Reloj de arena


Y mi mano sobre mi boca,
buscando la respiración
que colapsa.

Es esa urgencia,
ese tipo de urgencia
impuesta

cuando uno solo
necesita

pensar…

respirar…

temblar…

gritar…


pusiste el reloj de arena
sobre la mesa
y le diste vuelta,
pero es tu mano la que tiembla.

Es
cuando
giras el vaso
que aprisionaba
a las estrellas
y todas escapan
revoloteando
y golpeándonos
en la cara,
o al menos
esas fueron
tus amenazas.

Es el tiempo
que dices
que amaga
con detener la luz
que parpadea.

Es un:
«decídete»,
pero tú
voz tiembla.

Tu voz tiembla
y grita y revolotea
y llora
y parpadea.

Y mi respiración…
escapa y colapsa,
aprisiona y se apaga.

Anuncios

Catira


Catira,
pelito corto,
color dorado,
miel,
ojos lilas,
casi azulados.

Está bien,
haré un perdón multitudinario.
No tocaré a nadie
con la flecha de mi arco.

En especial no a él.

No mataré
a tu protector
ni a sus cuidados.

Veremos qué hacer…

Querida


Había mucha gente en la plaza cuando llegaron los asesinos. Nos agachamos en un corredor ancho, como ellos nos ordenaron mientras disparaban al aire. Eran un hombre y dos mujeres. Disparaban al azar contra la gente: una persona o la otra, poco les importaba. Y era la aleatoriedad del daño lo que lo hacía más insoportable y perverso.

Vi los rostros de mis padres, asustados. Cuando la pistola estuvo en su cara, él se persignó con descaro y blasfemia, y ese gesto lo salvó. La también extraña confianza de mi madre pareció decidir al asesino de desviar su arma.

Luego me vieron a mí. Yo sentía el terror como una fuerza aplastante. Tenía un deseo profundo de volverme invisible, de dejar de estar, para que no me hicieran daño. Estaba casi inmóvil, casi sin respirar, como un animalillo acorralado. Mis ojos estaban clavados en el piso. Una de ellas me dijo algo como: «Lo que haces está mal». No sé a qué se refería. Me atreví a alzar la mirada por miedo a que se enojara más si no lo hacía.

Era una chica muy joven, de tez blanca, mejillas redondas, gestos crueles y una expresión caprichosa, obstinada.

—Ven conmigo —dijo con una sonrisa malvada.

Me llevó a una habitación y me pidió que le inventara una canción. Quería que le cantara en voz alta. Ella tarareaba la letra y el tono que quería oír y yo lo imitaba, la seguía, le componía canciones que eran alabanzas que ella misma se creaba. Mi corazón estaba lleno de terror mientras lo hacía. Mi pensamiento único era que no quería que me matara.

—Eres más hermosa que cualquier otra…. —canté.

Ella rió complacida. Estábamos sentadas ante una mesa donde le sirvieron pastel. Mientras ella comía, yo robé un cuchillo de la mesa y lo escondí bajo mi falda. Necesitaba un arma por si ella me atacaba.

Evitaba hacer contacto con su mirada; quería que se olvidara de mí, de su necesidad de mi presencia. Yo era un juguete divertido que, en cuanto le cansara, sería degollado, aplastado, asesinado. Me traspasaba el pavor.

Después del pastel, ella se levantó a bailotear al son de mis canciones forzadas. Luego se detuvo de improviso y se me acercó.

—No te preocupes ya, querida. Ya ha terminado.  Anda, te regalo un libro. ¿Cuál quieres, el rosa o el morado? —me dijo, mostrándomelos.

Me distraje observándolos y por eso no noté que se abrió la puerta.

—Te juro que ya ha terminado. No te haremos daño.

El plural me extrañó y vi que la otra chica, de tez morena, había entrado al cuarto. No supe cuál sonrisa tenía más malicia. Aferré con más fuerza el cuchillo bajo mis ropas, pero no confiaba en que sirviera de mucho.

Kais


Pensé en escapar de ti y corrí hacia el agua.
El mar estaba atrapado entre muros de piedras
y yo me lancé hacia esa especie de alberca.

Creí que estaría más segura allí.
Después de todo, el agua era mía,
era más mi elemento que el tuyo, Kais.

¿Quién te envió a matarme? ¿Dai?
¿Quién puso en tu mano el arma?
Yo sabía que no solo escapaba de ti.

Huí de ti, mi asesino.
Me refugié en el agua.
Me adentré en las olas
con la esperanza
de confundirme entre la espuma
para que no me hallaras.

Traté de permanecer inmóvil,
sin respiración, sin habla.
Pero mi existencia daba señales involuntarias.
Mi vida latía y sonaba.
Ni siquiera el miedo podía callarla.

Escuchaste el ruido, Kais.
Preparaste la matanza,
el kaoi,
la puñalada,
mi condena a la ‘nada’.
(…)

La complicada huida (sueño)


Era el momento esperado después de décadas. Debía salir de ahí y yo quería su compañía. Los recuerdos de años eran grilletes en cada una de las habitaciones de esa prisión; en cada pasillo, balcón, ventana enrejada. Incluso estaban presentes en el patio de ‘recreo’ que daba al exterior.

Tirados en cama, en la celda, fingíamos dormir ante la vigilancia.

Había que escapar y yo sabía las claves. Eran frases, no demasiado largas para recordar pero un reto a mi memoria dañada. En voz baja le pedí a él que las memorizara también. Le dije que era la única forma por si en el momento del escape nos arrebataban todo, todas las notas, todas nuestras posesiones.

Puse en marcha el plan cuando todos en la prisión estaban despiertos. La gente caminaba por todos lados sin sospechar que se acercaba la alarma, el veneno escondido, el momentáneo caos.

Y así llegó. Eclipsé sus mentes con la sustancia disfrazada. Una mano tendida hacia mí en súplica, pero no. A partir de entonces nadie me recordó. Pude caminar ante sus ojos como una desconocida. Nadie trató de detenerme cuando usé las claves aprendidas para largarme.

Ahora todos me sonreían, ciegos. Oh, pero yo sabía. Yo recordaba todo, las décadas y las frases.

Y era un lugar nuevo la prisión. Un lugar de retiro junto al mar: barcos y veleros anclados en las orillas, gente paseante bajo el sol. Se acercaba el ocaso. Muchos querían volver a casa y yo no sabía hacía dónde era eso.

Así que me acerqué al muelle donde la gente feliz lucía algo angustiada. Querían la vía de salida más rápida. Y yo no. Yo miraba el mar con ojos nostálgicos de quien no quiere apartarse, y pensaba que nada me haría más feliz que sumergir mis pies en sus lenguas azul cobalto.

¿Está cerrado el mar? El encargado de los barcos dijo que no. Y cuando me miró a los ojos, supe que él sabía quién era yo. Pudo ver a través del olvido. Dejó a los otros marcharse en el submarino exprés, y me ofreció un paseo lento que me permitiría mirar a mi antojo las olas.

Acepté. Me bañé en mi camarote frente al amplio ventanal que mostraba el mar. Todo era agua a mi alrededor: la vista, el tacto, en mi boca, y el vapor. Nada más necesitaba mi corazón que mi propio elemento. El cabello largo y fastidioso se aplacaba en el rocío de la regadera caliente.

Oh, ¿y por qué no me he lanzado al mar?, pensé.

Llegando a puerto, seguí una voz conocida hacia afuera. Y me encontré una pistola apuntando a mi frente. Y no una, veinte armas hacia mí, en una extraña práctica policial en plena vía pública.

Pero había un hombre que me apuntaba fijo y me sonreía. Hazlo, pensé, mirando su rostro indescifrable. Me encogí esperando la bala cuando tiró del gatillo. Y vi llegar a mi rostro agua, de su pistola de agua. Agua, agua, agua. Y sonreí al entender su gesto. Y sentí la angustia en mí y no alivio. Nunca alivio. Solo agua, agua, agua.

Oración imperativa


Tú eres mi piedra,
la que quiero arrojar por el acantilado
a aquella playa en que batían las olas,
en que despedazaban.

Y yo soy tu piedra,
la que quieres arrojar por…

Y aquella playa nos gustó,
sí, a las dos.

Digo lárgate
pero no te irás.

Serás mi compañera
e idea
hasta que tú ganes
de alguna manera.

Pero mientras tanto callarás
y harás lo que yo diga.

Y no te lo pido desde el desgano.
Te lo ordeno desde la cima
del acantilado
con los ojos secos,
desde el dominio de ti, de mí,
de lo que haya pasado.

Solo así,
pequeña odiada piedra,
serás mi perra.

Mariposas


Prefiero pensar que son mariposas
las ideas que revolotean mi cabeza,
cuando estoy dormida y despierta.

—No saben salir de mí—

Pero sé que son polillas negras
de aquellas que anuncian muerte
como la que yo una vez fui.

—Buscan luz y no hay—

Se estrellan en las paredes,
chocan contra muros de la mente.
Me gritan sin fin.

—Sáquenlas de allí—

Y en el cuerpo no hay nada más.
Por dentro, dolor en cada fibra,
en carne viva.

—¿A dónde han de ir?—

Imagen: Crissanta

Imagen: Crissanta