En una sola noche


En casa de alguien más, una amiga. Iba a quedarme a dormir un par de días para ayudarla.

Me señaló un cuarto y me dijo: “Puedes quedarte ahí”. Me indicó dónde estaba el baño y entré.

Había ratas por todos lados. Grandes, grises. Y además, unos animales extraños corrían y volaban por doquier. Eran como grandes peces, de cuerpos blancos y viscosos, con ojos redondos y sin párpados, pero con una mancha verde en la cabeza, y peor, con alas.

Me asusté. Llamé a mi amiga, espantada y escandalizada. Ella sólo le restó importancia: “Sí, no te preocupes, allí están todo el tiempo”. Sin su ayuda, traté de matar a las ratas y a los peces voladores con el mango de un recogedor de metal. Les daba justo en la cabeza, pero no morían.

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Cuando salí al patio, ya estaban buscándome. Me llamaban a gritos para decirme que el ensayo de la boda de mi amiga estaba a punto de comenzar.

Bajé vestida como estaba, volando a través de las ventanas y de los árboles del jardín. Luego, subí volando a la azotea.

Me di cuenta de que no llevaba mi vaporoso vestido de dama. Así que saqué mi varita y le di varias vueltas a mi alrededor, mientras murmuraba un conjuro. Y el vestido apareció alrededor de mí, ante la mirada sorprendida de las demás personas en el ensayo.

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Me estaba bañando, para alistarme para la boda, creo, en un baño que era una mezcla de los de antiguas casas que conocí. Había una tortuga en la jabonera, viva. Había tostadas en la repisa de la esponja.

Se abrió la puerta y me di cuenta que varios muchachos me observaban, riendo. No me importó tanto. Alguien cerró la puerta.

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Paloma estaba allí, como la recuerdo de niñas, sólo que sin el hilito. Su cabello castaño y su fleco crespo. Hablaba acerca de sus creencias, a mí me sonaba un poco a un culto. Por un momento, tuve la impresión de que habíamos crecido juntas.

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Una carrera con carritos de supermercado. Mi primo y yo rodábamos cuesta abajo en las rampas del gran edificio, muertos de la risa.

Quise regresar y volver al pasillo por donde había entrado. No encontré la manera. Los lugares, frecuentemente, son laberintos para mí, y sobre todo en los sueños.

Sólo encontré habitaciones oscuras con paredes rojas, de las que varias manos salían entre los barrotes de las ventanas. Prisiones. Una mujer me dijo que no podría volver a donde había estado antes. No tuve más remedio que irme.

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Me despedí de mis papás y les prometí que conseguiría a alguien que me llevara sana y salva a casa.

Tomé un camino conocido, mientras le llamaba a él por teléfono. Dijo que sí, que por supuesto me acompañaría.

Sentados en el viejo camión blanco, me contaba sonriendo una historia, mientras la luz de la tarde todavía brillaba intensa.

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Despertar en una casa que por un momento me pareció totalmente desconocida en la oscuridad. Con una tonada en mi cabeza:

When every is dancing

I don’t want to

When everybody is toying

I don’t want to

When everybody is laughing

I don’t want to

Everybody but me

When everybody is drinking

I don’t want to

When everybody is using

I don’t need more

When everybody is floating

I don’t want to

Everybody but me

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