Fireflies (sueño)


Fotografía por Vasily Kozorez en Unsplash.

Así comenzó, así comenzó el final. Era una explanada llena de escritorios, gente, una oficina establecida a cielo abierto, como una redacción. Trataban de seguir sus labores normales, pero no. Ellos sabían que no había nada ya, nadie más arriba que los obligara a persistir en ello.

La organización del sistema entero estaba cayendo a pedazos, desde arriba hacia abajo. La tensión era creciente. Alguien tomó un abrecartas de su escritorio y allí comenzó. Allí comenzó el final de la organización. Todos se alzaron, unos contra otros: cuchillos, piedras, lápices, cualquier cosa era buena para el ataque improvisado, para descargar la furia contra quien fuera la persona al frente, al lado.

Justo cuando se alzaban los brazos, todas las luces artificiales se apagaron. Y, en medio de la noche, los sorprendió el brillo de las luciérnagas. Fireflies olvidadas durante siglos de luz eléctrica. Su belleza eclipsó por un momento la rabia masiva que estaban sintiendo.

Pero no duró. Estoy segura de que la tregua no duró.

Traté de contárselo a mi propia luz entre sueños, pero, en medio de la noche, la tarde se convierte en refugio y otro embeleso.

Staircase


‘I walk down the staircase, magnetic pull.»

Staircase – Radiohead

At the bottom of a staircase, I was waiting… waiting for a petition, ¿an order? «What do you want?». I’ll do it… I think… I don’t know; it was an abstract realm of wishes.

(M) Correr (sueño)


Correr. No de ellos, sino conmigo.

Había salido de la habitación del interrogatorio, donde todo era justificarse. «¿Por qué has sentido lo que has sentido?», «¿por qué has hecho lo que has decidido?». Un hombre jamás tuvo que dar explicaciones de ese tipo. Mesas llenas de interrogadores; mujeres que rezan, que lloran, que se enojan, que reclaman.

—Carla, ¿a dónde vas?

Y eché a correr hacia el estadio. Sentir la lujuria observando mis pasos, y cómo todo lo observable parece ser eso…

No me importó nada. Entré desde la calle hacia las gradas. Subí hasta la más alta y eché a correr por el borde, el borde que separaba la cancha de las gradas, el borde que separaba las gradas del abismo, de la pendiente pronunciada.

Y corrí. Corrí. No huyendo, no con miedo. No huyendo de ellos (de todos ellos), sino yendo conmigo. Oí en mi cabeza el (diluvio de) comentario(s), el tono (despectivo), el juicio (generalizado), un versículo originario (del machismo). Las palabras son un arma contundente, una bala de escopeta que ellos apuntan al centro de mi mente.

Son el río.

Corrí por el borde a una velocidad jamás antes alcanzada. Corrí liberada, sintiendo el vértigo en cada vuelta, la fuerza centrífuga. Y gritaba. Gritaba en cada curva, con un rugido… una llama… un sollozo que desahogaba, liberaba, independizaba. [Ese grito quiero pronunciarlo en voz alta (pero son las 6 de la mañana) en la orilla de la carretera, hacia esos paisajes que nadie frecuenta, que casi nadie frecuenta].

Y rodeé el estadio a la velocidad vertiginosa, una dos, tres vueltas. Y gritaba.

Hasta que vi frente a mí a un hombre que estaba por caer. Un jugador que se tambaleó, o algo así, en un saque de banda. No iba a poder detenerme. Chocamos y quedé debajo de él cuando me cayó encima. Y eso me detuvo de caer por el borde de la grada.

—Sostenme o me voy caer al abismo —Le señalé con la mirada mi situación precaria.

—Tuviste suerte de que detuvieran el partido —dijo y luego sonrió.

Y sonreí.

Hubiera podido caer también hacia el otro lado, hacia la velocidad de sus carreras y la fuerza sus patadas.

Entonces llegó un par de mujeres que me ayudaron a sostenerme por los brazos y sentarme en el borde.

Y les agradecí.

Reja (sueño)


Estábamos aún en cama cuando oí que tratabas de abrir la puerta para irte. «No, un último abrazo…», pensé, contenta, saltando de la cama.

Mi ventana mostraba un paisaje distinto, edificios rojos, un cielo despejado y puro. Quizás ahí debí haberme dado cuenta…

Pero llegué a la sala y estabas junto a la puerta. Había algo color rosa mexicano en tus ropas. Me acerqué y noté que estabas un poco atribulado.

—Quería irme, pero tienes que abrirme la puerta.

—Sí, ahorita lo hago, pero ven, ¿ya desayunaste? Tómate un café.

Arreglaste toda la cocina, trataste de dar orden a lo que no lo tenía, limpiaste todo lo que pudiste y yo aún así no quería dejarte ir. Tu voz, en el tono rasposo de siempre, tu rostro…

—¿Café?

Metal. Te serví una taza, te senté a la mesa. Me dijiste:

—Mira —Me mostrabas videos de ella, que acaba de irse, sonriendo y rodeada de nuestros niños—. Tengo que ir con ella.

«¿Es que acaso tengo yo el poder para impedirlo? ¿para retenerte, A…?», pienso ahora, ya despierta.

Y no, no te abrí la puerta.

Una reja de metal te impide la salida hacia esa meta.

No puedo, no puedo aún quitarme de encima el llanto que no lloré, resignarme sin una explicación, dejar al aire la confidencia cuyos detalles he perdido en mi memoria, olvidarme de que rompiste nuestro silencioso pacto, aquel sobre el que estabas tan preocupado, dejar de sentir la traición, el abandono (yo sé, infundado).

Pero tengo que… Ninguna reja mía debe hacerte daño. Estaré trabajando.

(Pendiente)

Sol


«Limitless undying love
which shines around me like a million suns
it calls me on and on across the universe

Lennon/McCartney


(Soñé que) había sido arrojada a un prado desde otro lugar, otra dimensión, otro sitio.

Una luz brillante lo bañaba todo, cálida, amarilla, tan deslumbrante que no me dejaba ver. Solamente adivinaba el pasto verde y los árboles a mi alrededor.

Tras el golpe de la caída, traté de incorporarme. A pesar de estar sola en el prado, tenía consciencia de que otros seres me veían. Y sentía vergüenza de moverme tan torpemente por sobre el pasto, de estar tan ciega por la luz.

Me tambaleé hasta incorporarme y trastabillé al tratar de dar unos pasos. Sentía un nudo en la garganta. Vergüenza, confusión, angustia.

Pero entonces alcé la vista y pude ver el sitio más brillante del prado. Un claro iluminado aún más intensamente por un haz de luz. Allá, en la cima de una pequeña colina, un claro precioso bañado de luz.

Y entonces lo supe: allí está mi bebé. Tengo que ir por él. Y corrí hacia él. Paz, paz, amor.


Como el día al sol,
así, amor.

Nunca hubo respiración más diminuta,
nunca hubo un más pequeño sol.

Cable


Toda la noche, como en un delirio,
explicaba cosas que no entenderás
porque yo misma no sé explicarlas
al despertar.

De pie, nos separaba un negro vacío
y el mismo mensaje se repetía:

Nada que lamentar.

Te hablé sobre la importancia de tu risa,
de como el silencio se malinterpreta,
de como hay etapas en que somos felices
y otras en las que sólo queda aguardar.

Baja la guardia, decía.
La guardia baja sentía.

Y la importancia de saber tu sonrisa.

De pie, y a través del vacío negro
la conexión se hizo clara,
visible y física:

Entre nuestras almas, un cable iluminado.
Era la luz que atraviesa un túnel oscuro y largo.

Cierra los ojos y puedes verla,
(…).

‘Y vendrá la fiesta’


Un sueño para variar.

Una fiesta. Mucho que celebrar: alegrías ajenas como propias; victorias.

Una alberca, y la gente que comienza a llegar. Yo, sumergida en el agua, bajo el sol, contenta y haciendo reclamos en juego al anfitrión. Luego, cientos de personas abarrotan el lugar, se hace de noche, mujeres semidesnudas bailan sobre las mesas, diversión, alcohol y lo mejor de todo, su rostro feliz… su risa feliz.

Luego, en el baño, una muchacha se acerca a mí. Me habla al oído y yo niego con la cabeza porque ya sé que va a decir. Y yo trato de decir no, yo no, ya no. Sin importarle nada, acerca su boca a la mía y mete su lengua. Y deja allí la sustancia.

—Tú puedes soportarla —me dice y se va.

Escupo en mi mano la pastilla y miro a mis amigas a través del espejo del baño. Como dos diablitos en mis hombros me dicen: anda. Y la trago. Y durante dos segundos miro como mis ojos cambian, como nacen sombras moradas debajo de ellos y en mi pecho, y percibo la sensación lejana que se apodera de mí.

Y entonces el autocontrol lo frena todo.

Y me detengo el viaje.

Y luego despierto.