Nena


(Soñé que) miraba hacia abajo desde un balcón sin rejas. Estaba acostada bocabajo sobre el piso, y mi cabeza colgaba hacia el abismo de un par de pisos. La gravedad hacia colgar mi cabello claro y largo frente a mis ojos. Lo peiné entre mis dedos, y por un momento eso me dio la señal de que estaba en medio de un sueño (en la vigilia, mi cabello  luce igual de corto que el de un chico). O tal vez esto era el futuro, pensé.

Mientras miraba hacia el balcón del piso de abajo y hacia el pasto que creía en la banqueta, sentía nostalgia. Pensaba en el hombre que debía visitarme esa tarde y cuyo retraso me hacía sumirme en la añoranza. Una añoranza que cargaba desde mi infancia, una larga añoranza de él, que yo sabía que no terminaría jamás, ni siquiera si eventualmente aparecía esa tarde en mi casa.

Abandoné la esperanza tras un rato y me puse de pie. Cuando volteé hacia la habitación que tenía a mis espaldas, vi dos figuras descansando en la cama: Mi madre y mi hija (…)

No estuve segura cuando la vi, no podía asimilar que fuera hija mía. Mi madre la estaba vigilando, pero era mía.

Nena.

Me senté entre las dos en la cama y la miré detenidamente: Una pequeña vestida de blanco, de menos de dos años de edad, cabello rubio que se rizaba en las puntas, tez blanca y fresca, y unos ojos extraordinariamente parecidos a los míos pero increíblemente distintos.

Esta niña se parece mucho a mí, pensé, aún confundida.

—No va a vedir mi amiguito —dijo ella en su voz infantil y apenas comprensible.

Se refería al hijo del hombre que yo esperaba. Y supe que ella y yo compartíamos la extraña  añoranza.

Sostuve su cuerpecito sentado sobre  la cama y entonces ella me echó los brazos al cuello.

—¡Mamá!  —me dijo. Yo simplemente no podía creerlo. La alcé de la cama y la cargué contra mi cadera, como solía hacer hace años con otros niños.  La llevé hacia la pared, donde las fotos colgadas en marcos mostraban figuras familiares.

—¿Dónde está mamá? —le pregunté, y al aplicar ese nombre a mí misma me sentí extrañada y hermosamente conmovida.

—Aquí —dijo ella, señalando una foto en donde aparecía yo sola, con mi vestido de novia y el cabello largo, suelto y salvaje.

—Y aquí, ¿dónde está mamá? —volví a preguntar. Y ella se quedó un segundo confundida porque yo no aparecía en esa foto.

Era una imagen de los invitados a la fiesta, y en una mesa lejana al centro, aparecía mi madre. Y yo me había confundido a mí misma con ella. Toqué el cuadro, que era un marco digital y comencé a editar la foto sin querer, moviendo las figuras de aquí para allá, y estropeándola toda.

Y mi nena reía de mi torpeza y trataba de corregirme.

Y mi nena reía y me abrazaba.

Y yo sentí la capacidad verdadera de amar así, (aunque despierta no la crea), de enamorarme así (oh, piedra…) y entonces pensé que ciertamente debía ser el futuro (ahora sólo hay una sensación de cursilería y una incomodidad suprema).

Y desperté lentamente, poniéndome recordatorios sobre toda el alma: “No olvidar, no olvidar”.

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