Había ido a un mercado a comprar un amuleto a un amigo que era dueño del puesto. Tras buscar un rato, lo hallé: Una cadena de chaquiras azules.
Él tuvo que irse y me dejó sola con una anciana y un chico. Entonces, el cielo comenzó a cerrarse mientras se acercaba una gran tormenta.
Yo tuve miedo porque no sabía cómo regresar a casa. Nos subimos todos a un camión, y en él había un niño.
El niño no sabía que estaba muerto, al igual que yo y mis acompañantes. «La única razón por la que puede vernos es porque está muerto como nosotros», le dije a la anciana, bajando la voz para que el pequeño no me oyera.
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Yo estaba en casa y tocaron el timbre. Oí voces y bajé las escaleras.
En el estacionamiento, veía a algunas personas. Pero sólo sus espaldas porque no se dejaban ver el rostro por más que yo intentaba: el cabello de una mujer rubia y los hombros de su hijo adolescente, un hombre más lejos por allá.
Hablaban cerca de mí como si yo no estuviera, pasaban a mi lado sin notarme siquiera. Ahora comprendo que tal vez yo seguía muerta.
En las escaleras, vi a una niña rubia, tal vez de unos diez años. Parecía que estaba sola, asustada y perdida. Asomaba su carita entre los barrotes del barandal.
Ella sí parecía verme y escucharme, así que le dije: «Todo está bien. Dame la mano, no te haré nada». Y ella tomó mi mano por entre las barras de metal.

Me gusta este tipo de entradas con dos sueños de la misma jornada. Esta en particular tiene una conexión: «Ahora comprendo que tal vez yo seguía muerta.» como en el sueño anterior.
Fantásticos, simplemente fantásticos tus relatos.
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Sí, a mí también me gusta cuando logro hacer eso de continuar cosas en el sueño. No pasa siempre. Ay, gracias por tus palabras. 🙂
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Continuar los sueños. Una labor onírico/artística 🙂
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