Querida


Había mucha gente en la plaza cuando llegaron los asesinos. Nos agachamos en un corredor ancho, como ellos nos ordenaron mientras disparaban al aire. Eran un hombre y dos mujeres. Disparaban al azar contra la gente: una persona o la otra, poco les importaba. Y era la aleatoriedad del daño lo que lo hacía más insoportable y perverso.

Vi los rostros de mis padres, asustados. Cuando la pistola estuvo en su cara, él se persignó con descaro y blasfemia, y ese gesto lo salvó. La también extraña confianza de mi madre pareció decidir al asesino de desviar su arma.

Luego me vieron a mí. Yo sentía el terror como una fuerza aplastante. Tenía un deseo profundo de volverme invisible, de dejar de estar, para que no me hicieran daño. Estaba casi inmóvil, casi sin respirar, como un animalillo acorralado. Mis ojos estaban clavados en el piso. Una de ellas me dijo algo como: «Lo que haces está mal». No sé a qué se refería. Me atreví a alzar la mirada por miedo a que se enojara más si no lo hacía.

Era una chica muy joven, de tez blanca, mejillas redondas, gestos crueles y una expresión caprichosa, obstinada.

—Ven conmigo —dijo con una sonrisa malvada.

Me llevó a una habitación y me pidió que le inventara una canción. Quería que le cantara en voz alta. Ella tarareaba la letra y el tono que quería oír y yo lo imitaba, la seguía, le componía canciones que eran alabanzas que ella misma se creaba. Mi corazón estaba lleno de terror mientras lo hacía. Mi pensamiento único era que no quería que me matara.

—Eres más hermosa que cualquier otra…. —canté.

Ella rió complacida. Estábamos sentadas ante una mesa donde le sirvieron pastel. Mientras ella comía, yo robé un cuchillo de la mesa y lo escondí bajo mi falda. Necesitaba un arma por si ella me atacaba.

Evitaba hacer contacto con su mirada; quería que se olvidara de mí, de su necesidad de mi presencia. Yo era un juguete divertido que, en cuanto le cansara, sería degollado, aplastado, asesinado. Me traspasaba el pavor.

Después del pastel, ella se levantó a bailotear al son de mis canciones forzadas. Luego se detuvo de improviso y se me acercó.

—No te preocupes ya, querida. Ya ha terminado.  Anda, te regalo un libro. ¿Cuál quieres, el rosa o el morado? —me dijo, mostrándomelos.

Me distraje observándolos y por eso no noté que se abrió la puerta.

—Te juro que ya ha terminado. No te haremos daño.

El plural me extrañó y vi que la otra chica, de tez morena, había entrado al cuarto. No supe cuál sonrisa tenía más malicia. Aferré con más fuerza el cuchillo bajo mis ropas, pero no confiaba en que sirviera de mucho.

Kais


Pensé en escapar de ti y corrí hacia el agua.
El mar estaba atrapado entre muros de piedras
y yo me lancé hacia esa especie de alberca.

Creí que estaría más segura allí.
Después de todo, el agua era mía,
era más mi elemento que el tuyo, Kais.

¿Quién te envió a matarme? ¿Dai?
¿Quién puso en tu mano el arma?
Yo sabía que no solo escapaba de ti.

Huí de ti, mi asesino.
Me refugié en el agua.
Me adentré en las olas
con la esperanza
de confundirme entre la espuma
para que no me hallaras.

Traté de permanecer inmóvil,
sin respiración, sin habla.
Pero mi existencia daba señales involuntarias.
Mi vida latía y sonaba.
Ni siquiera el miedo podía callarla.

Escuchaste el ruido, Kais.
Preparaste la matanza,
el kaoi,
la puñalada,
mi condena a la ‘nada’.
(…)

La angustia del nunca (sueño)


«¿Dónde estoy, dónde estoy?», pensé.

Intenté abrir los ojos y solo vi un flash de luz, una breve imagen. Y otra vez se cerraron. Era incapaz de recobrar la consciencia.

La segunda vez, mis ojos permanecieron abiertos. «No, no, no», pensé. Ni siquiera estaba en mi país. «¿Cómo llegué aquí?». Estaba en esa ciudad extranjera, sentada en una banca ante una parada de tranvía.

Todo a mi alrededor parecía estático, detenido en el tiempo. Una sensación de peligro me traspasaba toda. Pero debía fingir que estaba bien.

Miré a mi alrededor. Estaba en una plaza. Un par de jóvenes fingían dormir en otras bancas. Pero todos me miraban disimuladamente. Yo estaba decidida a largarme de allí e ir a un lugar seguro.

Me levanté y crucé la calle, y entonces alguien me interceptó. Era una vieja conocida de la escuela. Me llamó por mi nombre.

—Te están esperando de aquel lado. Tienes que ir con ellos.

Simplemente la ignoré.

Continué hacia el centro de la plaza. Había más gente conocida allí, antiguos amantes, amigos, mi esposo.

Todos me decían: «Debes ir allá. Te están esperando de aquel lado».

Seguía sin entender hasta que lo vi: los restos del avión sobre el centro de la plaza.

Y lo supe: estaba muerta.

La desesperación se disparó. «Estoy muerta, estoy muerta, estoy muerta». Y fue exactamente como dicen: esa sucesión veloz de todos los recuerdos importantes de tu vida, todas las personas importantes. Pero faltaba una. Una. Nunca sus ojos. Nunca su abrazo. Nunca… No, hasta que él muera. Y la ansiedad. No hay palabras para describir la ansiedad. «Díganle… díganle…».

Me llamaban por mi nombre otra vez. «Tienes que venir de este lado, ir con ellos. Te están esperando».

Me llevarían al otro lado, pero esta vez yo no quería ir. No lo quería con todas mis fuerzas. No.

Caminé más allá de los restos del avión. Hasta el borde de la plaza. Rehusándome a ir con ellos, los que me esperaban.

Y grité, grité, grité con todas mis fuerzas y sin voz. Y la desesperación no me despertó.

Claudia (sueño)


Salió de nuestra casa alterada, Claudia, mi hermana. Yo hablaba cosas importantes pero ella no alcanzaba a escucharlas. Su mente estaba distraída, fija en alguna cosa que yo no entendía.

La calle era fea. El barrio era conocido como uno de los mas peligrosos de la ciudad. Era mediodía. Su cabello negro brillaba bajo el sol. Yo siempre la miraba hacia arriba, tan mayor, tan fuerte y decidida. La quería tanto…

Cruzamos la calle y nos recargamos contra un auto oxidado y abandonado. Yo seguía hablándole pero ella apenas oía nada. Su mirada estaba clavada en la tiendita que estaba en la acera opuesta, justo al lado de nuestro portal. Allí estaban ellos, los que lo controlaban todo, quienes nos tenían amenazadas de por vida, y que la tenían harta y enfurecida.

Me hizo una seña para que me acercara. Abrió su bolso y me mostró un cuchillo ancho y corto como de carnicero. Abrí la boca de sorpresa.

—¡Claudia…!

Sin decirme nada, cruzó la calle ya con el cuchillo empuñado. Se fue directo contra las dos chicas que atendían la tienda. Creó que las hirió para quitarlas del paso y poder encararlos a ellos.

No supe más porque entré corriendo a casa. Aunque yo sabía que allí no había nadie; bueno, nadie que pudiera ayudarme. Aun así recorrí las habitaciones desordenadas y sucias. Gritando en desesperación el nombre de mi hermana.

Nadie, hasta que llegué al cuarto en el que dormía ese buen hombre, mi padre, al que realmente apenas conocía. Era tan anciano que no podía siquiera levantarse de la cama desde hace años. Yo estaba tan angustiada que descubrí su rostro de entre las sábanas y le dije: “Ayúdame. Es Claudia”. Y enseguida me arrepentí de turbar su descanso.

El hombre se levantó. Era tan, tan viejo que yo pensé que iba a quebrarse al levantarse. Fue hacia la puerta conmigo con la preocupación pintada en el semblante.

Y entonces la vimos entrar: bella y herida, toda ensangrentada pero satisfecha. Había pagado un precio por nosotros, un precio que apenas comenzábamos a entender.

Saña


No importaban
cuando la vida era una interrogante
y un mirar obsesionado hacia la ventana.

Eran compañeras, afirmaciones de intenciones,
listones que acariciaba y atesoraba.

Sé que me oyeron explicar que eran necesarias.

Y en lugar de quedar calladas,
se arremolinan.

Pero no soporto más estar arrodillada;
la mano escudando los ojos para no ver la bala
cuando finalmente se dispare el arma.

Si no se disparó entonces,
¿por qué no dejo de soñarla?

Si ayer me dormí sonriendo
¿podríamos omitir esto;
este despertar oscurecido
estas maldiciones dañadas?

Si ayer me dormí sonriendo,
—pesadillas—
¿por qué se ensañan?

El tiempo absoluto y la línea directa (sueño)


Sueño, realidades…

SALTO AL REVERSO

Hace poco que volvieron mis sueños, después de una larga sequía. Entonces, pesadillas de muerte; entonces, persecuciones de asesinos; y yo, ocultándome para proteger mi vida. Todo eso.

Pero lo que pasó anoche… Tengo que obligarme a ponerlo en palabras porque pienso que es importante, esencial. Creo que entendí un mensaje superior sobre cómo funciona esto: la vida, la muerte, el mundo.

Dormía, en un sopor profundo. Quizás esto podría ser atribuible al delirio de la enfermedad, pero nada de esto lo he inventado. Soñaba. Y advierto que las imágenes son lo de menos: lo importante es el sentimiento.

Subía las escaleras hacia un lugar lleno de seres, lleno de cosas. Un supermercado, podrían llamarlo. Pero no.

En lugar de gente, había espíritus. No eran personas de carne y hueso. Había seres que eran muerte y uno de ellos me hablaba directamente. Su rostro tomó la forma de una calavera, para que…

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Matar (sueño)


cuchillo sangre(Soñé) Mi pesadilla más fea en mucho tiempo.

El lugar en que estaba no era mi casa. Me habían dejado allí a cargo de un hombre al que yo temía; se suponía él iba a enseñarme algo, algún oficio.

Yo tenía un cuarto, no era propiamente una habitación, sino un espacio para estudiar o para trabajar. Todos los muros tenían ventanas corridas en la parte superior. Y desde ahí, yo lo veía, vigilándome: alto, fornido, de piel negra.

Me llamó para que fuera con él hacia otra parte del edificio. Atravesamos un patio y entramos en otros cuartos de paredes con ventanas. Había una mujer allí, era rubia, tendría unos 40 años. Yo no la conocía.

La hizo sentarse en el piso. Y entonces el hombre tomó una navaja de rasurar y le cortó la garganta. Así, sin advertencia alguna. Sigue leyendo