Guardia del Sol I (La flor amarilla)


Guardia del Sol
Expedición #20
∞240764∞

Esa casa abandonada siempre la atraía como un imán. Sofía solía desviar sus pasos —y los del par de personas que le acompañaban en la ronda de patrullaje— para acercarse más a ese solitario edificio de dos plantas. Destacaba entre la masa de hierba que había cubierto las viejas calles del pueblo; seguía en pie después de décadas de abandono humano.

Se acercó, vacilante, para observar las paredes cuya pintura verde caía a pedazos. Se asomó entre las rejas para ver la maleza que solía ser un césped. Y admiró de nuevo las flores que crecían fuertes contra todo, incluso a pesar de aquella supuesta lluvia radioactiva que bañó la zona en el dos mil veintitantos.

Sus compañeros, Kei y Delta, intercambiaron miradas de impaciencia.

—Agente Mercury, debemos salir de la zona en cinco minutos o corremos el riesgo de ser vistos —dijo Kei en el tono de comando adecuado a su rango de líder de expediciones.

—Espera un segundo, Kei —dijo Sofía de manera familiar y poco apropiada hacia su superior. Ciertamente aún no se acostumbraba al trato militar de la Guardia del Sol, a la que ahora pertenecía.

—El agente Neptune ha dicho que… —empezó Delta.

—Hay alguien allí dentro —interrumpió Sofía. Sus ojos verdes trataban de atravesar las paredes.

Kei y Delta se acercaron y vieron pasar una figura detrás de la ventana del primer piso.

—¡Alguien vive allí! ¿No es eso lo que estamos buscando: más reclutas? —dijo Sofía, triunfante.

Kei le ordenó silencio con un gesto. El equipo realizó la maniobra en segundos. ‘Neptune’ y ‘Bellum’ desenfundaron sus armas y rodearon el edificio. Mientras tanto, ‘Mercury’ permaneció frente a la casa, como dictaba el protocolo, por haber sido la primera en avistar. Con un solo movimiento, sacó su cuchillo. Luego se puso en cuclillas y permaneció quieta, sin separar los ojos de la casa.

Por su cabeza pasaba un solo pensamiento: «¿Una persona, viva, aquí afuera, después de tantas décadas de posguerra?».

Trataba de divisar tras la ventana a la figura que había visto pasar. Y, tras unos instantes, la vio. Primero descubrió sus ojos atemorizados que miraban a través del vidrio empolvado. Estaba también inmóvil, como un animal acorralado. Distinguió una melena larga y castaña con un peinado elaborado en las sienes, y las facciones jóvenes de un chica de menos de 15 años. Tenía puesto un vestido amarillo pálido.

Sofía quedó arrobada; era una visión casi ensoñadora. Ella, casi una niña, tras un vidrio, bella y temerosa, sola en una casa abandonada, en un mundo devastado, entre la hierba y el caos, pero rodeada de flores llenas de vida, en medio de la naturaleza desafiante.

La escena y las ropas de la chica le hicieron recordar un poema que había leído cientos de veces en el cuaderno de su madre:

«Yo nací solitaria,
nací del mar,
como una planta que crece
desde la sal.

«Una flor amarilla
en medio del mar…»

—La flor amarilla —susurró para sí.

Entonces los ojos de la chica se cruzaron con los de ella. Vio en ellos su misma mirada en el día en que conoció a Kei: el descubrimiento de lo desconocido, de la vida más allá de su encierro. Comprendió que esta niña también estaba encerrada, solo que en un encierro distinto al que ella había vivido.

Ambas miradas estaban enganchadas. Sin emitir un sonido, Sofía dejó caer el cuchillo y alzó sus manos para mostrarle que no quería hacerle daño. La chica detrás de la ventana seguía inmóvil. Sofía rebuscó en el desgastado chaleco militar que vestía, sacó un pan envuelto en una tela, y lo tendió hacia ella. Sacó de otro de los bolsillos de la prenda su botella metálica y le hizo un gesto de ofrecimiento.

Tras un momento de duda, y después de mirar cuidadosamente alrededor, la chica abrió la ventana, tentada seguramente por el hambre y la sed. Sofía comenzaba a sonreír dentro de sí cuando sintió a Kei y a Delta colocándose a ambos lados, tras ser alertados por el sonido. La chica cerró de inmediato la ventana y desapareció en el interior de la casa.

Sofía maldijo por lo bajo y los miró con gesto de reproche.

—Ya la estaba convenciendo —susurró.

—¿Quién es? —preguntó Kei.

—La flor amarilla —murmuró Sofía pensativa.

—¿Qué? ¿La flor qué? ¿Está sola? —El tono de Delta era de frustración.

—Eso parece.

—Parece…

Kei reprochó a Delta con la mirada e hizo un gesto de asentimiento a Sofía. Entonces ella alzó la botella y el pan, mostrándolos hacia la ventana.

—Soy la agente Mercury. Somos miembros de la Guardia del Sol —dijo en voz alta mientras ‘Neptune’ y ‘Bellum’, alertas, vigilaban los contornos con sus armas en mano—. No queremos hacerte daño, solo llevarte a un lugar seguro. Voy a dejar aquí pan y agua, puedes tomarlos. Volveremos luego. ¿Entendido?

No hubo respuesta.

—Tenemos que irnos ya —urgió ‘Neptune’.

El grupo emprendió a paso rápido su vuelta al cuartel, pensando en la oportunidad perdida, pero también en la posibilidad de un nuevo encuentro.

—¡Mercury! —insistió, al ver que su agente se retrasaba.

Sofía caminó deprisa tras ellos, con el cuchillo en mano, pero volteando constantemente hacia la casa solitaria donde habitaba la flor amarilla.

Fotografías por Crissanta.

Flor amarilla – Salto al reverso

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Salto etéreo


SALTO AL REVERSO

Tú y yo estábamos mirando algo que los ojos no pueden ver. Mirábamos como miran los soldados el campo de combate, cuando se preparan para una misión y ante sí ven un escenario aún inexistente de bombas y metralla, y en su cabeza planean una estrategia para esquivarlas. Mirábamos como mira una gimnasta cuando tiene enfrente la plataforma donde realizará sus acrobacias y, aunque no ha realizado todavía ningún salto, ya lo ve todo, ya sabe el impulso y los giros que hará en el aire, y ya siente la expectativa mezclada con miedo que significa realizarlos.

Así, yo miraba con expectativa mezclada con miedo el salto que daría… que daríamos ambos.

Yo estaba recargado contra un muro, en el borde de un precipicio. Y no alcanzaba a ver nada en el vacío, pero anticipaba lo que sucedería y trazaba un plan para enfrentarlo, el nuevo reto. Y sonreía con…

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La tercera persona


SALTO AL REVERSO

—Tengo que —dijo él.

—No tienes que. Es solo que quieres irte —dijo ella.

Él miró brevemente a su mujer, su semblante dolido, sus ojos llorosos. No sintió nada.

Luego sus ojos se desviaron hacia la vista panorámica. Era una tarde cálida y ruidosa. Los sonidos de los autos se escuchaban incluso desde la terraza abierta del décimo piso.

Pero él realmente no veía los techos de los edificios ni oía el tráfico de la ciudad. Quien dominaba su mente era ella. Ella, la que le decía día y noche: «Déjala. Vente conmigo. Déjalo todo».

—¿Por qué quieres irte? —siguió su mujer, exigiendo su atención.

Una pausa indecisa. Un suspiro cansado.

—Es ella. —Sintió cálido en el cuerpo el alivio de la confesión.

—¿Qué…? ¿Hay otra? —La voz entrecortada—. ¿Quién ella? ¿Quién es?

Y él, sin contestar, sentía cada vez más fuerte el fastidio de oír a su mujer, el supremo cansancio de la batalla, las ganas de ceder, el llamado de ella.

—Ella, ella. Ahí está —dijo señalando a un punto…

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Murmullos


Estaba arrodillada, pero no ante un crucifijo. No esta vez.

Su mirada ciega trataba en vano de adivinar su entorno.

Cerró los párpados de sus ojos inútiles y se concentró. Sintió. Los ecos que escuchaba le indicaron que estaba en medio de un gran salón circular. Sintió. Supo que estaba rodeada de una multitud, pequeñas luces que destacaban en medio de su oscurecida percepción.

—Comencemos —dijo una severa voz masculina.

Entonces entendió. Era su juicio. El juez, el tribunal, la multitud que serviría de jurado; todo estaba dispuesto.

Nadie le había dicho nada. En realidad, cuando la tragedia sucedió, no había entendido nada. Fue así, sencillo. Llevaba una vida tranquila y aislada, en el medio del bosque. Una tarde, un ruido de pisadas en la hojarasca la obligó a tomar la improvisada lanza —un cuchillo atado a una larga vara— que conservaba tras la puerta. Aún podía ver, pero a veces sus ojos fallaban. Y nunca distinguió del todo la figura expectante que la observaba entre los árboles. Ante la sensación de amenaza, simplemente atacó. Con el oído aguzado por la vista apagada, supo exactamente donde colocar la lanza. Creyó escuchar el chillido de un animal y ver su silueta que se perdía de vuelta en el bosque; y nada más.

Entró asustada y no se atrevió a salir después.

Al amanecer, llegaron los hombres. Ataron sus muñecas, la subieron a una carreta. Y ésa fue la última vez que pudo ver. El sol se levantaba en un amanecer despejado y puro. Y se asomaba entre los árboles. Sol, árbol, sol. Luz, oscuridad, luz. Una secuencia desesperante y repetitiva. Sol, oscuridad, sol. Luz, oscuridad, luz, oscuridad. Al final, oscuridad y nada más.

Fotografía: Crissanta

Fotografía: Crissanta

Ya en su celda, descubrió a tientas el crucifijo en la pared. Y en medio de lo que le pareció una noche eterna, se arrodilló y reflexionó.

Y así pensando, comprendió. Entendió que no hubo un tono animal en el lamento que escuchó, entendió que las pisadas sobre la hojarasca no iban descalzas, y entendió lo que tomó con su lanza: una vida humana.

Y ante el crucifijo, lloró. Y en la noche eterna, saldó sus cuentas y tuvo paz.

Pero los hombres eran una audiencia distinta.

Arrodillada en el piso del gran tribunal, las almas la miraban brillando desde las gradas. Entonces la misma voz imperiosa ordenó que hablara la acusada.

Y la acusada habló.

Y entonces comenzó aquello. Una cascada de palabras sin control brotó de sus labios a un ritmo febril. Frases sin sentido en un lenguaje desconocido, lamentos imposibles de entender, susurros nacidos del sufrimiento, murmullos; era un discurso incesante y dolido. Sus manos se alzaron hacia la gente en las gradas. Sus gestos y su voz trataban de explicar, pero no lograban articular una sola frase comprensible y racional. Sus palabras sólo rezumaban dolor. Era una secuencia desesperante y repetitiva. Sol, oscuridad, sol. Dolor, desesperación, dolor. «Perdón, ayuda, perdón».

Ella no podía callar. Sólo imaginaba los gestos de reprobación de la gente que la oía en el gran tribunal. Y su imaginación era acertada. Las miradas del jurado y el juez ya reflejaban la condena aun antes de que ella escuchara aquella voz grave decir: «Culpable»; aún antes de que escuchara su sentencia de muerte.

Pero incluso tras la condena, las palabras se negaron a detenerse en sus labios. En medio de su murmullo imparable, abrió los ojos. Y por un momento le pareció que volvía a ver. Miró frente a ella una luz que destacaba más que las otras y, tras el deslumbre, distinguió una silueta, y luego un cuerpo y una cara… y unos ojos.

Y los ojos de ese hombre la miraban con piedad. Los ojos de ese hombre la miraban con amor incondicional, como un perro puede ver a su dueño, como un dueño puede ver a su perro, como alguien que se arrodilla junto a otro para darle consuelo.

Entonces por fin calló. Y todo desapareció para ella, excepto él, esa alma que brillaba más. Todas las demás se apagaron en su percepción como lo habían hecho antes en su visión. Y así ella se apagó del mundo y del destino que la aguardaba. En el tribunal, lo calificaron como la crisis final de una loca. Pero igualmente decidieron ejecutar la sentencia de inmediato.

Pero en el momento final, ella permaneció atenta a él. Y entonces creyó escuchar sus palabras:

—Te había visto desde lejos. Yo sólo venía a amarte… Ven. Yo sólo vengo a amarte.

Relato | La vida es una jaula


Un muy muy viejo relato publicado en un blog amigo:

https://marimarus.wordpress.com/2013/04/03/relato-la-vida-es-una-jaula/

Como lobos (poesía y relato)


Día 24 – NaPoWriMo

Medianoche

Horas y horas corriendo
—como lobos—
sin encontrar donde resguardarnos.

La luna sobre nuestras cabezas
cubiertas de harapos.

Y entonces preguntaste
«¿Y dónde están todos?»
«¿Quiénes todos?»,
respondí preguntando.

«Todos los del mundo»,
aclaraste
con tu voz aguda
de apenas ocho años. Sigue leyendo

Cortinas (poesía)


Día 11 – NaPoWriMo

Está todo dispuesto:
se ha pagado el precio,
se ha subido la escalera,
se cierra la puerta,
se ahuyenta la luz que molesta
—cortinas—
a los que se aman o se amaban,
y hoy se buscan entre sombras,
y se encuentran en la lucha,
como amantes, a ratos,
como fieras,
encerrados en un cuarto
y en un trance
donde poca luz se filtra.
—ventanas—
Sólo ruidos, no palabras, Sigue leyendo