Tercera guerra


Nos enviaban a la guerra, a los civiles. Él y su familia también estaban en el lugar de concentración antes de la batalla. Era un sitio grande, un complejo tercermundista: en las habitaciones amplias y abiertas había viejas camas y sillones para descansar.

El primer batallón salió a combatir en un puerto, como en la Segunda Guerra Mundial. Desde las alturas del complejo podíamos ver a los hombres y mujeres salir con un rifle en la mano sin la menor idea de lo que estaban haciendo. Las luces de las ráfagas de los enemigos iluminaban sus caras asustadas y los charcos de sangre en el piso. Había mucha gente joven.

Separé mi mirada de la batalla que tenía lugar en medio de los altos edificios de la ciudad que daba hacia el mar.

Nuestro batallón debía salir dos horas después de aquel primer ataque.

Yo comencé a reunir mis cosas para estar lista para el llamado, pensando en lo injusto que era enviar a los civiles a pelear. Pero era una orden y debíamos obedecer.

En un sillón, estaba sentado un hombre de unos sesenta años, un general. La madre de mi esposo se acercó a dejarle un paraguas. Conversé un momento con él. Estaba desconsolado y lloraba como un niño.

Traté de alejarme y me rogó que me quedara. Le dije que estaría a unos cinco pasos en aquel cuarto de baño comunal. Dejó de llorar cuando se convenció de que desde allí podría verme.

Fui a maquillarme ante ese espejo: sombras moradas y plateadas brillantes colorearon mis ojos, pese a que creí que era una mala idea maquillarse para la guerra.

Reuní mis cosas y estuve a tiempo antes del llamado.

Fui a la habitación enorme que servía de cuarto y su madre me contó que su familia había sido citada para revisar su casa en busca de mantenimiento de drogas. Ella trató de negarse, pero los pequeños frutos rojos sí estaban en su casa y estaba muy preocupada.

Nos dirigimos al amplio patio a esperar nuestro llamado al combate. En medio, se desarrollaba un show para el Rey. Trucos de magia y acrobacias para complacerlo, pero también ridiculizarlo.

Cuando empezó la música, una mujer de cabello oscuro lo sacó a bailar a él, retándome. Yo di media vuelta y me alejé para no ver más.

En la plaza, la gente decía entre rumores que nuestra batalla se había cancelado. Que la nueva estrategia era mandar al ejército fuera de Europa, a Siberia o algún lugar lejano.

Me sentí aliviada de no tener que luchar por el momento, pero temerosa de viajar a algún lugar más remoto que Europa.

Entré al enorme cuarto de baño, que tenía una estética dentro. Los pisos estaban cubiertos de sangre y en la esquina un paquete grande de droga. En segundos, el lugar se lleno de militares que buscaban al traficante, pero en el lugar sólo quedaba yo.

brian.ch

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