Acerca de Crissanta

Carla Paola Reyes (Crissanta). Editora, escritora, traductora. Editora general de Salto al reverso. Administradora de Arte y denuncia. Directora de Somarí Creativos. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal, impulsando a emprendedores y artistas para que realicen sus propios proyectos.

Dos obras por Crissanta


SALTO AL REVERSO

Crissanta es la autora destacada del mes en Salto al reverso. Pueden ver sus obras para nuestro blog dando clic aquí y visitar su blog en crissanta.com.

Compartimos con ustedes dos de sus obras.


Estoica

Melancolía insoportable,
inexpresable.
Desesperación salvaje,
inexpugnable.

No diré una palabra,
no cederé una lágrima.
Todo morirá en mis labios,
partidos de silencios,
amargos de palabras,
de explicaciones vanas.

Todo quedará en mis adentros,
anegados de sentimiento,
de cuchillos rotos,
de océanos inmensos.

Y mis manos,
esos instrumentos
de amor y consuelo,
de tortura y miedo,
abrazarán mi cuerpo
para que no se rompa,
contendrán la furia
y el impulso innato,
oscuro,
insensato.

Y se clavarán las uñas
en mis palmas,
en mis brazos,
en mi almohada.

Y gritaré hacia adentro,
y maldeciré mi alma.

Y sonreiré mañana,
estoica,
desdichada.


Encanto

Llego a verte, emocionada, nerviosa.

De inicio, no nos entendemos. Estás ofendido porque te…

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Lucha/huida (sueño)


Había muchas personas hablando en el estacionamiento del edificio. Las excavaciones de revisión tras el terremoto habían puesto al descubierto algo escalofriante. Debajo de los cimientos, estaban enterrados los cuerpos de un adulto y cuatro niños. Al parecer, el padre había matado a los hijos y luego se suicidó.

Había agua en el subsuelo. Era como si hubieran sido enterrados en agua.

Alguien pidió algo para mirar a través: un visor, unos goggles. Yo dije: «Yo tengo». Y subí por las escaleras a buscarlos. Apenas llevaba algunos escalones cuando escuché gritos abajo, gritos de terror y de advertencia. «No bajes», decían. Así que corrí escaleras arriba, en huida.

Entonces los sentí tras de mí. Corrían como humanos, pero eran bestias. Algo animal había en ellos, con fauces, hocicos de dientes afilados, con piel ¿transparente?

Traté de entrar en cualquier puerta, estaban cerradas. Llegué al departamento en el piso más alto. Parecía un penthouse. Estaba abierto. Entré y cerré la puerta tras de mí, a centímetros de ellos.

Golpeaban sin control contra la puerta mientras yo buscaba algo con que defenderme, algo con qué pelear. Encontré entre mis cosas una navaja y un sacacorchos en espiral. Con eso se llevaría a cabo la lucha.

Me asomé hacia el estacionamiento por el balcón. La pelea abajo estaba siendo ganada por las fieras; los vecinos corrían hacia las salidas y eran abatidos antes de llegar.

Entonces vi al líder. Un hombre; él no era una fiera sino un ser humano, rodeado de otros tan pensantes como él. Alzó la vista y me vio en el balcón. Sentí el terror de siempre, tan antiguo y tan conocido, tan intenso.

Los vi correr hacia el edificio y los oí subir por la escalera. Venían por mí. Todo esto era por mí.

Me preparé para esconderme y permanecer quieta.

A diferencia de las bestias, ellos sabían abrir la puerta. Cuando entraron, me había acostado lo más plana posible en el piso del balcón para no ser vista.

Registraron el departamento y entonces uno de ellos me vio, un subordinado. Trató de salvarme. Dijo: «Aquí no hay nadie». Por supuesto, el líder no le creyó y se asomó.

Cuando sentí la muerte inminente, su presencia de muerte sobre mí, preferí saltar yo misma a ser asesinada.

Y me lancé del balcón.

Pero no morí. Seguí viva tras la caída y eché a correr hacia la salida. En huida, en adrenalina, en alerta. Huida.

Desperté.

Frascos


SALTO AL REVERSO

«Mar azul», por Crissanta.

Azul y frío,
así es ese recuerdo:
un mar delicado
surcado por hielo

que no responde al grito
o a los ruegos
bello y mudo,
atesorado.

Junto con el resto,
lo guardo en un frasco
de vidrio templado,
de cristales de llanto.

He coleccionado
cada triunfo sobre el daño.
He ordenado
el caos en frascos:

Allí está ella,
la que apenas despierta,
que se retuerce en miedo
y en alerta.

Está la que miraba a la ventana…
y sus trazos en escarlata.

Está la huida desastrosa.

El levantamiento de falsos,
el juicio y el fallo,
la cruel sentencia.

El vestido blanco.

Están, en los frascos,
gritos acallados
de terror paralizado
y el silencio forzado.

Los llené de lágrimas
y revelaciones,
de temblores
incontrolados.

Grité en su boca
maldiciones,
aullidos animales,
murmullos indescifrables,
lamentos de tristeza
y arranques de demencia

durante muchos años.

Y los frascos se…

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Guardia del Sol II – Terror


Guardia del Sol
Expedición #24
∞290764∞

Fotografía por Moritz Schumacher (CC0).

Cinco días habían pasado desde que la vio, a esa chica, la que ella llamaba en su mente ‘la flor amarilla‘. Kei la mantuvo alejada de esa vieja casa, obligándola a tareas rutinarias y aburridas: cazaron conejos y pájaros, cortaron maleza para abrir paso en el camino hacia el oeste e incluso la hizo montar patrulla un día entero frente a la escuela. Las voces quedas de los niños repasando sus lecciones solamente le hicieron recordar aquella voz que no pudo oír. Esa niña… ¿Seguiría viva?

—¿No estará ya muerta? —dijo Sofía, sin querer, en voz alta mientras afilaba cuchillos.

—Ja, ja, ja… ¿Quién? ¿Tu ‘flor amarilla’? —se burló Delta.

Sofía la miró con reproche y continuó deslizando el filo de su arma contra la piedra.

—Si sobrevivió tantos años allí, ¿cómo es que va a morir porque la abandonas un par de días? —Delta disfrutaba de molestar a su compañera de Guardia.

—Cinco, cinco días —enfatizó Sofía.

—She’s fine. —A veces, Delta hablaba en su idioma natal.

Sofía miró el hermoso rostro de tez negra de Delta sin atenderla realmente. Solo reflexionaba. Había hecho cuentas y le parecía imposible que ese chica hubiera sobrevivido allí, en esa casa abandonada, aislada del mundo desde que nació. «Debe ser la nieta de alguien que vivió la Tercera Guerra, como yo. ¿Tercera generación? No hay otra respuesta. Si yo sobreviví…, pero yo estaba acompañada. Y ella, ¿cómo?».

Pensó en su aldea, en el complejo ‘AN22’ para ser exactos: ese amplio refugio creado en un antiguo búnker del gobierno en donde ella nació y vivió con mucho más comodidades que el resto de sus habitantes, producto de ser la nieta del líder. Pensó  con resentimiento en los vestidos finos que le ponía la abuela, en la vajilla china en la que le servían cada comida, en la cama con dosel en la que descansaba mientras el resto dormitaba en literas con colchonetas raídas.

Y también vio de nuevo la cara pálida y eternamente apesadumbrada de su padre. Recordó el gesto de contrición en su cara cuando le tendió ese paquete de cuadernos: los diarios de su madre. Se vio leyéndolos casi a oscuras, a escondidas de las miradas de los abuelos. En su pecho rugió de nuevo el resentimiento y se vio tomando la serie de decisiones que la llevarían a dejar la aldea y entrar a la Guardia del Sol.

—Ya. —La voz de Delta la sacó de golpe de sus recuerdos.

—¿Ya qué?

—Ya está afilado eso. It’s enough.

Sofía soltó el cuchillo sobre la piedra.

—Agente Mercury, agente Bellum. —Kei apareció con su paso firme y su inmanente autoridad—. Haremos una ronda de seguimiento a la zona 5A. Alístense.

Sofía sonrió, sabiendo que eso significaba la vuelta a la casa de ‘la flor amarilla’. Tomó brevemente la mano de Kei y le sonrió, mirando con dulzura sus ojos rasgados.

—Gracias, Neptune —dijo, pronunciando con respeto la segunda palabra.

Él le devolvió la sonrisa junto con una mirada cómplice.

***

Llegaron en silencio, amortiguando sus pasos sobre la hierba, con las armas desenfundadas. Rodearon el edificio, felicitándose por su discreción. Sin embargo, la muchacha ya los había visto. Estaba de pie junto a la ventana, oculta tras las cortinas, pero delatada por el tono amarillo de su vestido que se traslucía entre los encajes.

Sofía se alegró de verla ahí, viva. Volteó a mirar a sus compañeros, sonriente. Kei le hizo un gesto. Comprendió y asintió. Bien, lo intentarían de nuevo.

Se aseguró de tener su mirada fija en la suya antes de hablar.

—Soy la agente Mercury. Somos miembros de la Guardia del Sol y venimos a ayudarte. —Como la vez anterior, bajó su cuchillo y sacó de su chaleco militar algo de comida y una botella de agua y se los mostró—. Por favor, sal y ven con nosotros.

Hubo un silencio prolongado. La mirada tras la cortina dejaba ver una deliberación interna. Sofía incluso llegó a preguntarse si la chica había entendido el mensaje. Estaba a punto de repetirlo cuando se abrió la ventana y ella mostró su mano tendida.

—Debes salir y acompañarnos —precisó Sofía.

La chica negó vehementemente con la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por favor, señorita… —La voz masculina de Kei sonó como un trueno y la mano de la chica desapareció tras la ventana que cerró de inmediato.

‘Mercury’ miró a su superior, preocupada, con la pregunta en los ojos: «¿Puedo entrar?». ‘Neptune’ le respondió en el mismo lenguaje: «¿Quieres hacerlo?». Ella dio un profundo respiro y asintió.

—No te asustes, no te haremos daño. Déjame llevarte yo misma la comida, ¿de acuerdo?

Se abrió la ventana y la mano asomó de entre los barrotes, señalando a Sofía.

—Solo tú —dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sofía se estremeció ante ese sonido delicado y aún vaciló.

—Ve. —Fue la orden del agente ‘Neptune’.

Era el protocolo. Primer avistamiento, luego confianza, entonces contacto primario. Sofía era la encargada de hacerlo. Así que, avanzó. Vio la puerta abrirse y se estremeció.

Le tendió la comida y la botella. La chica la tomó y sus manos se rozaron.

La frágil muchacha olisqueó la botella y bebió, y luego devoró en un minuto el pedazo de pan horneado, ahí mismo en el marco de la puerta.

‘Neptune’ se acercó y se asomó al interior. La chica dio un chillido en señal de advertencia. Él se detuvo, pero se mantuvo firme. Era notorio que la seguridad de Sofía era prioritaria para él.

—Necesito saber si hay alguien más en la casa —insistió ‘Neptune’.

La chica negó con la cabeza.

Sofía cobró valor y se volvió hacia Kei un segundo.

—Estaré bien —le dijo mientras ponía una mano sobre su pecho.

Él se estremeció ante el contacto y dio un paso atrás.

Sofía desenvainó su cuchillo y lo puso a su espalda, mientras que tendía la otra mano hacia la joven. Ella la tomó. Sofía traspasó la puerta y avanzó hacia un pasillo. Se quedaron allí de pie, con las manos unidas por las palmas, y entonces por fin pudo verla de cerca, a ‘la flor amarilla‘. Era más joven de lo que pensaba, quizás de unos 13 o 14 años. Su cabello castaño estaba tejido en un trenza alrededor de sus sienes y caía después libre sobre sus hombros, cubiertos por el vestido amarillo desgastado. Pero sus ojos…, sus ojos eran lo más impresionante. Semejaban un abismo color miel, atravesado por sentimientos como olas, como destellos. Y, en ese justo momento, en ellos leyó miedo.

Y se dio cuenta de que, en ese mismo instante, su propio cuerpo gritaba miedo. Sentía más que miedo, terror. Su corazón palpitaba fuerte y el peso de una intensa angustia se instaló en su pecho. Tenía terror de entrar en esa vieja casa.

El olor a polvo y abandono la rodeaba con asfixia.

—Ven —dijo ‘la flor amarilla’.

—Déjame llevarte afuera —casi suplicó Sofía.

¡Afuera no, no afuera! —El ruego era imperativo.

Y, por un momento, Sofía no supo si ella tenía más miedo de entrar en esa casa o ‘la flor’ de salir de ella.

Pero ella era la agente Mercury, se recordó a sí misma, dándose ánimos. Y sintió correr por su cuerpo una descarga de adrenalina. «La energía mensajera y negociadora», como dijo Kei cuando la nombró.

—Vamos.

Y se adentró, valiente, en su propio terror a lo desconocido.

Terror – Salto al reverso

Terror


SALTO AL REVERSO

Hay un ruego ahí,
una petición
desesperada,
pero imperiosa.

«Por favor, no».
Y no hay forma
de cambiar de opinión.
«No me lleves ahí».

Las manos que se estrujan,
la mirada que se desvía
hacia el terror.

«¿Dónde allí, corazón?».
Afuera…
afuera de aquí,
afuera de mí.

Y de golpe
ya no sé
si ella teme más
salir
o yo aborrezco más
entrar allí.

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Flor amarilla


«Flor amarilla», mi primer #poema para Salto al reverso en mucho tiempo.

GUARDIA DEL SOL

SALTO AL REVERSO

«Yellow flower in the dark», por Larm Rmah (CC0).

Yo nací solitaria,
nací del mar,
como una planta que crece
desde la sal.

Una flor amarilla
en medio del mar.

Soy el océano encerrado
en una habitación.
Yo aprendí del oleaje
azotador.

Soy olas que golpean
contra las ventanas.
Soy vida que combate
la puerta cerrada.

Yo nací solitaria,
nací del mar:
una flor asustada
en medio de la nada.

Raíces marchitas
a causa de la sal.
Una flor amarilla
en medio del mar.

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Guardia del Sol I – La flor amarilla


Guardia del Sol
Expedición #20
∞240764∞

Esa casa abandonada siempre la atraía como un imán. Sofía solía desviar sus pasos —y los del par de personas que le acompañaban en la ronda de patrullaje— para acercarse más a ese solitario edificio de dos plantas. Destacaba entre la masa de hierba que había cubierto las viejas calles del pueblo; seguía en pie después de décadas de abandono humano.

Se acercó, vacilante, para observar las paredes cuya pintura verde caía a pedazos. Se asomó entre las rejas para ver la maleza que solía ser un césped. Y admiró de nuevo las flores que crecían fuertes contra todo, incluso a pesar de aquella supuesta lluvia radioactiva que bañó la zona en el dos mil veintitantos.

Sus compañeros, Kei y Delta, intercambiaron miradas de impaciencia.

—Agente Mercury, debemos salir de la zona en cinco minutos o corremos el riesgo de ser vistos —dijo Kei en el tono de comando adecuado a su rango de líder de expediciones.

—Espera un segundo, Kei —dijo Sofía de manera familiar y poco apropiada hacia su superior. Ciertamente aún no se acostumbraba al trato militar de la Guardia del Sol, a la que ahora pertenecía.

—El agente Neptune ha dicho que… —empezó Delta.

—Hay alguien allí dentro —interrumpió Sofía. Sus ojos verdes trataban de atravesar las paredes.

Kei y Delta se acercaron y vieron pasar una figura detrás de la ventana del primer piso.

—¡Alguien vive allí! ¿No es eso lo que estamos buscando: más reclutas? —dijo Sofía, triunfante.

Kei le ordenó silencio con un gesto. El equipo realizó la maniobra en segundos. ‘Neptune’ y ‘Bellum’ desenfundaron sus armas y rodearon el edificio. Mientras tanto, ‘Mercury’ permaneció frente a la casa, como dictaba el protocolo, por haber sido la primera en avistar. Con un solo movimiento, sacó su cuchillo. Luego se puso en cuclillas y permaneció quieta, sin separar los ojos de la casa.

Por su cabeza pasaba un solo pensamiento: «¿Una persona, viva, aquí afuera, después de tantas décadas de posguerra?».

Trataba de divisar tras la ventana a la figura que había visto pasar. Y, tras unos instantes, la vio. Primero descubrió sus ojos atemorizados que miraban a través del vidrio empolvado. Estaba también inmóvil, como un animal acorralado. Distinguió una melena larga y castaña con un peinado elaborado en las sienes, y las facciones jóvenes de un chica de menos de 15 años. Tenía puesto un vestido amarillo pálido.

Sofía quedó arrobada; era una visión casi ensoñadora. Ella, casi una niña, tras un vidrio, bella y temerosa, sola en una casa abandonada, en un mundo devastado, entre la hierba y el caos, pero rodeada de flores llenas de vida, en medio de la naturaleza desafiante.

La escena y las ropas de la chica le hicieron recordar un poema que había leído cientos de veces en el cuaderno de su madre:

«Yo nací solitaria,
nací del mar,
como una planta que crece
desde la sal.

«Una flor amarilla
en medio del mar…»

—La flor amarilla —susurró para sí.

Entonces los ojos de la chica se cruzaron con los de ella. Vio en ellos su misma mirada en el día en que conoció a Kei: el descubrimiento de lo desconocido, de la vida más allá de su encierro. Comprendió que esta niña también estaba encerrada, solo que en un encierro distinto al que ella había vivido.

Ambas miradas estaban enganchadas. Sin emitir un sonido, Sofía dejó caer el cuchillo y alzó sus manos para mostrarle que no quería hacerle daño. La chica detrás de la ventana seguía inmóvil. Sofía rebuscó en el desgastado chaleco militar que vestía, sacó un pan envuelto en una tela, y lo tendió hacia ella. Sacó de otro de los bolsillos de la prenda su botella metálica y le hizo un gesto de ofrecimiento.

Tras un momento de duda, y después de mirar cuidadosamente alrededor, la chica abrió la ventana, tentada seguramente por el hambre y la sed. Sofía comenzaba a sonreír dentro de sí cuando sintió a Kei y a Delta colocándose a ambos lados, tras ser alertados por el sonido. La chica cerró de inmediato la ventana y desapareció en el interior de la casa.

Sofía maldijo por lo bajo y los miró con gesto de reproche.

—Ya la estaba convenciendo —susurró.

—¿Quién es? —preguntó Kei.

—La flor amarilla —murmuró Sofía pensativa.

—¿Qué? ¿La flor qué? ¿Está sola? —El tono de Delta era de frustración.

—Eso parece.

—Parece…

Kei reprochó a Delta con la mirada e hizo un gesto de asentimiento a Sofía. Entonces ella alzó la botella y el pan, mostrándolos hacia la ventana.

—Soy la agente Mercury. Somos miembros de la Guardia del Sol —dijo en voz alta mientras ‘Neptune’ y ‘Bellum’, alertas, vigilaban los contornos con sus armas en mano—. No queremos hacerte daño, solo llevarte a un lugar seguro. Voy a dejar aquí pan y agua, puedes tomarlos. Volveremos luego. ¿Entendido?

No hubo respuesta.

—Tenemos que irnos ya —urgió ‘Neptune’.

El grupo emprendió a paso rápido su vuelta al cuartel, pensando en la oportunidad perdida, pero también en la posibilidad de un nuevo encuentro.

—¡Mercury! —insistió, al ver que su agente se retrasaba.

Sofía caminó deprisa tras ellos, con el cuchillo en mano, pero volteando constantemente hacia la casa solitaria donde habitaba la flor amarilla.

Fotografías por Crissanta.

Flor amarilla – Salto al reverso