Medusa, el lobo y la bomba nuclear


(Soñé que) Debíamos luchar contra Medusa; ella se hacía  pasar por una mujer común y corriente, una profesora para ser exactos. Ella enseñaba en Hogwarts.

Precisamente una de las cosas que debía enseñarnos era cómo acabar con Medusa, pero por supuesto no lo había  hecho. Harry y yo nos dimos cuenta de su verdadera  identidad al mismo tiempo.

Sigue leyendo

Anuncios

Mi habitación azul


Él habia decorado mi cuarto como regalo hacia mí. Había una cama baja con una colcha impresa con una obra de Monet, algo naranja y amarillo y rojo. Sobre la cama, a manera de móvil, colgaba un aparato similar al Kindle, que parecia servir para leer libros en voz alta.

En las paredes pintadas de azul, había un decorado con diseño de peces. Y a través de la gran ventana, se veia el cielo de la noche. ¿Qué pasa con el cielo?, pregunté. Estrelllas rojas y fugaces iluminaban el fondo negro, en medio de millones de planetas y soles.

Alguien que estaba afuera me llamaba. Yo pedia un segundo porque queria seguir mirando el cuarto.

Luego sali y supe que algo malo me esperaba allá afuera: un gran grupo de personas pedían mi cabeza en venganza por lo que yo le hice. ¿A quién? ¿Estaba muerto? ¿Era mi culpa que estuviera muerto? ¿De dolor?

Pero vi una silueta más allá y reconocí a ese hombre. Estaba vivo, pero caminaba lentamente hacia afuera y no me permitía mirar su rostro. Su cabello ocultaba sus ojos.

La turba furiosa me condujo hacia afuera. Acepté ir con ellos sólo cinco minutos. Una vez afuera, comencé a volar sobre las calles, para alejarme de ellos, pero también en su búsqueda. Volaba como sé hacerlo, sólo que esta vez de una manera más furiosa, más de prisa, más brusca.

Un ‘rave’, mi hija y la muerte del mago


En una gran explanada llena de gente, él y yo teníamos que llegar a algún lado. Vimos pasar a tres jóvenes muy particulares, vestidos con rastas y ropa extremadamente grande.  Bailaban al caminar. Él quiso seguirlos porque sabía que se dirigían a un rave de los mejores.

Pero yo recordé que estábamos ahí para asistir a la escuela. Las clases se impartían al aire libre, bajo carpas.

Había faltado tantas veces a la clase de estadística que ni siquiera recordaba si ya estaba reprobada. Dejé mi bolsa en un lugar vacío junto a mis compañeras y les dije que regresaría antes de que iniciara la clase. Por supuesto nunca lo hice.

Fui a buscarlo. Él se había reunido con un grupo de gente que bailaba afuera de un extremo de la gran plaza. Allí, detrás de una puerta, se llevaría a cabo el gran rave.

Lo vi entrar y lo seguí hacia adentro. Me sorprendió encontrarme dentro de una iglesia. Era enorme y subterránea, y su humedad de caverna enfriaba todas las cosas. Mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el interior. Sólo veía bancas de madera y veladoras encendidas. Escuchaba cánticos cargados de eco.

Un hombre que estaba de pie junto a mí me habló en susurros: “Tienes que caminar hacia el fondo y doblar a la izquierda para llegar. Una vez ahí…”. Lo interrumpí diciéndole que yo no iba a esa fiesta. Que yo sólo iba a buscar a alguien.

Me dejó pasar y caminé por un pasillo techado, hacia donde pensaba que él se había dirigido.

Al final del corredor, me encontré en un espacio abierto, limitado por árboles en sus orillas. Al centro había un lago, brillando tenuemente bajo la luz nublada de la tarde. Y al fondo del lago había una estatua vieja de bronce, enclavada entre la hierba y árboles que lo rodeaban.

lago estatua hija raveMe acerqué lentamente, caminando sobre una plataforma de madera que daba al centro del lago. Todo era mágico, encantado. Flotaba una sensación de soledad y una paz que era tan consoladora que me perturbaba. No podía ser real.

De repente, él apareció junto a mí. Me dijo que había querido enseñarme esto desde hace años.

Me contó que ésta era una fuente encantada. Según la leyenda del lugar, el príncipe y su doncella se amaban, pero por algún encantamiento quedaron separados. Él fue hechizado y convertido en estatua y destinado a permanecer allí durante toda la eternidad hasta que ella volviera a buscarlo.

Miré más atentamente la estatua. Representaba a un hombre fornido y guapo, vestido con mallas, jubón, y sobre los hombros, una capa. Su rostro había quedado petrificado en una mueca sutil de sufrimiento, y sus cabellos, inmóviles en el momento en que algunos le caían sobre la frente.

De pronto, sentí un movimiento en la orilla del lago junto a donde yo estaba. Me puse en cuclillas y me acerqué más y, en medio de las aguas estancadas y mohosas, vi surgir una figura desde el fondo: una mujer.

Retrocedí asustada. Vi su cuerpo mojado, sus cabellos empapados y su rostro desfigurado por la desesperación.

La estatua comenzó a moverse desde el fondo, como si alguien hubiera accionado algún interruptor, y avanzó hacia la mujer del agua.

Esto no era posible, me dije. Los vi encontrarse en el centro del lago y abrazarse. Luego no pude ver nada.

Caí sentada sobre la plataforma de madera y volteé una vez más hacia el agua. Ya no había estatua, ni príncipe ni doncella, pero vi salir a otra figura más del lago.

Ésta era más chica, y ágilmente subió al borde, caminó por la plataforma de madera y se abalanzó sobre mí.

Era una niña pequeña y me abrazaba. Me abrazaba con todas sus fuerzas. Me desprendí de ella un segundo, sin entender. Vi su cara sonriente, su piel blanca y tersa, y su cabello negro y corto que me recordaba al de él.

Entonces comprendí: Era mi hija. Me lo repetí una y otra vez en el éxtasis de la alegría y la confusión. Mi hija. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuando había sucedido esto? ¿Dónde había estado ella durante los cinco años que aparentaba tener?

Nadie contestó a mis preguntas y me di cuenta de que en realidad no me importaba saber las respuestas. Sólo estaba feliz de tener a mi hija entre mis brazos.

Él se agacho junto a mí y nos abrazó a las dos.

——-

Estaba en una ciudad grande y llena de gente: una mezcla entre Disneylandia y San Francisco. Todo era amarillo y lleno de sol.

Caminaba por las largas calles llenas de puestos y tiendas hacia el lugar donde nos reuníamos todos, donde vivíamos todos. Éramos todos amigos y éramos muchos, decenas quizás, repartidos en varias casas y vecindades cercanas. Éramos todos familia.

Llegué a una de nuestras casas. Dejé mi bolsa sobre la mesa del comedor y me senté a platicar con las chicas mientras veíamos hacia la calle a través de los enormes ventanales abiertos.

Todas las casas eran así, abiertas. Puertas abiertas, ventanas abiertas, apenas había paredes. El techo era la única ventaja de tenerlas.

Decían que había llegado un mago a la ciudad, un ilusionista. Que se iba a presentar en el muelle al atardecer.

De inmediato quise verlo, siempre me han fascinado los trucos y las ilusiones que dejan a mi mente absorta.

Me dirigí hacia allá y los demás dijeron que me alcanzarían luego. Caminé por el muelle, un espacio muy largo de agua, flanqueado por dos extremos de concreto a cada lado. Al fondo, había un enorme muro lleno de vegetación que era la frontera de la ciudad.

Caminé por el extremo derecho del muelle, esquivando a las personas que estaban sentadas en el suelo, en grupos, observando el acto.

Me paré lo más cerca que pude del muro que estaba al fondo.El mago estaba ahí, vestido de negro. Estaba haciendo un acto de escapismo. Lo vi sumergirse en un tanque lleno de agua. Lo vi tratar de salir de él, tirando de cadenas y nudos sin éxito. Las ramas y enredaderas del muro enmarcaban su desesperación.

Después de unos minutos de intentos infructuosos, los organizadores rápidamente nos pidieron que nos marcháramos, y bloquearon nuestra vista con mamparas. Yo crucé y regresé por el lado izquierdo del muelle, quería llegar a contarles todo a los demás.

Ya sobre la calle, me encontré con un amigo que era policía. Le pregunté qué había pasado con el mago, si él creía que sobreviviría. “Ya está muerto”, dijo. Y se fue a colaborar en el suceso que estremecía a aquel pueblo pequeño.

Yo seguí caminando hacia mis casas, o al menos eso pensé, porque de repente me di cuenta de que volaba. De la manera habitual. Estaba recostada paralelamente al pavimento, moviendo los brazos como remos para impulsarme. Simplemente flotando encima de la calle.

Avanzaba con dificultad, los obstáculos como árboles y jardineras me estrobaban. Además, sabía que no estaba tan concentrada como para poder dominar mi vuelo. Cada movimiento requería mi máxima concentración. Y en ocasiones, mi cara rozaba el suelo.

Por fin me reuní con ellos. Hablamos del mago, hablamos de la fiesta del día siguiente, la que reuniría a toda la familia. Y yo me marcharía al día siguiente, en avión.

Iría al aeropuerto a hacer un fila y a enrentarme contra las personas del resto del mundo que no comprendían a nuestra ciudad.

En una sola noche


En casa de alguien más, una amiga. Iba a quedarme a dormir un par de días para ayudarla.

Me señaló un cuarto y me dijo: “Puedes quedarte ahí”. Me indicó dónde estaba el baño y entré.

Había ratas por todos lados. Grandes, grises. Y además, unos animales extraños corrían y volaban por doquier. Eran como grandes peces, de cuerpos blancos y viscosos, con ojos redondos y sin párpados, pero con una mancha verde en la cabeza, y peor, con alas.

Me asusté. Llamé a mi amiga, espantada y escandalizada. Ella sólo le restó importancia: “Sí, no te preocupes, allí están todo el tiempo”. Sin su ayuda, traté de matar a las ratas y a los peces voladores con el mango de un recogedor de metal. Les daba justo en la cabeza, pero no morían.

—————–

Cuando salí al patio, ya estaban buscándome. Me llamaban a gritos para decirme que el ensayo de la boda de mi amiga estaba a punto de comenzar.

Bajé vestida como estaba, volando a través de las ventanas y de los árboles del jardín. Luego, subí volando a la azotea.

Me di cuenta de que no llevaba mi vaporoso vestido de dama. Así que saqué mi varita y le di varias vueltas a mi alrededor, mientras murmuraba un conjuro. Y el vestido apareció alrededor de mí, ante la mirada sorprendida de las demás personas en el ensayo.

——————-

Me estaba bañando, para alistarme para la boda, creo, en un baño que era una mezcla de los de antiguas casas que conocí. Había una tortuga en la jabonera, viva. Había tostadas en la repisa de la esponja.

Se abrió la puerta y me di cuenta que varios muchachos me observaban, riendo. No me importó tanto. Alguien cerró la puerta.

—————–

Paloma estaba allí, como la recuerdo de niñas, sólo que sin el hilito. Su cabello castaño y su fleco crespo. Hablaba acerca de sus creencias, a mí me sonaba un poco a un culto. Por un momento, tuve la impresión de que habíamos crecido juntas.

—————–

Una carrera con carritos de supermercado. Mi primo y yo rodábamos cuesta abajo en las rampas del gran edificio, muertos de la risa.

Quise regresar y volver al pasillo por donde había entrado. No encontré la manera. Los lugares, frecuentemente, son laberintos para mí, y sobre todo en los sueños.

Sólo encontré habitaciones oscuras con paredes rojas, de las que varias manos salían entre los barrotes de las ventanas. Prisiones. Una mujer me dijo que no podría volver a donde había estado antes. No tuve más remedio que irme.

——-

Me despedí de mis papás y les prometí que conseguiría a alguien que me llevara sana y salva a casa.

Tomé un camino conocido, mientras le llamaba a él por teléfono. Dijo que sí, que por supuesto me acompañaría.

Sentados en el viejo camión blanco, me contaba sonriendo una historia, mientras la luz de la tarde todavía brillaba intensa.

—————–

Despertar en una casa que por un momento me pareció totalmente desconocida en la oscuridad. Con una tonada en mi cabeza:

When every is dancing

I don’t want to

When everybody is toying

I don’t want to

When everybody is laughing

I don’t want to

Everybody but me

When everybody is drinking

I don’t want to

When everybody is using

I don’t need more

When everybody is floating

I don’t want to

Everybody but me

Volar y desaparecer


Sé volar. Puedo volar. De hecho, vuelo… sólo en mis sueños.

Estaba caminando con amigos y familia en una calle de Coyoacan y eché a volar como suelo hacer, al ras del suelo.

Pero cuando entramos a una tienda con escaleras eléctricas, tuve que bajar. Al salir, volé sobre la explanada salpicada de gente. Simplemente dando un pequeño salto que me elevó del suelo y sosteniéndome sobre el aire como si nadara de pecho. Aunque pronto descubrí que volar de ‘crawl’ era más rápido y ofrecía mucho mas control al dar la vuelta.

Había sobrevolando la plaza durante un par de minutos cuando vi a dos policías sosteniendo cada uno un extremo de un cable y tendiéndolo frente a mi. Choqué contra él, al perder la concentración y el equilibrio.

Reclamé a los policias. Ninguna de las demás personas en la plaza parecía mirarme o darle la más minima importancia al hecho de que yo volara. Les pregunté si existía alguna ley que impidiera volar. Y me molesté porque no me interrogaron, ni me dejaron decir mi versión de los hechos.  No les importaba lo que tenía que decir.  Como siempre, a mí nadie me escuchaba.

Me alejé de ellos junto con una amiga. Escapando en medio del tumulto. Caminamos por la plaza hasta llegar a una habitación labertintica en busca de algo. Entonces encontré una pared blanca vacía. Le dije que eso no podía ser, pero ella me corrigió, senalando que era el sitio exacto. Y entonces vi un colchón allí.  Él/ella y yo nos acostamos bocabajo sobre él para ‘desaparecer’.

Él hizo el hechizo primero, pero antes de irse se quedó para explicarme y guiarme. Debía decirme las palabras del hechizo, pero era muy lento. Sus palabras no me sirvieron hasta que, ya desesperada, le oí decir algo acerca de una “tierra  más infinita”, de un “mundo mas grandioso”. Luego hizo pasó su dedo índice derecho sobre la primera falange del dedo anular izquierdo. Después acarició con dos dedos (índice y corazón) el dorso de su mano izquierda, haciendo la forma de una ‘V’.

Repetí las palabras e imité su gesto. Y en cuanto lo hice, senti que mis pies se desvanecían y comenzaba a sentirme mareada y sin fuerzas. Le dije: “Ya estoy lista, vámonos”. Y dejamos que nuestro cuerpo completo resbalara por debajo de la cama, comenzando por los pies, hacia una nueva dimensión.

Descendimos lentamente hasta quedar sentados en el asiento de un teatro o cine. Y en la otra fila, a la derecha, veía a alguien muy querido, acompañado de una mujer.

Entonces, en la pantalla que estaba al frente de nosotros,  pasaron un reportaje acerca de el nuevo hobby de los asiáticos: volar sobre basureros. Fue entonces cuando lo recordé. Me volví hacia él, que estaba a mi lado y le dije, emocionada: “Soñé que volaba”.

‘No estás preparada’


Estaba en un sueño confuso…

Un hombre me regalaba un libro.  Él era un viejo conocido de mi padre, pero cuando cuando quise agradecerle el regalo, ninguno sabía su nombre.

Él me dio a entender que era algo normal, que él impedía que la gente lo recordara porque él sólo existía en los sueños o  algo así. Su imagen no era muy inusual: calvo, un poco canoso y con lentes.

Cuando abrí el libro que me dio, tuve la visión de lo que iba a hacer con él en los años siguientes: Sobrevolé varias grandes ciudades de manera invisible, pero rociando sobre ellas líquidos de colores para desaparecerlas.

Despúes, entré en un cuarto volando, como suelo hacer en los sueños. Y el hombre me dijo que evitara hacerlo o que al menos tratara siempre de volar bajo.

Me dijo: “Sé lo que estás intentando hacer, pero no estás preparada”. Y una mujer comentó: “Tal vez debería pasar otro año solamente anotando sus sueños”. Yo no dije nada, pero entendí que se referían a la práctica del sueño lúcido.

Mateo


Debí haberlo sabido.

Iba a encontrarme con él a las dos en punto en el andén del camión. Era un día importante: Me habían pedido volver a presentarme en público y estaba nerviosa. Era la primera vez en casi tres años que cantaba ante tanta gente. Antes no tenía tanto miedo escénico, pero ahora confiaba más en mi voz.

Pasaban apenas de las dos y él no llegaba. Me detuve en el andén con mis cuatro hijas a mi alrededor y le pedí a la más pequeña que me pasará el celular para llamarle a su padre. Julia lo tomó y trató de teclear el teléfono de su padre, como había visto hacer a sus mayores.

Me quedé mirando sus deditos sobre las teclas y comencé a sospechar lo peor. Debí haberlo sabido. Sin razón alguna, recordé mis dedos sobre las cuerdas de mi guitarra como si representaran las señales que debí haber visto antes.

Con una preocupación creciente tomé el teléfono de las manos de Julia y le dije a las niñas que era tarde y que llamaría a su padre a la casa. Julia respondió:  “Papá nunca está preocupado por nada”. Era su héroe.

Marqué y sonó varias veces el tono de llamada.

Mateo…

Contestó una desconocida voz masculina: “Bueno”. Se hizo un silencio porque me quedé sin habla. Fue entonces cuando escuché las cámaras fotográficas emitiendo varios clics por segundo. Y lo entendí todo.

Me alejé un poco de las niñas, me agaché contra un muro y pregunté: “¿Quién habla? ¿Qué ha pasado? ¿Mateo?”.

Quien asumí era un oficial de policía repondió, confirmando mis peores temores: “Señora, lo siento, lo encontramos en el suelo. Tenía una carta dirigida a usted junto a él”.

“Nooooo”, pensé y gemí a un tiempo.

Él dijo: “Por favor, señora, no me haga esto más difícil de lo que ya es”: Y yo pensé: “¿Qué clase de palabras son esas para una mujer que acaba de enterarse de que se ha quedado viuda con cuatro hijas”.

Le pedí que me leyera la carta, escrita en papel amarillo:

“Sé que te he arrebatado tu última oportunidad razonable de que tu música fuera reconocida una vez más como algo bello. Pero quiero darte esto a cambio”.

El oficial dijo que había un disco con una pequeña canción grabada. Me imaginé que Mateo pensó que esa canción sería la clave para aliviar la montaña de sufrimiento que me había echado encima con su acción. Pero yo sabía que no. Y era una canción que no escucharía.

—————–

De nuevo y como siempre, yo sabía que es perfectamente posible, al menos para mí, volar.

Y volaba sobre las calles cercanas a mi casa, como siempre he volado, sin elevarme demasiado. Los vecinos me odiaban un poco porque solía pasar junto a sus ventanas flotando en el aire y ellos no lo entendían. Y a mí me parecía absurdo que no supieran volar si era tan sencillo y real.

Esta vez, recorría las calles sobre las azoteas, pero me di cuenta de un detalle: Me costaba trabajo volar en otra dirección. No quería volar ni a la derecha ni a la izquierda, y tampoco quería ir a donde no había ido antes (muy simbólico esto, ja).