Acerca de Crissanta

Carla Paola Reyes Escritora, traductora, editora, comunicóloga

Catira


Catira,
pelito corto,
color dorado,
miel,
ojos lilas,
casi azulados.

Está bien,
haré un perdón multitudinario.
No tocaré a nadie
con la flecha de mi arco.

En especial no a él.

No mataré
a tu protector
ni a sus cuidados.

Veremos qué hacer…

Ópalo


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Ópalo.
Ella,
negros los ojos,
belleza.

El cabello,
en látigo,
en bandera,
cuando cayó
muerta
la vez primera.

Ópalo.
Mis secretas creencias.
Nos hemos mirado
antes
ella vidente, yo ciega.

 

IMAGEN: OPAL (DETALLE), POR CRISSANTA, DERIVADA DE OPAL, POR jimthompson (CC BY).

 


Arte y denuncia

Hay cosas que piensas
y no las dices a nadie
porque no tienes a nadie,
o al menos eso piensas.

Pasan como flechas oscuras
que lastiman, que asustan,
que confunden,
que avergüenzan.

Pensamientos turbios
o afilados como cuchillos,
desoladores o confusos,
violentos como estallido.

Sueñas golpear, atacar,
destruir al mundo.
Deseas herir, terminar,
destruir tu mundo.

Y luego irrumpe el mismo mundo
—la cotidianidad, el absurdo—
y tú finges y sigues
en ese aislamiento mudo.

A veces tratas de romper el muro:
sacas a flote
algún pensamiento oscuro.
Y recibes a cambio
el miedo en sus ojos,
la extrañeza en sus hombros,
la incomprensión a todo.

¿No has pensado que el problema no es tuyo,
sino de aquellos que no saben ver lo profundo?

Y entonces
el silencio
atrapado
se vuelca
en ira
y en caos.

¿De dónde viene esa violencia?
¿Quién la puso y desde cuándo?
¿Estás seguro de…

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Indoblegable


Soy yo:
la fuerza detrás del silencio,
el eje,
la vía,
la fortaleza
—la que posees
y donde te refugias
y te llenas de alma—,
la proyección irrefrenable de proezas,
tu cualidad de indoblegable,
flecha de ballesta,
cetro,
bastón,
melodía,
poema.

Yo soy la esencia de lo indisoluble,
lo que viene de ti
desde antes de la siembra,
la maestría de la supervivencia
y ahora el gozo de la existencia.

Férrea,
etérea,
marina,
aérea,
terrena.

Mágica,
básica,
llana,
el disparo de energía,
el orden en el caos,
el calor que da vida,
el fuego y el agua,
la luz diamantina.

Fuerza, indoblegable vida.
Fuerza, fortaleza mía.

*Esto solo va a pasar una vez
el día en que yo te acepte,
pero voy a sonreír así
siempre*

Mercury


Pale rose.
Amarillo pastel.
El color
de las zapatillas de ballet.

Plata líquida
para beber.

(It is mercury, then).

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Querida


Había mucha gente en la plaza cuando llegaron los asesinos. Nos agachamos en un corredor ancho, como ellos nos ordenaron mientras disparaban al aire. Eran un hombre y dos mujeres. Disparaban al azar contra la gente: una persona o la otra, poco les importaba. Y era la aleatoriedad del daño lo que lo hacía más insoportable y perverso.

Vi los rostros de mis padres, asustados. Cuando la pistola estuvo en su cara, él se persignó con descaro y blasfemia, y ese gesto lo salvó. La también extraña confianza de mi madre pareció decidir al asesino de desviar su arma.

Luego me vieron a mí. Yo sentía el terror como una fuerza aplastante. Tenía un deseo profundo de volverme invisible, de dejar de estar, para que no me hicieran daño. Estaba casi inmóvil, casi sin respirar, como un animalillo acorralado. Mis ojos estaban clavados en el piso. Una de ellas me dijo algo como: «Lo que haces está mal». No sé a qué se refería. Me atreví a alzar la mirada por miedo a que se enojara más si no lo hacía.

Era una chica muy joven, de tez blanca, mejillas redondas, gestos crueles y una expresión caprichosa, obstinada.

—Ven conmigo —dijo con una sonrisa malvada.

Me llevó a una habitación y me pidió que le inventara una canción. Quería que le cantara en voz alta. Ella tarareaba la letra y el tono que quería oír y yo lo imitaba, la seguía, le componía canciones que eran alabanzas que ella misma se creaba. Mi corazón estaba lleno de terror mientras lo hacía. Mi pensamiento único era que no quería que me matara.

—Eres más hermosa que cualquier otra…. —canté.

Ella rió complacida. Estábamos sentadas ante una mesa donde le sirvieron pastel. Mientras ella comía, yo robé un cuchillo de la mesa y lo escondí bajo mi falda. Necesitaba un arma por si ella me atacaba.

Evitaba hacer contacto con su mirada; quería que se olvidara de mí, de su necesidad de mi presencia. Yo era un juguete divertido que, en cuanto le cansara, sería degollado, aplastado, asesinado. Me traspasaba el pavor.

Después del pastel, ella se levantó a bailotear al son de mis canciones forzadas. Luego se detuvo de improviso y se me acercó.

—No te preocupes ya, querida. Ya ha terminado.  Anda, te regalo un libro. ¿Cuál quieres, el rosa o el morado? —me dijo, mostrándomelos.

Me distraje observándolos y por eso no noté que se abrió la puerta.

—Te juro que ya ha terminado. No te haremos daño.

El plural me extrañó y vi que la otra chica, de tez morena, había entrado al cuarto. No supe cuál sonrisa tenía más malicia. Aferré con más fuerza el cuchillo bajo mis ropas, pero no confiaba en que sirviera de mucho.

Kais


Pensé en escapar de ti y corrí hacia el agua.
El mar estaba atrapado entre muros de piedras
y yo me lancé hacia esa especie de alberca.

Creí que estaría más segura allí.
Después de todo, el agua era mía,
era más mi elemento que el tuyo, Kais.

¿Quién te envió a matarme? ¿Dai?
¿Quién puso en tu mano el arma?
Yo sabía que no solo escapaba de ti.

Huí de ti, mi asesino.
Me refugié en el agua.
Me adentré en las olas
con la esperanza
de confundirme entre la espuma
para que no me hallaras.

Traté de permanecer inmóvil,
sin respiración, sin habla.
Pero mi existencia daba señales involuntarias.
Mi vida latía y sonaba.
Ni siquiera el miedo podía callarla.

Escuchaste el ruido, Kais.
Preparaste la matanza,
el kaoi,
la puñalada,
mi condena a la ‘nada’.
(…)