El ojo del universo


El cuerpo no responde,
el alma
se concentra en el dolor.

El azul marino
—¿o el negro?—
la devora,
y pides perdón.

No hace falta.
Yo comprendo y no:

las opciones se reducen
al extrañe o el destroce,
la implosión o la explosión;
la sinrazón.

Y me miras fijo:
«Yo sé tus pensamientos».
Sí y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

El ojo del universo
observa desde lejos
nuestra obsesión.

Y cantamos los recuerdos
en los giros de los bailes
alegres y tristes,
sin redención.

Hablamos de nuestros hijos
que no están presentes.
«Yo sé tus pensamientos»,
dices.
Y no.

Ellos no, pero yo los veo todo el tiempo.

Y el ojo del universo
arroja su mirada
ubicua y silente,
y no sabremos nunca
si tenemos su perdón.

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Sueño, hazme dueña (poesía)


Sueño, ven por mí.
Piérdeme.
Llévame a ella, la tierra,
donde el que me ame me desaparezca
en las mantas de una cama estrecha,
en el calor de un deseo esquivo.

Sueño, alcánzame
en la cansada carrera
que pierdo, de siempre,
al terminar el día.

Vigilia, suéltame.

Acostumbrada a no sentir caricias,
ni siquiera roces y menos palabras,
ahora que se acerca una luz en llama,
me enciende, me incendia,
me extraña y me despedaza.

Sueño, derrótame.
Condúceme a su almohada
para rendir mi cuerpo
a la otra soledad que acompaña
mi desvelo a las mismas horas,
mi despertar apenas al alba.

Vigilia, márchate.

Sueño, llévame a ella, la tierra.
Sueño, tómame,
y de él hazme dueña.

sueño dormir mujer

Foto: Photl.com

Allá te quiero (poesía)


Allá te quiero, te lo prometo:
más allá de las cosas y los objetos,
donde sea una playa, donde no haya nada,
después de la gente, cuando te hayas ido,
luego del presente, aunque hayas huido,
después de la vida
y aún cuando la muerte
nos haya redimido.
Allá te quiero, te lo prometo.
Allá te quiero, te lo prometo. Sigue leyendo

Nena


(Soñé que) miraba hacia abajo desde un balcón sin rejas. Estaba acostada bocabajo sobre el piso, y mi cabeza colgaba hacia el abismo de un par de pisos. La gravedad hacia colgar mi cabello claro y largo frente a mis ojos. Lo peiné entre mis dedos, y por un momento eso me dio la señal de que estaba en medio de un sueño (en la vigilia, mi cabello  luce igual de corto que el de un chico). O tal vez esto era el futuro, pensé.

Mientras miraba hacia el balcón del piso de abajo y hacia el pasto que creía en la banqueta, sentía nostalgia. Pensaba en el hombre que debía visitarme esa tarde y cuyo retraso me hacía sumirme en la añoranza. Una añoranza que cargaba desde mi infancia, una larga añoranza de él, que yo sabía que no terminaría jamás, ni siquiera si eventualmente aparecía esa tarde en mi casa.

Abandoné la esperanza tras un rato y me puse de pie. Cuando volteé hacia la habitación que tenía a mis espaldas, vi dos figuras descansando en la cama: Mi madre y mi hija (…)

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