y eché a correr hacia la salida. En huida, en adrenalina, en alerta. Huida.

Desperté.