Acerca de Crissanta

Carla Paola Reyes (Crissanta). Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas. Administro su blog y edito sus publicaciones. También administro el blog artístico de temática social Arte y denuncia y escribo en mi blog personal La realidad alterna (crissanta.com).

Dark


Of course I was mad
(I am)
contra mí,
nadie más.

Pero esa no es la palabra:
it was more like ‘dark‘.

(Yo no planeé
nada de esto).

I put a hoodie on,
black,
the headphones
a todo.

And I walked
al sonido de la determinación
en mi cabeza,

sintiendo que soy
ella,
a black-eyed
Helena,
a greedy
Sinatra,
a deadly
Magdalena,
y a la vez no.

I promise
I just feel
lucky,
and frágil,
affectionate
to the core.

Honestly,
I don’t know how to do this
if not with love.

(So, kill me, Sarah,
“it’s gonna be a glorious day”.)

Brasas


Estaba respirando brasas,
asfixiándome entre el fuego,

completamente desalentada
como para salvarme del incendio.

Ok, I would do as they say.
I don’t need any more danger
in my head.

I won’t complain
ni lo mencionaré otra vez.

Luego, cerré todas las puertas,
pero dejé las llamas dentro.

No pensé volver a sentir
lo que estoy sintiendo.

(feel?, ¿qué?).

Pero vi por la ventana
la luz del atardecer.

Lo siento, yo…
simplemente tenía mucho miedo.

Déjenme ser, por favor:
perderme es lo único que no tolero.

Finito


Not a big surprise,
you, shadow, night.
I must have known by now,
of course.

But still …
I’m told now
that love from you
then … just died.

I feel I should mark this day
on the cosmic records of ours,
you know, for the sake of her,
the lost asterist of the triad.

I saw that day
—that ancient past—,
I lost my mind.

I saw this day
—this present apart—,
it broke my heart.

(But I just stared at the evening light
—so clear and sweet, so calm—
and suffocate the pain inside.)

Thirty years passed tonight:
you flee.
And I’m sworn
to let you leave.
Maybe in time
you won’t want to be mine.

I don’t want el mañana to come
porque cancela el infinito
and I’m not sure what to do with that.
(But I will find out).

¿Do you hear the sirens
at the beginning y al final?
I swear to you
I hear them in my head
everytime since you commited
____.

And if you want the answer
to your question
that comes in so late,
then it is there.
Even when I say it’s not,
there’s the cause you search for.

Because I saw that day
and I lost my mind
again and again.

And I see this day,
the (de)finite one,
but, Lord, I’m fine.

Ruby


—Can you hear the alarm bells?
—I think they’re just in your head.
—Hmmm… I don’t feel well.

Except for the first verse
that song could be all mine,
I guess.

I just have this thing with the past.
“Nostfilia”, he said once.
“I will steal the name”, I planned.
But it was “algia” today.
It certainly was.

If you ask me, I don’t like to be chained;
I asfixiate.

I was drowning today,
yesterday,
whenever,
anyway,
I didn’t know where the water came from.

Was it when he asked?
Did somebody asked…?
But what did he say?
(Who the fuck could think that?)

So, did the river flood
and devastate
my mind?

—I am just confused,
I think I said out loud.

I am just confused
about the bright colors in my mind
(RGB, CMYK;
which Pantone is the pain inside?)

Ruby.
I was singing Shallow in my sleep
thinking about a refuge,
a rounded ruby bright red
protector inner circle
of the core.

But I still feel
the panic attack
within myself.
That’s just what it was.

Río


 

PERLA EN EL BOSQUE IV


Fotografía: «The Same River», derivada de «Cascade River» de Josh Hild (Unsplash).

 

Me ha parecido cruel
usar el agua en contra mía;
mi elemento, mi ser.

No había entendido
que el océano dentro
no era mío.

No había entendido
que el río…

… que el río
alimentaba el estanque
que subía hasta ahogarme.

No había comprendido
por qué era interminable
el mar eterno, renovable,
el ahogo incesante.

Estaba de pie a mitad del bosque,
respondiendo una pregunta
que sí/no ameritaba respuesta,
como no ameritaban preguntas
—ni antes ni nunca—
todas mis entregas.

Pero siempre las había:
la explicación,
la justificación,
la desaprobación,
la vergüenza.

Los «por qués» y los «acaso…»,
∴, el dolor desde la garganta
hasta el sitio de la espada.

Estaba de pie y caí de rodillas;
el río inundó el bosque
y se bifurcó en dos vías:
hacia un lago congelado
y hacia un delta ajardinado.

Y un sol dorado
arrojó una claridad cobriza
sobre la desembocadura.
que se dividía.

El calor bronceado
evaporó el agua-arma,
el ataque, el desmayo,
el ahogo avergonzado.

Y entonces vi que se abría
un pequeño sendero de florecillas.

L (sueño)


Que todos se iban menos nosotros; D me lo anunció y me ofreció café. En ese mundo paralelo extraño, esa realidad alterna de algunos sueños.

Y el café en el otro mundo se sirve en metal, parece.

Pero lo importante era ella; ella y su padre, que eran tan parecidos: la piel en bronce, el cabello negro, los ojos oscuros y sonrientes, la preciosidad. Y ella, de seis años, contaba un cuento sobre su papá. Y ella me abrazó cuando dijeron «mamá».

(M) Correr (sueño)


Correr. No de ellos, sino conmigo.

Había salido de la habitación del interrogatorio, donde todo era justificarse. «¿Por qué has sentido lo que has sentido?», «¿por qué has hecho lo que has decidido?». Un hombre jamás tuvo que dar explicaciones de ese tipo. Mesas llenas de interrogadores; mujeres que rezan, que lloran, que se enojan, que reclaman.

—Carla, ¿a dónde vas?

Y eché a correr hacia el estadio. Sentir la lujuria observando mis pasos, y cómo todo lo observable parece ser eso…

No me importó nada. Entré desde la calle hacia las gradas. Subí hasta la más alta y eché a correr por el borde, el borde que separaba la cancha de las gradas, el borde que separaba las gradas del abismo, de la pendiente pronunciada.

Y corrí. Corrí. No huyendo, no con miedo. No huyendo de ellos (de todos ellos), sino yendo conmigo. Oí en mi cabeza el (diluvio de) comentario(s), el tono (despectivo), el juicio (generalizado), un versículo originario (del machismo). Las palabras son un arma contundente, una bala de escopeta que ellos apuntan al centro de mi mente.

Son el río.

Corrí por el borde a una velocidad jamás antes alcanzada. Corrí liberada, sintiendo el vértigo en cada vuelta, la fuerza centrífuga. Y gritaba. Gritaba en cada curva, con un rugido… una llama… un sollozo que desahogaba, liberaba, independizaba. [Ese grito quiero pronunciarlo en voz alta (pero son las 6 de la mañana) en la orilla de la carretera, hacia esos paisajes que nadie frecuenta, que casi nadie frecuenta].

Y rodeé el estadio a la velocidad vertiginosa, una dos, tres vueltas. Y gritaba.

Hasta que vi frente a mí a un hombre que estaba por caer. Un jugador que se tambaleó, o algo así, en un saque de banda. No iba a poder detenerme. Chocamos y quedé debajo de él cuando me cayó encima. Y eso me detuvo de caer por el borde de la grada.

—Sostenme o me voy caer al abismo —Le señalé con la mirada mi situación precaria.

—Tuviste suerte de que detuvieran el partido —dijo y luego sonrió.

Y sonreí.

Hubiera podido caer también hacia el otro lado, hacia la velocidad de sus carreras y la fuerza sus patadas.

Entonces llegó un par de mujeres que me ayudaron a sostenerme por los brazos y sentarme en el borde.

Y les agradecí.