Ajena


No sucedió,
pero vas a recordarlo:
cuando dormiste
entre mantas
que olían a rosas
y a lavanda.

Y una Señora
contaba estrellas
en tu cabecera,
y te velaba.

Y tú, ajena,
a las cosas de la Tierra
que no comprenderás
y no debieras.

Serena.

Eterna.

«Rosa y lavanda», por Crissanta.

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Luz azul


SALTO AL REVERSO

Hasta el color más frío
sabe dar calor.

Las entrañas de la Tierra
escupen lava azul.
La combustión más plena,
el cobalto en fundición:
calor azul, azul.

Pero tú, farsa:
luz artificial,
calor congelado,
dolor primordial.
(Océano de reemplazo).
Luz azul, vital.

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La víspera de la Fiesta de San Juan (sueño)


Yo no sabía que cada año en la víspera de la Fiesta de San Juan sucede algo aterrador. Al menos sucedió el año pasado y probablemente sucederá este, según nos dijeron apenas un par de mujeres que paseaban con sus hijos por el muelle, en esa ciudad extraña. Las calles eran de losa blanca y sentía el mar cerca, pero no a la vista. Todos habían estado paseando, simulando un aire despreocupado, pero, en cuanto se nos reveló la proximidad del peligro, todo se vino abajo.

Nos dieron indicaciones precisas: corran a ponerse a cubierto, encuentren una casa, entren en ella y finjan su vida cotidiana, pero lo más importante es que no se muevan… ni siquiera un milímetro. Las bestias estarán sueltas por la ciudad esta noche y entrarán en cada casa; la examinarán a conciencia. Pero no pueden detectar el movimiento. Solamente la inmovilidad absoluta puede salvarte de la muerte ante ellas. (O eso dijeron).

Entramos a una casa él y yo; cualquier casa, la que sea. Todos hicieron lo mismo: usurpar identidades, hogares. Puse ante una mesa dos platos y robé pan para colocarlo sobre ellos, un par de cuchillos para fingir cortarlo, pero en realidad para defensa. Me quedé el más afilado: puño de madera, hoja grande y con sierra. Comí un trozo de pan ante la angustia de la espera. Lo urgí a que se sentará, pero él permanecía de pie, distraído, casi tranquilo. «Siempre ha sido tan ajeno a estos miedos que parecen solo míos».

Ruido afuera en las calles. Algunos gritos. Nos miramos y nos sentamos frente a los platos. Tomé el cuchillo. Y entonces me quedé quieta, en la inmovilidad más completa, la mirada fija y sin parpadeo, la respiración baja a casi cero, la temperatura descendiendo. Los músculos completamente paralizados por el miedo. No, no el miedo. El terror más absoluto. Los sentí mientras nos rodeaban y husmeaban en torno nuestro. Ni siquiera pude verlos.

Fue la alerta más intensa dentro de la desconexión más severa. No lucha, no huida. Solo parálisis ante la muerte inminente.

Y nunca hubo conclusión y nunca hubo alivio.

Desperté. Más bien no, nunca desperté sino que me hundí en otro sueño. En el noqueo de la inmovilidad silente. Y me quedé por siempre atrapada en ese momento.

Energy fields


Crawling from the edges
to the inside.

Qué incómodo is to reach
for los demás
cuando el único alivio
es uno mismo,
when the only relief
is to stay away
and protect
oneself
from the painful energy fields
that surround and harm
this effort to live
—el esfuerzo de vivir—.

Invasores / Orden (pesadillas)


Vinieron en medio de la noche e irrumpieron en mi casa, una mujer, un hombre y un chico. Aún no salgo del terror.

Entraron a mi hogar como si fuera el suyo, caminando por las habitaciones como si les pertenecieran.

Corrí por el teléfono para llamar al número de emergencias, pero me detuvieron. Cuando el chico me arrojó sobre la cama, mordí su mejilla antes de que pudiera tocarme hasta que le arranqué un pedazo de piel, pero a él no pareció importarle. Los otros lo reprendieron y me dejó en paz. Me explicaron que solo necesitaban un lugar para pasar la noche porque la policía los buscaba.

Nos fuimos ‘a dormir’; era de madrugada. Yo, en cama, no dormía, solo estaba preparada para el ataque. Tomé como arma cualquier cosa que pudiera defenderme, pero una parte de mí me decía que era mejor que los dejara en paz. Y entonces, de mañana, tomarían sus cosas y se irían.

Más tarde, miré las noticias en el celular. Allí estaba el rostro de ella en todas partes.

—¿Esta eres tú? —le pregunté, poniéndole el teléfono frente a la cara.

—Sí.

Y ellos eran el hijo y el esposo. Ella era una activista o algo por el estilo. Me compadecí un poco, en medio de mi enorme cautela. Miré sus pocas pertenencias.

—¿Tienen suficiente ropa?

—Apenas… ¿Tienes jabón?

—Sí.

—¿Pañales?

—¿Pañales? No.

Junté algunas cosas para darles. Y rogué dentro de mí: «¿No es verdad que se irán pronto, antes del amanecer?».


Yo había preparado todo con calma, según las instrucciones. Pasé horas armando mi pequeño equipaje, las únicas pertenencias que podría llevarme a ese viaje hacia ‘el lugar seguro’ al que las autoridades prometieron llevarnos. No es que tuviéramos alternativa alguna. Era un comando obligatorio: era la guerra (o el fin del mundo) y debíamos ingresar a un refugio.

Solo una pequeña maleta por persona, dijeron.

Así que guardé en ella todo aquello de valor: una antología, las revistas, libros, cuadernos, algunas cartas, impresiones de conversaciones, fotografías, archivos en el USB, anillos, aceite de menta, lavanda, pequeños, pequeños recuerdos gigantescos que lo son todo para mí. Y todo ordenado. El orden de mi vida por el que tanto he trabajado y luchado.

No recuerdo siquiera haber llevado alguna ropa.

Cuando los militares llegaron, el lugar ya estaba casi vacío. Varias personas los esperábamos con nuestras pequeñas maletas o portafolios en las manos.

Su actitud desde que llegaron: los amos del mundo, los dueños de la suerte de todos; y lo eran.

Tomaron mi maletín y lo sopesaron y lo midieron a ojo.

—Es demasiado.

Uno de ellos lo abrió y, sin piedad, regó el contenido por el suelo y lo pisó, procurando que todo quedara totalmente destruido.

Mi desolación no puedo ni expresarla.

—Vuelve a hacerlo.

Y yo pensé: «¿Cómo?, ¿cómo puedo reemplazar todas esas cosas valiosas que no existen más, y el orden en que las dispuse. Mis recuerdos, mis recuerdos, todos esos recuerdos que me esforzado en atar como hilos que tienden a destrenzar…».

Y a pesar de ello, comencé a planear la nueva maleta. Mi mente no me da tregua. La supervivencia no da tregua.

La suprema falta


Los ojos cerrados
que miran hacia arriba,
ciegos,
en un espasmo de dolor.

La boca abierta,
y en la garganta
palpita,
muda,
una llaga de dolor
que es lava,
materia del alma,
que punza y supura
la herida más alta:
la suprema falta.

Guardia del Sol III – Vínculo


Guardia del Sol
Expedición #24
∞290764∞

 

Resuelta aunque asustada, Sofía se adentró en la casa de ‘la flor amarilla‘. Con el corazón acelerado, examinó el interior de la casa para asegurarse de que la chica verdaderamente estaba sola. Su mirada se detuvo en un retrato de una mujer joven con un bebé en brazos.

—Esa es mi abuela, sosteniendo a mi mamá —dijo ella con una voz muy baja.

La mirada interrogante de Sofía alentó a la chica a continuar.

—Mamá murió hace no mucho… Yo… la enterré en el patio de atrás. —La chica temblaba.

Sofía se acercó y le tomó la mano, en un gesto instintivo de consuelo.

—¿Cómo te llamas?

—Aurora. ¿Y tú?

—Como te dije, soy la agente Mercury de la Guardia del Sol…

—¡No! No puedes llamarte así y… ¿qué es eso de la Guardia? Yo no entiendo. —Aurora comenzó a caminar en círculos por la vieja sala—. No entiendo.

Sofía miraba a su alrededor, nerviosa, temiendo que un exabrupto de la chica la pusiera en riesgo a ella, y a Kei y a Delta que esperaban afuera. Sentía las manos frías y la sangre palpitando en sus sienes. Se obligó a tomar una respiración profunda. «Después de todo, yo estoy a cargo aquí. Come on, Sofía».

—Ven. Te explicaré todo lo que necesites —dijo con su voz más dulce, mientras se sentaba en un sillón.

Aurora dejó de dar vueltas como un animal enjaulado y se sentó despacio junto a ella. No dijo nada, pero sus expresivos ojos color miel transmitían su expectativa por saber, por entender lo que pasaba fuera de las paredes en las que había vivido encerrada.

—Mi nombre real es Sofía. ‘Mercury’ es el seudónimo que se me dio al ingresar en la Guardia del Sol…. Sí, ya voy a eso —dijo, al leer la impaciencia en los ojos de la chica.

»La Guardia del Sol es un grupo de rebeldes que han huido de las aldeas controladas por el Régimen Único que se instauró cuando… —Sofía hizo una pausa al notar la incomprensión de su interlocutora—. ¿Sabes lo que fue la Tercera Guerra?

Aurora asintió con firmeza.

—Mamá me contó que fue el fin del mundo, me contó de las bombas y cómo las personas desaparecían al instante y cómo solo quedaba su sombra. Y cómo los niños también se morían. Cómo es que había países antes y después de la guerra ya no. —Su voz se iba alterando a medida que hablaba—. Cómo afuera todo era malo y caos, y que si ponías un pie fuera de la casa, aunque sea para ver las flores rojas cerca del portón, esos hombres malos iban a venir matarte y que no ibas a poder defenderte porque tienen armas y te matan… —Se deslizó al suelo, y quedó encogida casi en posición fetal, mientras trataba de seguir hablando.

Sofía se sentó en el piso y le rodeó la espalda con los brazos en un intento por calmarla, mientras se preguntaba alarmada qué hacer, qué hacer con ella.

—… y que mamá no podría defenderte, ni tampoco la abuela; que nadie podría defenderte si venían porque tenían armas y….

—Calma, calma, basta, shh, shh. Aurora, escúchame. Tranquila; respira —dijo Sofía tratando de prestar calma a su voz, una calma que ella misma no sentía del todo—.  Oye, pero ya pasó, eso ya pasó. La Tercera Guerra terminó hace mucho tiempo. Y yo trataba de contarte lo que pasó después de que se acabó la guerra. Después —enfatizó la última palabra.

Aurora se quedó un rato mirando al suelo, como tratando de entender lo que escuchaba. Sofía la dejó reponerse mientras observaba cómo su respiración se normalizaba. Tras unos minutos, el gesto de miedo y confusión de Aurora fue reemplazado por otro de interés.

—Ah, cuéntame eso de «después».

—Bueno, cuando ya no había países ni gobiernos, después de esas cosas feas de la guerra, un grupo decidió restaurar el orden en la humanidad. Era un grupo de exlíderes mundiales, expresidentes, antiguos directores de ONGs… No dudo que tuvieran buenas intenciones, pero…

Una mirada le bastó para ver de nuevo el desconcierto de Aurora.

—En fin —siguió, tratando de ajustar sus palabras—,  estas personas crearon el «Régimen Único», como su nombre lo indica, el único gobierno reconocido en todo el mundo. Y las personas fueron a vivir en las «aldeas» que ellos designaron. Mis abuelos llegaron a un búnker del exgobierno estadounidense que fue habilitado para hospedar a cientos de personas cuando… Pero te estoy aburriendo, Aurora.

—No, de veras no. Solo que no entiendo bien. Entonces, ¿tú vivías en esa «aldea»?

—Sí, pero después me fui de allí.

—¿Por qué? ¿Que no era bonito allí?

—Bueno, no del todo —continuó Sofía, incómoda—. Hay limitaciones y reglas que seguir, e injusticias. Reglas muy, muy estrictas…

—Ah.

—No, no es bonito todo lo que sucede allí —dijo Sofía, pensativa.

—Pero ¿qué sucede allí?

—Ya te contaré después —respondió Sofía, evasiva—. Entonces, me fui. Conocí a la Guardia del Sol, que es un grupo que no quiere formar parte del Régimen Único. Acogen a personas que han sufrido debido a las reglas de ese gobierno y les dan la oportunidad de ser libres de esa opresión. Y ahora estoy con ellos, buscando personas como tú que quizá necesiten nuestra ayuda.

—Su ayuda…

—Sí, yo lo que quiero es ayudarte. Eso queremos mis compañeros y yo.

—¿Los agentes?

—Sí, los agentes Bellum y Neptune.

—¿Y por qué se llaman así?

—Son nombres de antiguos dioses, que quizá no conozcas, dioses romanos.

—Sí, Roma. Mi abuela me hacía leer sobre los griegos y los romanos.

—¡Bien! La Guardia del Sol nos confiere nombres en código para guardar nuestra identidad. Usa nombres de dioses relacionados con nuestra personalidad. Belona o Bellum, en latín, era la diosa de la guerra y Neptuno o Neptune, en inglés, el dios de los mares. Él es el único de nosotros que conoce el mar… ¿sabes?

—¿Y cuál es tu nombre secreto? —Una sonrisa escapó de los labios de la chica.

—Mercury o Mercurio, el dios mensajero y negociador. Así me nombraron porque a veces sirvo de vínculo entre… entre, por ejemplo, entre personas que antes no se conocían, como tú y nosotros. Y a eso vine, a ser el vínculo.

Aurora sonreía como una niña, más calmada e incluso divertida.

—¿Y yo puedo tener un nombre secreto?

—Claro, pero primero tengo que saber más de ti. Ahora cuéntame tú.

Aurora bajó la vista y retomó su expresión seria y contenida.

«Esto no será fácil», pensó Sofía, pero luego sonrió.