Viaje (relato y sueño)


Revisando viejos papeles, encontré esta mezcla entre relato y sueño, escrito hace 10 años para una página de cuentos ya desaparecida llamada PH Cuentos (saludos, ‏Prudencio Hernández). Creo que aún aplica para un diario de sueños como éste.

Viaje

Sí, es cierto que rezaba sin respuesta cada noche y también es cierto que dormía arrinconada en la orilla de la cama, esperando en vano a que él llegara. Así es que esa mañana no esperaba encontrar nada distinto, sólo lo de siempre: un silencio divino y el vacío en mi cama.
Pero no. Abrí los ojos y allí estaba él, acostado junto a mí. Por fin volvía a verlo, con su cabello oscuro desordenado sobre la almohada y sus pestañas negras ocultando la entrada a su mirada. Por fin volvía a tenerlo al alcance de mi mano. Le acaricié el rostro sinnatreverme a besarlo. Intenté despertarlo, pero estaba en un estado intermedio entre el sueño y la muerte. No se movió, no pasó nada, no pude hacerlo despertar de su desmayo. Creo que no respiraba.

rosa roja espinas

Me asusté y me pregunté qué le habría pasado, pero interrumpí esas reflexiones cuando al incorporarme en la cama, me di cuenta de que todo estaba cambiado: los vidrios de mi cuarto se habían convertido en enormes ventanales que me dejaban ver el cielo afuera, ese cielo rojo oscuro color sangre, atravesado por las típicas nubes blancas.

Cuando intenté levantarme noté sobre mí un vestido blanco que jamás había visto, era de manta, largo y limpio. Bajé de la cama y entonces vi que, por suerte, todo esta preparado para mi partida, más bien para mí huida. En aquella esquina estaba el equipaje en una sola mochila y al lado, en el suelo, unas sandalias que después de calzármelas, desdeñé por incómodas y lindas.

Me colgué la mochila a la espalda y antes de marcharme me volví a mirarle: inmóvil y en silencio. Volví a preguntarme qué le habría sucedido: ¿Habría sido yo quien lo hirió en la noche que acababa de pasar? Quizás en uno de mis delirios sonámbulos lo maté sin saberlo, sin tan siquiera notarlo. Y si era así ¿qué pasaría si yo había sido la culpable? En todo caso era mejor escapar. Y así lo hice, descalza.

Cerré tras de mí la puerta de mi casa. Y ya en la calle, qué extraño calor lo envolvía todo bajo el cielo rojo, era un aire de asfixia, húmedo y pesado. Yo sólo sabía que debía alejarme de ese lugar y de ese momento.

El sol iluminaba inclinadamente colándose entre los árboles y edificios, mi sombra se extendía amenazante sobre el piso; la mía nada más, que junto a mí no había nadie, al menos no alguien que pudiera ser visible.

Avancé por un camino recto y anchísimo, por el que nadie transitaba. Quizás era mi locura o quizás verdaderamente el tiempo avanzaba muy rápido, porque a la luz de un atardecer prematuro comencé a ver sobre el suelo las hileras de veladoras con sus llamas encendidas, en la ciudad que velaba a sus muertos en las calles.

Seguí caminando.

Al final del sendero de fuego estaba ella, la niña sola que estaba de pie en medio de la calle. Era pequeña y brillante, sus cabellos claros parecían envolver su cabeza en una aureola, era linda y era un ser consciente aunque no lo pareciera. No dijo nada, porque después de todo ¿qué podía decirme? Y sólo tendió sus manitas hacia mí.

Antes de obedecer al impulso de alzarla del suelo, me detuve. Miré a mi alrededor en busca de una madre distraída, de una hermana mayor, de lo que fuera, pero no encontré ni una sola persona que pudiera reclamar el derecho de llevarse a esa niña. Así que lo hice yo, no sin sentirme algo culpable y por supuesto no sin antes torturarme mentalmente: «¿De quién será esta niña? Y si ya me están buscando por haberle hecho daño a un hombre, o por lo menos, por haberlo dejado moribundo en mi cama, ¿ahora me acusarán también de raptar a una niña?» Pero no podía dejarla, además ella me pedía ayuda con un gesto tan dulce que no pude resistirme a tomarla en mis brazos y a llevarla conmigo.

Ella me miró y no dijo nada, y yo también me quedé callada, porque después de todo, ¿qué podía yo decirle? No supe su nombre, pero tampoco la llamé de ninguna manera porque yo no tenía derecho a nombrar a una criatura abandonada, una criatura que, pensándolo mejor, en vez de abandonada parecía más bien una enviada, salida de la tierra para que yo la encontrara.

niña descalza tierra

Eché a andar de nuevo, ya con ella en brazos. Recorrimos la ciudad por el camino que la rodea, sin un destino a dónde llegar, sólo escapando. En algún punto del trayecto, no supe cuándo, empecé a notar a los autos que pasaban silbando veloces junto a nosotras, corriendo sobre el negro del asfalto, rebasándonos implacables.

Miré hacia atrás al sentir el peso de un algo que me observaba: no era nadie, era un auto blanco que parecía ir contándome los pasos. Esta vez no era mi locura, era cierto que ese auto nos seguía a mí y a mi niña (que ahora era mía, ya que de nadie más lo era) y parecía escoltarnos a una muerte segura.

El temor y la adrenalina de la persecución me hicieron dar vuelta en una callejuela, corrí con mi niña y dejé caer la mochila, que no servía de nada y sólo estorbaba. Vi a lo lejos una mancha oscura sobre el pavimento, avancé unos pasos y distinguí que era una alfombra de rosas rojas esparcidas por el suelo. No había tiempo, además de salvarme a mí, debía salvarla a ella. Aún así, me arrodillé e intenté apartar las flores de mi paso, pero eran demasiadas. Al inclinarme, mi niña tomó una de ellas con sus pequeñas manos, se la arrebaté enseguida por miedo a que se lastimara con las espinas, pero apreté con tal fuerza el tallo de la rosa, que la herida resultó ser mía, en mi mano. Solté la flor y cayó al suelo, pero ya la sangre había empezado a correr y a deslizarse por mi brazo.

No había tiempo y yo oía el rugido del motor a mis espaldas, presionando mi huida cuanto más se acercaba. Tenía que apresurarme si no quería ser alcanzada. Sin pensarlo más olvidé mis heridas, y eché a correr con mis pies descalzos sobre las rosas sádicas. El corazón me latía violento en el pecho y se me acababa el aliento mientras mis pies se clavaban de las rosas cada espina y se destrozaban. Me arrepentí por un momento de no haber traído las sandalias.

Miré sobre mi hombro y vi que ya no era un auto lo que nos seguía, era, o al menos eso pensé que era, un hombre que distinguí por la silueta, un hombre de pasos sonoros, pesados e inmisericordes, corriendo tras de mí, tras de nosotras.

Cuando mis pies ensangrentados se negaban a dar un paso más, vi al fondo de la callejuela una salida de luz, luz tenue, pero luz al fin. Al traspasar aquel umbral intangible, terminó bajo mis pies el martirio de las malditas rosas, no hubo ya tampoco sonido de pasos que me siguieran y sólo quedó un silencio extraño. Seguí unos cuantos metros más allá, dejando mis huellas de sangre sobre la tierra suelta que ahora pisaba. Me paré y puse en el suelo a mi niña y respiré hondo para recuperar el aliento. Nos habíamos salvado ella y yo, es decir, yo había logrado salvarnos a ella y a mí. Mi vestido estaba manchado de sangre al igual que el suyo, mi cabello estaba todo despeinado, mi cuerpo húmedo de sudor y mi alma demasiado atormentada.

Repuesta un poco de la cansada carrera, abracé a mi niña y ella brillaba, ella era como una luna de noche, creo que ella era mi guía. Por eso al mirarla, decidí volver a casa, ya no quedaba más por hacer. Debía regresar, y aunque ello significara para mí una condena, al menos ella podría estar a salvo de las sombras que nos perseguían.

Alcé mis ojos. En el anochecer, el cielo se oscurecía en tonos púrpura, el cielo parecía dormirse en su furia.

Caminé con ella de la mano a través de las calles vacías, a través de aquel puente que dividía a la ciudad por la mitad. Pensaba en él, en el hombre que abandoné en la cama; en que quería volver a él para amarle si aún estaba con vida o para revivirlo si no lo estaba; o quizás tan sólo para llorarle. Con estas ideas, mis pasos heridos me llevaron de regreso a casa.

Antes de abrir la puerta tomé un respiro, tratando de dominar el escalofrío y la angustia: Pensaba en que detrás de esa puerta encontraría a los demonios que me habían perseguido en mi huida; pensaba en los cuchillos que caerían sobre mí al entrar apenas; pensaba en el castigo que recibiría por dejar a aquel hombre moribundo en mi cama; pensaba en mis asesinos, en esos verdugos que acechando en la oscuridad de mi cuarto, esperaban mi vuelta. Pero estos miedos se atenuaron al contacto de la mano de la luna que junto a mí brillaba, porque me acordé del deber que tenía yo de cuidarla y de dejarla dormir en calma bajo un par de mis sábanas.

Miré por última vez a mi niña: ella no lloraba, ella no hablaba, sólo sabía mirar y brillar. Pero antes de abrir la puerta, el último pensamiento que cruzó mi mente fue él y la última sensación fue la necesidad de abrazar su alma adorada.

Abrí la puerta. Y volví del viaje.

Juntó a mí en mi habitación no había nada, ni lunas, ni almas, ni cuerpos tendidos en la cama. Y no me sorprendió tanto porque, como cada mañana, en aquella no esperaba encontrar nada nuevo y sólo hallé lo de siempre: El silencio de Dios a mis plegarias, y la ausencia de un hombre en mi cama.

¿Y tú?

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