Invasores / Orden (pesadillas)


Vinieron en medio de la noche e irrumpieron en mi casa, una mujer, un hombre y un chico. Aún no salgo del terror.

Entraron a mi hogar como si fuera el suyo, caminando por las habitaciones como si les pertenecieran.

Corrí por el teléfono para llamar al número de emergencias, pero me detuvieron. Cuando el chico me arrojó sobre la cama, mordí su mejilla antes de que pudiera tocarme hasta que le arranqué un pedazo de piel, pero a él no pareció importarle. Los otros lo reprendieron y me dejó en paz. Me explicaron que solo necesitaban un lugar para pasar la noche porque la policía los buscaba.

Nos fuimos ‘a dormir’; era de madrugada. Yo, en cama, no dormía, solo estaba preparada para el ataque. Tomé como arma cualquier cosa que pudiera defenderme, pero una parte de mí me decía que era mejor que los dejara en paz. Y entonces, de mañana, tomarían sus cosas y se irían.

Más tarde, miré las noticias en el celular. Allí estaba el rostro de ella en todas partes.

—¿Esta eres tú? —le pregunté, poniéndole el teléfono frente a la cara.

—Sí.

Y ellos eran el hijo y el esposo. Ella era una activista o algo por el estilo. Me compadecí un poco, en medio de mi enorme cautela. Miré sus pocas pertenencias.

—¿Tienen suficiente ropa?

—Apenas… ¿Tienes jabón?

—Sí.

—¿Pañales?

—¿Pañales? No.

Junté algunas cosas para darles. Y rogué dentro de mí: «¿No es verdad que se irán pronto, antes del amanecer?».


Yo había preparado todo con calma, según las instrucciones. Pasé horas armando mi pequeño equipaje, las únicas pertenencias que podría llevarme a ese viaje hacia ‘el lugar seguro’ al que las autoridades prometieron llevarnos. No es que tuviéramos alternativa alguna. Era un comando obligatorio: era la guerra (o el fin del mundo) y debíamos ingresar a un refugio.

Solo una pequeña maleta por persona, dijeron.

Así que guardé en ella todo aquello de valor: una antología, las revistas, libros, cuadernos, algunas cartas, impresiones de conversaciones, fotografías, archivos en el USB, anillos, aceite de menta, lavanda, pequeños, pequeños recuerdos gigantescos que lo son todo para mí. Y todo ordenado. El orden de mi vida por el que tanto he trabajado y luchado.

No recuerdo siquiera haber llevado alguna ropa.

Cuando los militares llegaron, el lugar ya estaba casi vacío. Varias personas los esperábamos con nuestras pequeñas maletas o portafolios en las manos.

Su actitud desde que llegaron: los amos del mundo, los dueños de la suerte de todos; y lo eran.

Tomaron mi maletín y lo sopesaron y lo midieron a ojo.

—Es demasiado.

Uno de ellos lo abrió y, sin piedad, regó el contenido por el suelo y lo pisó, procurando que todo quedara totalmente destruido.

Mi desolación no puedo ni expresarla.

—Vuelve a hacerlo.

Y yo pensé: «¿Cómo?, ¿cómo puedo reemplazar todas esas cosas valiosas que no existen más, y el orden en que las dispuse. Mis recuerdos, mis recuerdos, todos esos recuerdos que me esforzado en atar como hilos que tienden a destrenzar…».

Y a pesar de ello, comencé a planear la nueva maleta. Mi mente no me da tregua. La supervivencia no da tregua.

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