Dying


Mi pequeña hermanita estaba muy enferma.

Yo la sostenía mientras ella tosía sangre, casi echada en el suelo a un lado del sillón.

La estreché entre mis brazos. Abracé ese cuerpecito pequeño del tamaño de una niña de seis años, pero creo que tenía más, tal vez nueve. Sus ojos oscuros tenían una cualidad conocida, así como su cabello castaño corto hasta la barbilla.

Ella me quería, me sonreía dulcemente pese a su dolor, y yo la amaba como se ama a una hija. Yo estaba dispuesta a hacer todo por ella, a luchar contra todo por ella.

Sabía que estaba cansada de pelear, se veía en sus ojos que no tenía miedo a morir. Supe que ella sabía que estaba muriendo y que no había forma de cambiar eso.

Solté el abrazo y ella se recostó junto al sillón.

Miré a nuestro padre que nos observaba sentado del otro lado de la sala. Estaba enojado y comenzó a gritar, diciendo que ella tenía que continuar el tratamiento, que no podía ceder así de fácil.

Y sus gritos se volvieron cada vez más altos. Yo le dije: “No te tengo miedo”, a pesar de que una parte de mí temblaba. Pero era una parte  pequeña y controlada. Le dije: “No voy a hacer lo que tú digas sino lo que es mejor para ella”. Y él quedó impactado con mi respuesta.

Busqué a mi niña, pero en algún punto de la discusión había ido hacia el baño. Fui a buscarla.

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