Murmullos


Estaba arrodillada, pero no ante un crucifijo. No esta vez.

Su mirada ciega trataba en vano de adivinar su entorno.

Cerró los párpados de sus ojos inútiles y se concentró. Sintió. Los ecos que escuchaba le indicaron que estaba en medio de un gran salón circular. Sintió. Supo que estaba rodeada de una multitud, pequeñas luces que destacaban en medio de su oscurecida percepción.

—Comencemos —dijo una severa voz masculina.

Entonces entendió. Era su juicio. El juez, el tribunal, la multitud que serviría de jurado; todo estaba dispuesto.

Nadie le había dicho nada. En realidad, cuando la tragedia sucedió, no había entendido nada. Fue así, sencillo. Llevaba una vida tranquila y aislada, en el medio del bosque. Una tarde, un ruido de pisadas en la hojarasca la obligó a tomar la improvisada lanza —un cuchillo atado a una larga vara— que conservaba tras la puerta. Aún podía ver, pero a veces sus ojos fallaban. Y nunca distinguió del todo la figura expectante que la observaba entre los árboles. Ante la sensación de amenaza, simplemente atacó. Con el oído aguzado por la vista apagada, supo exactamente donde colocar la lanza. Creyó escuchar el chillido de un animal y ver su silueta que se perdía de vuelta en el bosque; y nada más.

Entró asustada y no se atrevió a salir después.

Al amanecer, llegaron los hombres. Ataron sus muñecas, la subieron a una carreta. Y ésa fue la última vez que pudo ver. El sol se levantaba en un amanecer despejado y puro. Y se asomaba entre los árboles. Sol, árbol, sol. Luz, oscuridad, luz. Una secuencia desesperante y repetitiva. Sol, oscuridad, sol. Luz, oscuridad, luz, oscuridad. Al final, oscuridad y nada más.

Fotografía: Crissanta

Fotografía: Crissanta

Ya en su celda, descubrió a tientas el crucifijo en la pared. Y en medio de lo que le pareció una noche eterna, se arrodilló y reflexionó.

Y así pensando, comprendió. Entendió que no hubo un tono animal en el lamento que escuchó, entendió que las pisadas sobre la hojarasca no iban descalzas, y entendió lo que tomó con su lanza: una vida humana.

Y ante el crucifijo, lloró. Y en la noche eterna, saldó sus cuentas y tuvo paz.

Pero los hombres eran una audiencia distinta.

Arrodillada en el piso del gran tribunal, las almas la miraban brillando desde las gradas. Entonces la misma voz imperiosa ordenó que hablara la acusada.

Y la acusada habló.

Y entonces comenzó aquello. Una cascada de palabras sin control brotó de sus labios a un ritmo febril. Frases sin sentido en un lenguaje desconocido, lamentos imposibles de entender, susurros nacidos del sufrimiento, murmullos; era un discurso incesante y dolido. Sus manos se alzaron hacia la gente en las gradas. Sus gestos y su voz trataban de explicar, pero no lograban articular una sola frase comprensible y racional. Sus palabras sólo rezumaban dolor. Era una secuencia desesperante y repetitiva. Sol, oscuridad, sol. Dolor, desesperación, dolor. «Perdón, ayuda, perdón».

Ella no podía callar. Sólo imaginaba los gestos de reprobación de la gente que la oía en el gran tribunal. Y su imaginación era acertada. Las miradas del jurado y el juez ya reflejaban la condena aun antes de que ella escuchara aquella voz grave decir: «Culpable»; aún antes de que escuchara su sentencia de muerte.

Pero incluso tras la condena, las palabras se negaron a detenerse en sus labios. En medio de su murmullo imparable, abrió los ojos. Y por un momento le pareció que volvía a ver. Miró frente a ella una luz que destacaba más que las otras y, tras el deslumbre, distinguió una silueta, y luego un cuerpo y una cara… y unos ojos.

Y los ojos de ese hombre la miraban con piedad. Los ojos de ese hombre la miraban con amor incondicional, como un perro puede ver a su dueño, como un dueño puede ver a su perro, como alguien que se arrodilla junto a otro para darle consuelo.

Entonces por fin calló. Y todo desapareció para ella, excepto él, esa alma que brillaba más. Todas las demás se apagaron en su percepción como lo habían hecho antes en su visión. Y así ella se apagó del mundo y del destino que la aguardaba. En el tribunal, lo calificaron como la crisis final de una loca. Pero igualmente decidieron ejecutar la sentencia de inmediato.

Pero en el momento final, ella permaneció atenta a él. Y entonces creyó escuchar sus palabras:

—Te había visto desde lejos. Yo sólo venía a amarte… Ven. Yo sólo vengo a amarte.

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