Asesinos abstractos


(Soñé que) querían matarme. Cuando entramos al estacionamiento, un coche se emparejó al nuestro y mi esposo me dijo: “Agáchate”.

Los del auto rojo comenzaron a disparar, y yo permanecí agachada contra la puerta, ocultando mi cabeza de la ventanilla. Él trataba de agacharse también, pero seguía manejando.

Luego se nos pusieron enfrente, y uno de ellos disparaba desde su ventana trasera. Vi que su arma apuntaba directamente hacia mí, y que parecían no interesarse por mi esposo, que era el blanco más fácil.

Y entonces supe que –de entre todas las veces que han querido matarme en sueños– ésta vez era personal.

Los perdimos en algún punto, y entramos corriendo a un edificio que yo conocía bien. Era propiedad de una amiga mía, alguien en quien podía confiar. Era una mezcla entre hotel, salas de estar, tiendas y gimnasios.

Yo sabía a donde debía llegar: Tuvimos que pasar varios salones hasta llegar a la sala de los chinos. Ellos me conocían, así que los guardias que vigilaban la puerta nos dejaron pasar sin hacer preguntas.

Yo sólo podía pensar en que los que me perseguían: Mis asesinos. Y otra vez me invadía el terror porque sabía que ésta vez iban contra mí. No por azar o por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Me seguían a mí, y casi me tenían.

Entramos a una habitación con una mesa, un par de sillas y triques almacenados. Respiré aliviada, aunque lo que en realidad deseaba era esconderme debajo de una cama, en un armario, bajo un hoyo en el piso, donde fuera.

Mi esposo se asomó a una segunda puerta que deba a nuestra habitación, desde donde se veía  el salón de un restaurante. Todas las amigas que yo deseaba ver estaban allí, así como algunos conocidos suyos.

Pese a mis protestas, él salió al salón. Y se sentó tranquilamente a conversar con sus amigos en medio de aquel banquete. Y entonces reafirmé mi idea de que a quién buscaban era a mí, de que estaban tentándome para hacerme salir.

Y entonces percibí a los entes que estaban vigilándome, que estaban esperando para hacerme daño.

Eran unas grandes columnas rectangulares y abstractas, las cuales –en el extraño mundo de los sueños– tenían una personalidad propia. Estaban hechas de humo gris claro, y la maldad emanaba de ellas.

Ellas sabían todo de mí.

Ellas no dejarían de verme nunca.

Y estaban listas para matarme.

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3 pensamientos en “Asesinos abstractos

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