Un ‘rave’, mi hija y la muerte del mago


En una gran explanada llena de gente, él y yo teníamos que llegar a algún lado. Vimos pasar a tres jóvenes muy particulares, vestidos con rastas y ropa extremadamente grande.  Bailaban al caminar. Él quiso seguirlos porque sabía que se dirigían a un rave de los mejores.

Pero yo recordé que estábamos ahí para asistir a la escuela. Las clases se impartían al aire libre, bajo carpas.

Había faltado tantas veces a la clase de estadística que ni siquiera recordaba si ya estaba reprobada. Dejé mi bolsa en un lugar vacío junto a mis compañeras y les dije que regresaría antes de que iniciara la clase. Por supuesto nunca lo hice.

Fui a buscarlo. Él se había reunido con un grupo de gente que bailaba afuera de un extremo de la gran plaza. Allí, detrás de una puerta, se llevaría a cabo el gran rave.

Lo vi entrar y lo seguí hacia adentro. Me sorprendió encontrarme dentro de una iglesia. Era enorme y subterránea, y su humedad de caverna enfriaba todas las cosas. Mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el interior. Sólo veía bancas de madera y veladoras encendidas. Escuchaba cánticos cargados de eco.

Un hombre que estaba de pie junto a mí me habló en susurros: “Tienes que caminar hacia el fondo y doblar a la izquierda para llegar. Una vez ahí…”. Lo interrumpí diciéndole que yo no iba a esa fiesta. Que yo sólo iba a buscar a alguien.

Me dejó pasar y caminé por un pasillo techado, hacia donde pensaba que él se había dirigido.

Al final del corredor, me encontré en un espacio abierto, limitado por árboles en sus orillas. Al centro había un lago, brillando tenuemente bajo la luz nublada de la tarde. Y al fondo del lago había una estatua vieja de bronce, enclavada entre la hierba y árboles que lo rodeaban.

lago estatua hija raveMe acerqué lentamente, caminando sobre una plataforma de madera que daba al centro del lago. Todo era mágico, encantado. Flotaba una sensación de soledad y una paz que era tan consoladora que me perturbaba. No podía ser real.

De repente, él apareció junto a mí. Me dijo que había querido enseñarme esto desde hace años.

Me contó que ésta era una fuente encantada. Según la leyenda del lugar, el príncipe y su doncella se amaban, pero por algún encantamiento quedaron separados. Él fue hechizado y convertido en estatua y destinado a permanecer allí durante toda la eternidad hasta que ella volviera a buscarlo.

Miré más atentamente la estatua. Representaba a un hombre fornido y guapo, vestido con mallas, jubón, y sobre los hombros, una capa. Su rostro había quedado petrificado en una mueca sutil de sufrimiento, y sus cabellos, inmóviles en el momento en que algunos le caían sobre la frente.

De pronto, sentí un movimiento en la orilla del lago junto a donde yo estaba. Me puse en cuclillas y me acerqué más y, en medio de las aguas estancadas y mohosas, vi surgir una figura desde el fondo: una mujer.

Retrocedí asustada. Vi su cuerpo mojado, sus cabellos empapados y su rostro desfigurado por la desesperación.

La estatua comenzó a moverse desde el fondo, como si alguien hubiera accionado algún interruptor, y avanzó hacia la mujer del agua.

Esto no era posible, me dije. Los vi encontrarse en el centro del lago y abrazarse. Luego no pude ver nada.

Caí sentada sobre la plataforma de madera y volteé una vez más hacia el agua. Ya no había estatua, ni príncipe ni doncella, pero vi salir a otra figura más del lago.

Ésta era más chica, y ágilmente subió al borde, caminó por la plataforma de madera y se abalanzó sobre mí.

Era una niña pequeña y me abrazaba. Me abrazaba con todas sus fuerzas. Me desprendí de ella un segundo, sin entender. Vi su cara sonriente, su piel blanca y tersa, y su cabello negro y corto que me recordaba al de él.

Entonces comprendí: Era mi hija. Me lo repetí una y otra vez en el éxtasis de la alegría y la confusión. Mi hija. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuando había sucedido esto? ¿Dónde había estado ella durante los cinco años que aparentaba tener?

Nadie contestó a mis preguntas y me di cuenta de que en realidad no me importaba saber las respuestas. Sólo estaba feliz de tener a mi hija entre mis brazos.

Él se agacho junto a mí y nos abrazó a las dos.

——-

Estaba en una ciudad grande y llena de gente: una mezcla entre Disneylandia y San Francisco. Todo era amarillo y lleno de sol.

Caminaba por las largas calles llenas de puestos y tiendas hacia el lugar donde nos reuníamos todos, donde vivíamos todos. Éramos todos amigos y éramos muchos, decenas quizás, repartidos en varias casas y vecindades cercanas. Éramos todos familia.

Llegué a una de nuestras casas. Dejé mi bolsa sobre la mesa del comedor y me senté a platicar con las chicas mientras veíamos hacia la calle a través de los enormes ventanales abiertos.

Todas las casas eran así, abiertas. Puertas abiertas, ventanas abiertas, apenas había paredes. El techo era la única ventaja de tenerlas.

Decían que había llegado un mago a la ciudad, un ilusionista. Que se iba a presentar en el muelle al atardecer.

De inmediato quise verlo, siempre me han fascinado los trucos y las ilusiones que dejan a mi mente absorta.

Me dirigí hacia allá y los demás dijeron que me alcanzarían luego. Caminé por el muelle, un espacio muy largo de agua, flanqueado por dos extremos de concreto a cada lado. Al fondo, había un enorme muro lleno de vegetación que era la frontera de la ciudad.

Caminé por el extremo derecho del muelle, esquivando a las personas que estaban sentadas en el suelo, en grupos, observando el acto.

Me paré lo más cerca que pude del muro que estaba al fondo.El mago estaba ahí, vestido de negro. Estaba haciendo un acto de escapismo. Lo vi sumergirse en un tanque lleno de agua. Lo vi tratar de salir de él, tirando de cadenas y nudos sin éxito. Las ramas y enredaderas del muro enmarcaban su desesperación.

Después de unos minutos de intentos infructuosos, los organizadores rápidamente nos pidieron que nos marcháramos, y bloquearon nuestra vista con mamparas. Yo crucé y regresé por el lado izquierdo del muelle, quería llegar a contarles todo a los demás.

Ya sobre la calle, me encontré con un amigo que era policía. Le pregunté qué había pasado con el mago, si él creía que sobreviviría. “Ya está muerto”, dijo. Y se fue a colaborar en el suceso que estremecía a aquel pueblo pequeño.

Yo seguí caminando hacia mis casas, o al menos eso pensé, porque de repente me di cuenta de que volaba. De la manera habitual. Estaba recostada paralelamente al pavimento, moviendo los brazos como remos para impulsarme. Simplemente flotando encima de la calle.

Avanzaba con dificultad, los obstáculos como árboles y jardineras me estrobaban. Además, sabía que no estaba tan concentrada como para poder dominar mi vuelo. Cada movimiento requería mi máxima concentración. Y en ocasiones, mi cara rozaba el suelo.

Por fin me reuní con ellos. Hablamos del mago, hablamos de la fiesta del día siguiente, la que reuniría a toda la familia. Y yo me marcharía al día siguiente, en avión.

Iría al aeropuerto a hacer un fila y a enrentarme contra las personas del resto del mundo que no comprendían a nuestra ciudad.

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