La víspera de la Fiesta de San Juan (sueño)


Yo no sabía que cada año en la víspera de la Fiesta de San Juan sucede algo aterrador. Al menos sucedió el año pasado y probablemente sucederá este, según nos dijeron apenas un par de mujeres que paseaban con sus hijos por el muelle, en esa ciudad extraña. Las calles eran de losa blanca y sentía el mar cerca, pero no a la vista. Todos habían estado paseando, simulando un aire despreocupado, pero, en cuanto se nos reveló la proximidad del peligro, todo se vino abajo.

Nos dieron indicaciones precisas: corran a ponerse a cubierto, encuentren una casa, entren en ella y finjan su vida cotidiana, pero lo más importante es que no se muevan… ni siquiera un milímetro. Las bestias estarán sueltas por la ciudad esta noche y entrarán en cada casa; la examinarán a conciencia. Pero no pueden detectar el movimiento. Solamente la inmovilidad absoluta puede salvarte de la muerte ante ellas. (O eso dijeron).

Entramos a una casa él y yo; cualquier casa, la que sea. Todos hicieron lo mismo: usurpar identidades, hogares. Puse ante una mesa dos platos y robé pan para colocarlo sobre ellos, un par de cuchillos para fingir cortarlo, pero en realidad para defensa. Me quedé el más afilado: puño de madera, hoja grande y con sierra. Comí un trozo de pan ante la angustia de la espera. Lo urgí a que se sentará, pero él permanecía de pie, distraído, casi tranquilo. «Siempre ha sido tan ajeno a estos miedos que parecen solo míos».

Ruido afuera en las calles. Algunos gritos. Nos miramos y nos sentamos frente a los platos. Tomé el cuchillo. Y entonces me quedé quieta, en la inmovilidad más completa, la mirada fija y sin parpadeo, la respiración baja a casi cero, la temperatura descendiendo. Los músculos completamente paralizados por el miedo. No, no el miedo. El terror más absoluto. Los sentí mientras nos rodeaban y husmeaban en torno nuestro. Ni siquiera pude verlos.

Fue la alerta más intensa dentro de la desconexión más severa. No lucha, no huida. Solo parálisis ante la muerte inminente.

Y nunca hubo conclusión y nunca hubo alivio.

Desperté. Más bien no, nunca desperté sino que me hundí en otro sueño. En el noqueo de la inmovilidad silente. Y me quedé por siempre atrapada en ese momento.

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El ojo del universo


El cuerpo no responde,
el alma
se concentra en el dolor.

El azul marino
—¿o el negro?—
la devora,
y pides perdón.

No hace falta.
Yo comprendo y no:

las opciones se reducen
al extrañe o el destroce,
la implosión o la explosión;
la sinrazón.

Y me miras fijo:
«Yo sé tus pensamientos».
Sí y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

El ojo del universo
observa desde lejos
nuestra obsesión.

Y cantamos los recuerdos
en los giros de los bailes
alegres y tristes,
sin redención.

Hablamos de nuestros hijos
que no están presentes.
«Yo sé tus pensamientos»,
dices.
Y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

Y el ojo del universo
arroja su mirada
ubicua y silente,
y no sabremos nunca
si tenemos su perdón.

Invasores / Orden (pesadillas)


Vinieron en medio de la noche e irrumpieron en mi casa, una mujer, un hombre y un chico. Aún no salgo del terror.

Entraron a mi hogar como si fuera el suyo, caminando por las habitaciones como si les pertenecieran.

Corrí por el teléfono para llamar al número de emergencias, pero me detuvieron. Cuando el chico me arrojó sobre la cama, mordí su mejilla antes de que pudiera tocarme hasta que le arranqué un pedazo de piel, pero a él no pareció importarle. Los otros lo reprendieron y me dejó en paz. Me explicaron que solo necesitaban un lugar para pasar la noche porque la policía los buscaba.

Nos fuimos ‘a dormir’; era de madrugada. Yo, en cama, no dormía, solo estaba preparada para el ataque. Tomé como arma cualquier cosa que pudiera defenderme, pero una parte de mí me decía que era mejor que los dejara en paz. Y entonces, de mañana, tomarían sus cosas y se irían.

Más tarde, miré las noticias en el celular. Allí estaba el rostro de ella en todas partes.

—¿Esta eres tú? —le pregunté, poniéndole el teléfono frente a la cara.

—Sí.

Y ellos eran el hijo y el esposo. Ella era una activista o algo por el estilo. Me compadecí un poco, en medio de mi enorme cautela. Miré sus pocas pertenencias.

—¿Tienen suficiente ropa?

—Apenas… ¿Tienes jabón?

—Sí.

—¿Pañales?

—¿Pañales? No.

Junté algunas cosas para darles. Y rogué dentro de mí: «¿No es verdad que se irán pronto, antes del amanecer?».


Yo había preparado todo con calma, según las instrucciones. Pasé horas armando mi pequeño equipaje, las únicas pertenencias que podría llevarme a ese viaje hacia ‘el lugar seguro’ al que las autoridades prometieron llevarnos. No es que tuviéramos alternativa alguna. Era un comando obligatorio: era la guerra (o el fin del mundo) y debíamos ingresar a un refugio.

Solo una pequeña maleta por persona, dijeron.

Así que guardé en ella todo aquello de valor: una antología, las revistas, libros, cuadernos, algunas cartas, impresiones de conversaciones, fotografías, archivos en el USB, anillos, aceite de menta, lavanda, pequeños, pequeños recuerdos gigantescos que lo son todo para mí. Y todo ordenado. El orden de mi vida por el que tanto he trabajado y luchado.

No recuerdo siquiera haber llevado alguna ropa.

Cuando los militares llegaron, el lugar ya estaba casi vacío. Varias personas los esperábamos con nuestras pequeñas maletas o portafolios en las manos.

Su actitud desde que llegaron: los amos del mundo, los dueños de la suerte de todos; y lo eran.

Tomaron mi maletín y lo sopesaron y lo midieron a ojo.

—Es demasiado.

Uno de ellos lo abrió y, sin piedad, regó el contenido por el suelo y lo pisó, procurando que todo quedara totalmente destruido.

Mi desolación no puedo ni expresarla.

—Vuelve a hacerlo.

Y yo pensé: «¿Cómo?, ¿cómo puedo reemplazar todas esas cosas valiosas que no existen más, y el orden en que las dispuse. Mis recuerdos, mis recuerdos, todos esos recuerdos que me esforzado en atar como hilos que tienden a destrenzar…».

Y a pesar de ello, comencé a planear la nueva maleta. Mi mente no me da tregua. La supervivencia no da tregua.

Lucha/huida (sueño)


Había muchas personas hablando en el estacionamiento del edificio. Las excavaciones de revisión tras el terremoto habían puesto al descubierto algo escalofriante. Debajo de los cimientos, estaban enterrados los cuerpos de un adulto y cuatro niños. Al parecer, el padre había matado a los hijos y luego se suicidó.

Había agua en el subsuelo. Era como si hubieran sido enterrados en agua.

Alguien pidió algo para mirar a través: un visor, unos goggles. Yo dije: «Yo tengo». Y subí por las escaleras a buscarlos. Apenas llevaba algunos escalones cuando escuché gritos abajo, gritos de terror y de advertencia. «No bajes», decían. Así que corrí escaleras arriba, en huida.

Entonces los sentí tras de mí. Corrían como humanos, pero eran bestias. Algo animal había en ellos, con fauces, hocicos de dientes afilados, con piel ¿transparente?

Traté de entrar en cualquier puerta, estaban cerradas. Llegué al departamento en el piso más alto. Parecía un penthouse. Estaba abierto. Entré y cerré la puerta tras de mí, a centímetros de ellos.

Golpeaban sin control contra la puerta mientras yo buscaba algo con que defenderme, algo con qué pelear. Encontré entre mis cosas una navaja y un sacacorchos en espiral. Con eso se llevaría a cabo la lucha.

Me asomé hacia el estacionamiento por el balcón. La pelea abajo estaba siendo ganada por las fieras; los vecinos corrían hacia las salidas y eran abatidos antes de llegar.

Entonces vi al líder. Un hombre; él no era una fiera sino un ser humano, rodeado de otros tan pensantes como él. Alzó la vista y me vio en el balcón. Sentí el terror de siempre, tan antiguo y tan conocido, tan intenso.

Los vi correr hacia el edificio y los oí subir por la escalera. Venían por mí. Todo esto era por mí.

Me preparé para esconderme y permanecer quieta.

A diferencia de las bestias, ellos sabían abrir la puerta. Cuando entraron, me había acostado lo más plana posible en el piso del balcón para no ser vista.

Registraron el departamento y entonces uno de ellos me vio, un subordinado. Trató de salvarme. Dijo: «Aquí no hay nadie». Por supuesto, el líder no le creyó y se asomó.

Cuando sentí la muerte inminente, su presencia de muerte sobre mí, preferí saltar yo misma a ser asesinada.

Y me lancé del balcón.

Pero no morí. Seguí viva tras la caída y eché a correr hacia la salida. En huida, en adrenalina, en alerta. Huida.

Desperté.

Despiertos / adormilados


La vi avanzar por la calle, de prisa, con paso decidido. Era una señora de mediana edad con el cabello corto y oscuro. Yo caminaba detrás de ella.

El resto de las personas avanzaban despacio, al mismo ritmo, adormiladas, como muñecos carentes de voluntad. Supe que no comprendían el peligro que nos acechaba a todos.

Me acerqué por detrás y tomé a la señora del brazo. Aunque era yo una desconocida, su sobresalto no duró más de un segundo. Comprendió al instante que juntas podíamos abrirnos paso más rápidamente entre la multitud.

Es que, si estábamos despiertas, debíamos escapar.

La masa de gente se apelmazaba en cierto punto y formaban filas para entrar a un estacionamiento en donde el chico que estaba a cargo repartía automóviles a las personas para que pudieran salir de la ciudad. Se esforzaba por hacerlo de una manera ordenada, sin darse cuenta de que los segundos eran valiosos porque la catástrofe estaba a punto de empezar.

La señora y yo pasamos por un lado del chico y nos apropiamos del primer auto que vimos abierto, un viejo sedán negro. Tres personas más se subieron con nosotros: un hombre de unos cuarenta y tantos años, una muchacha con una prótesis a falta de una pierna y un joven de cabello negro. Fue un movimiento rápido e impecable.

Así eran y así debían ser las cosas ahora. No había tiempo para discusiones o vacilaciones, y las personas que tuvieras a tu lado se convertían a partir de entonces en tu familia.

El hombre condujo el auto y yo quedé atrás con la señora y la chica.

Seguimos a otro coche cuyos ocupantes parecían tan decididos como nosotros. Parecían saber a dónde ir, parecían conocer algún lugar seguro.

Paramos en un edificio grande. A la entrada, la gente esperaba que los encargados les repartieran ropa y cobertores. Robamos lo que pudimos al pasar y entramos sin pedir permiso. Para entonces, ya los intentos por mantener el orden de las cosas se venían abajo lentamente.

Aquel edificio en otro tiempo parecía haber sido una universidad y ahora operaba como un campo de refugiados de alto nivel. Solo los enterados entraban allí. Y, para permanecer allí, debíamos aprobar algún tipo de prueba o examen. Solo aquellos con alguna aptitud útil para esta nueva realidad tendrían derecho a ocupar un espacio en aquel refugio de primera categoría.

Al conversar entre los cinco de nosotros, se hizo evidente que solo el chico del cabello negro y yo tendríamos posibilidades de aprobarlo. Nos dimos a la tarea de estudiar aunque realmente todo lo que necesitábamos saber ya estaba o no en nuestros cerebros.

Mercury


Pale rose.
Amarillo pastel.
El color
de las zapatillas de ballet.

Plata líquida
para beber.

(It is mercury, then).

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20 de noviembre (sueño)


Estaba en una playa, rodeada de gente. Todos los que estaban a mi alrededor me querían tanto que habían cercado el mar con un muro para evitar que me arrojara a él. Aun así, traspasé el obstáculo y vi que las aguas eran bajas como las de una alberca. Todo lo habían pensado para mí porque me conocían, me amaban y querían cuidarme.

También sabían de mis constantes colapsos. Sabían que caía y enmudecía por ratos y me aceptaban así. Podía sentirlo sin que me dijeran una palabra. Eso era el alivio puro.

Justo estaba así —casi de rodillas sobre el piso frío y sin poder levantarme—, cuando me percaté de que estaba en una sala de hospital. Las personas pasaban y me dejaban ser, sabían que tras un rato podría volver a caminar y estaría mejor.

Vi pasar a mi abuela junto a mí. Me levanté como pude y fui hacia ella. Lucía mucho más joven, tal vez con 20 años menos que la última vez que la vi. Tenía los párpados maquillados de color morado e iba muy arreglada.

—Abuela…

—Es tu abuelo —respondió a mi pregunta implícita—. Lo van a operar.

Atravesó una puerta doble con una ventana circular en cada hoja, y yo, tras ella.

Y entonces vi a mi abuelo. Nunca lo conocí, nací años después de su muerte, pero, por el milagro del sueño, estaba allí. Sentado en una silla de ruedas, esperaba a que lo llevaran al quirófano para una operación sencilla de algo en su cuello. No corría peligro.

img_20160603_095123Yo no daba crédito. Lo miré y repasaba en mi mente el recuerdo de la casi única fotografía que he visto de él. Lo miraba y trataba de comparar ambas imágenes para saber si era él.

—¡Eres tú! ¡Eres tú!

—Sí, soy yo.

—¡Eres tú! ¡Eres tú! —Y yo le besaba el rostro una y otra vez. Hacía pausas para mirarlo y repetía el proceso de exclamaciones y besos. Nunca pensé estar tan emocionada por él.

—Sí, soy yo —dijo ya exasperado—. Soy yo, soy yo. Pon atención, tengo que decirte algo muy importante: son buenas noticias (…), el 20 de noviembre.

Desperté. Sonreí. Faltan dos días…

🙂