Tres muertes y (de nuevo) el Apocalipsis


Parte I

En un refugio, la gente se apilaba en camas y literas a los lados de una larguísima habitación.

Nosotros dos luchábamos por un poco de agua. Una mujer amable nos sirvió de una jarra el liquido naranja con hielos, en pequeños vasos. Les llevábamos a los otros, nuestras respectivas parejas.

Yo sólo quería dormir, pero me hicieron subir a un coche. Yo iba en el asiento de atrás con la otra chica.

Al salir del refugio, tomamos una calle principal.

Del lado izquierdo, vimos una iglesia enorme, incendiándose. Tenía varios edificios, en unos de ellos la piedra gris se enrojecía por el fuego; en otros, las llamas trepaban por las paredes. Rodeada de humo, se veía sin colores. De hecho, toda la ciudad carecía de color, todo estaba en una gama de negros, grises y azules.

Las nubes de las formas mas extrañas surcaban el cielo, presagiando algo malo. Alcancé a verlas al pasar por una glorieta, desde donde se alcanzaba a ver el horizonte.

Un ser volador apareció en el cielo, tenia forma de dragón y era enorme. Al caer y posarse con fuerza en el suelo, se convirtió en una especie de robot. Caían varios de ellos.

Supliqué al conductor que fuera más rápido, pero las máquinas seguían cayendo. Se creó un caos entre el sonido de sirenas de las policías y ambulancias, los seres metálicos que aterrizaban y rodaban por las calles, las personas corriendo y los agentes intentando alcanzar en sus motocicletas a las máquinas.

Sentí que ese era el fin del mundo, podía prever como todo se encaminaba al desastre a mi alrededor y quería ver más, quería verlo todo, quería ver el final.  Pero sonó la maldita alarma y, de nuevo, me desperté con el sabor a sangre en mi boca.

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Casa embrujada


Estábamos en peligro, en una casa dominada por una fuerza que nos trataba de controlar: un espíritu, un fantasma.

Comúnmente se diría que la casa estaba embrujada. Pero es difícil traducir en palabras lo que sentí allí.

A través de las ventanas veíamos lo que sucedía abajo, afuera, fingiendo alegría, pero en el fondo asustados.

Algunos pidieron salir, subieron a un auto pero no me permitieron ir con ellos. Así que me quedé en ese laberinto de habitaciones.

Me percaté de que mi prima no estaba y comencé a buscarla desesperadamente porque temía quedarme sola. La encontré dormida en una cama, debajo de un montón de sábanas y cobijas. La desperté gritando y la llevé conmigo a buscar al espíritu.

Entramos a una habitación y nos llamó la atención una puerta. Al abrirla en silencio descubrimos que era un baño. En la regadera, medio oculto por una cortina de baño, había alguien, de quien sólo se alcanzaban a ver los pies descalzos.

Salimos despavoridas, pero sabíamos que nos había visto y que ahora controlaba nuestra mente: nos mostraba ilusiones como nuestros reflejos en una habitación en la que no había espejos.

La única forma de vencerlo era a través de engaños, mostrándole mentiras, … y con las esferas verdes también.

Autodeterminación


En un pasillo con un infinidad de puertas, unas daban a salones tan grandes como un auditorio y a otras a cuartos como de hotel.

Un sentimiento de enojo me hizo escapar de mi habitación para demostrar que yo podía ir a lugares en los que no solía estar.

Camine por el corredor vacío alumbrado por la luz del sol. Sólo yo y mi coraje, y mi deseo de liberación. Decidir el rumbo de mis pasos otra vez.

Entonces oí una voz infantil. Al acercarme, descubrí que hablaba de espíritus de muertos. Entré con cuidado y miedosa al salón de clases desierto. Convencí al niño de salir, y luego de irse conmigo. Él necesitaba ayuda inmediata debido a su abandono y desnutrición. Lo entregué a los doctores mientras se retorcía en nuestros brazos.

Regresé a uno de mis sitios, un salón de clases o lugar de trabajo donde solía aportar algo. Pero hoy no, me dije. No quería saber nada de ellos ni de sus discusiones, me regocijaba en el pensamiento de dejarlos sin mí. Todo seguiría sin mí, de cualquier modo, pero quería que sintieran mi ausencia.

Salí al pasillo esta vez oscuro y entré en la primera puerta que llamó mi atención. Tuve que descolgarme, sosteniéndome de los brazos para apoyar mis pies en lo que resultó ser una banca de madera.

Era una iglesia enorme y vieja. La oscuridad iluminada por velas contrastaba con la idea de la luz que se adivinaba afuera.

En una banca encontré a dos niñas, dos chicas de mi edad con las que entablé una conversación. Fue como si estableciéramos un lazo, un pacto. Les di mis datos y les prometí que regresaría para hacer realidad ese proyecto que me liberaría de donde estaba, de todo lo mío.