En la celda


Me había quedado dormida. Al abrir los ojos veo que ha amanecido por completo. Miro el reloj: marca las 10:10 a.m. Me siento sobre la dura cama, aún adormilada. 

De súbito, recupero la consciencia y el pensamiento terrible me atraviesa como un cuchillo: hoy van a ejecutarme. La muerte me espera a las 11 de la mañana. 

Siento un estremecimiento de miedo por todo el cuerpo, como si un peso terrible comprimiera todos mis órganos por dentro. Trato de dominarme, la carcelera me está mirando. Me pongo de pie y me acerco a ella, noto que las piernas me tiemblan. 

A medida que me acerco trata de esbozar una sonrisa y muestra sus dientes sucios y cariados, su uniforme envuelve sus carnes deformes y sus brazos regordetes que me tienden una mano a través de las rejas. 

Tomo su mano, cariñosamente, y ella abre la boca para decirme algo. Pero, en ese momento se oye un ruido de pasos en el pasillo, ambas volteamos, sobresaltadas, y vemos llegar al director del reclusorio. Pienso que ha llegado la hora. El corazón me late desbocado, el estómago se vuelve un negro vacío y las manos se empapan de sudor. 

El director me mira seriamente desde su imponente altura, un gesto cruel le desfigura los labios. Sufro en espera de sus palabras:

Su ejecución está programada para las 11 de la mañana, ahora sólo vengo a preguntarle si tiene algún último deseo. 

Quiero bañarme – respondo sin titubear y yo misma me sorprendo por la rapidez de mi respuesta.

Quiero estar limpia cuando me llegue la hora de morir. Me llevan a la zona de regaderas. El lugar está vacío. Las demás presas están en sus celdas. Me siento aliviada, por un segundo, del espantoso miedo a la muerte, por el hecho de estar sola o casi sola. 

Mi carcelera me acompaña, pero estoy acostumbrada a su presencia. Me quito el odioso uniforme azul marino que he vestido durante años, me desnudo completamente sin falsos pudores. Abro la llave del agua caliente sin esperanza alguna, en este lugar no he conocido más que baños helados. 

Me llevo una grata sorpresa – pienso amargamente que seguramente será la última – al sentir el calor envolviéndome el cuerpo y el vapor llenando el aire de la habitación. Miro a mi carcelera.

Siempre me ha gustado el agua. – le confieso. Y ella sonríe tristemente.

Un jabón corriente es lo único de lo que dispongo para limpiar mi cuerpo, lo deslizo sobre toda mi piel una y otra vez, deseando que el baño no termine nunca. Experimento una sensación de paz, todo desaparece: desaparece mi carcelera, desaparecen los muros de la prisión e imagino que estoy en mi propia casa, tomando un baño como cualquier persona, sin miedo a morir, sin miedo a ser ejecutada. 

Cierro la llave del agua, tomo una de las muchas toallas que cuelgan en las paredes. Seco mi cuerpo lentamente, sabiendo que es la última vez que veré mi piel desnuda. 

Me dispongo a ponerme de nuevo el sucio uniforme azul marino, cuando entonces la carcelera me tiende unas ropas color naranja: el uniforme para la ejecución. Me quedo sin aire por un momento, el miedo a la muerte se convierte ahora en terror. Llorando quedo, me pongo el nuevo uniforme.

De regreso en mi celda, encuentro a mi madre esperándome. Llora amargamente, sin embargo, cuando me ve entrar, trata de contenerse para proporcionarme algo de calma. Se lo agradezco interiormente. 

Se sienta junto a mí en la cama y pasa un brazo sobre mis hombros. Ahora que ella está aquí siento que no podré resistir más. Mi carcelera corre la cerradura y nos mira un momento con los ojos húmedos, luego se aleja algunos pasos. 

Mi madre empieza a hablarme de Dios en un tono consolador. 

Mientras ella habla, miro las paredes de mi pequeña celda, grises, cuarteadas. El foco en el centro del techo está apagado, la luz del día entra a través de la ventana tupida de barrotes que da hacia el patio de la prisión. 

De repente mi vista se topa con algo querido: la figura de la Virgen de Guadalupe. Me mira desde en el rincón más oscuro de la habitación, colgada en una de las paredes sucias. El discurso de mi madre me habla de Ella. 

Siento que mi respiración se calma, y por un momento cierro mis ojos sin miedo. 

Mi madre mi abraza y me dice que todo va a estar bien. Entonces, escucho de nuevo pasos en el pasillo, esta vez los reconozco claramente. El sobresalto me hace saltar de la cama y acercarme a la reja. 

Mi madre me había tranquilizado, pero ahora no puedo evitar el temblor en mis manos y mis rodillas, y la terrible sensación del pánico. El director se planta frente a la celda y dice con voz grave y profunda:

Es hora. – Y dirigiéndose a mi madre – Por favor, señora.

Mi madre estalla en sollozos, yo la abrazo y le digo que la quiero, que todo va a estar bien. 

La carcelera abre la cerradura, la reja de metal rechina, su sonido se asemeja a un lamento. Mi madre y yo seguimos abrazadas, siento que si la suelto me partiré en dos. 

Finalmente, mi madre es arrastrada afuera por un vigilante. La miro desparecer entre los pasillos, gruesas lágrimas me corren por las mejillas, tiendo mis manos hacia ella. 

Todo pasa demasiado rápido. Me es imposible conservar las fuerzas, siento que en cualquier momento caeré al suelo. Mi carcelera me pone una mano en el hombro y me veo sujetada por un par de hombres fornidos que no sé de donde salieron o a que hora aparecieron. 

Me hacen entrar a una habitación circular. El sol entra a través de numerosos ventanales, por un momento la luz me ciega. En el centro está de pie un hombre delgado vestido de traje. 

Miro a mi alrededor, sintiéndome extraña, el paroxismo de mi miedo me ha llevado a sentirme un poco ajena a mi situación. Me siento totalmente confundida. El hombre trajeado pronuncia mi nombre. Un par de brazos me empujan hacia el centro del cuarto. Después de algunos pasos quedó frente a él y lo miro a los ojos. 

Tiene una expresión seria, pero siento que de un momento a otro soltará una carcajada. Lo miro con curiosidad. 

Siento mi corazón latir fuertemente contra mi pecho, pienso que moriré antes de que me maten. Pienso que quizás ya estoy muerta. 

El hombre me extiende una hoja y pronuncia unas palabras que no alcanzo a comprender. ¿Dijo “libertad”? No, no entiendo. Intento leer la hoja de papel que me ha entregado, pero las palabras danzan en la hoja siguiendo el temblor incontrolable de mis manos. ¿Qué dice? ¿”Indulto”? La emoción no me deja respirar, no me deja ver, no me deja… Caigo al suelo.

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