Flor amarilla


«Flor amarilla», mi primer #poema para Salto al reverso en mucho tiempo.

SALTO AL REVERSO

«Yellow flower in the dark», por Larm Rmah (CC0).

Yo nací solitaria,
nací del mar,
como una planta que crece
desde la sal.

Una flor amarilla
en medio del mar.

Soy el océano encerrado
en una habitación.
Yo aprendí del oleaje
azotador.

Soy olas que golpean
contra las ventanas.
Soy vida que combate
la puerta cerrada.

Yo nací solitaria,
nací del mar:
una flor asustada
en medio de la nada.

Raíces marchitas
a causa de la sal.
Una flor amarilla
en medio del mar.

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Guardia del Sol I (La flor amarilla)


Guardia del Sol
Expedición #20
∞240764∞

Esa casa abandonada siempre la atraía como un imán. Sofía solía desviar sus pasos —y los del par de personas que le acompañaban en la ronda de patrullaje— para acercarse más a ese solitario edificio de dos plantas. Destacaba entre la masa de hierba que había cubierto las viejas calles del pueblo; seguía en pie después de décadas de abandono humano.

Se acercó, vacilante, para observar las paredes cuya pintura verde caía a pedazos. Se asomó entre las rejas para ver la maleza que solía ser un césped. Y admiró de nuevo las flores que crecían fuertes contra todo, incluso a pesar de aquella supuesta lluvia radioactiva que bañó la zona en el dos mil veintitantos.

Sus compañeros, Kei y Delta, intercambiaron miradas de impaciencia.

—Agente Mercury, debemos salir de la zona en cinco minutos o corremos el riesgo de ser vistos —dijo Kei en el tono de comando adecuado a su rango de líder de expediciones.

—Espera un segundo, Kei —dijo Sofía de manera familiar y poco apropiada hacia su superior. Ciertamente aún no se acostumbraba al trato militar de la Guardia del Sol, a la que ahora pertenecía.

—El agente Neptune ha dicho que… —empezó Delta.

—Hay alguien allí dentro —interrumpió Sofía. Sus ojos verdes trataban de atravesar las paredes.

Kei y Delta se acercaron y vieron pasar una figura detrás de la ventana del primer piso.

—¡Alguien vive allí! ¿No es eso lo que estamos buscando: más reclutas? —dijo Sofía, triunfante.

Kei le ordenó silencio con un gesto. El equipo realizó la maniobra en segundos. ‘Neptune’ y ‘Bellum’ desenfundaron sus armas y rodearon el edificio. Mientras tanto, ‘Mercury’ permaneció frente a la casa, como dictaba el protocolo, por haber sido la primera en avistar. Con un solo movimiento, sacó su cuchillo. Luego se puso en cuclillas y permaneció quieta, sin separar los ojos de la casa.

Por su cabeza pasaba un solo pensamiento: «¿Una persona, viva, aquí afuera, después de tantas décadas de posguerra?».

Trataba de divisar tras la ventana a la figura que había visto pasar. Y, tras unos instantes, la vio. Primero descubrió sus ojos atemorizados que miraban a través del vidrio empolvado. Estaba también inmóvil, como un animal acorralado. Distinguió una melena larga y castaña con un peinado elaborado en las sienes, y las facciones jóvenes de un chica de menos de 15 años. Tenía puesto un vestido amarillo pálido.

Sofía quedó arrobada; era una visión casi ensoñadora. Ella, casi una niña, tras un vidrio, bella y temerosa, sola en una casa abandonada, en un mundo devastado, entre la hierba y el caos, pero rodeada de flores llenas de vida, en medio de la naturaleza desafiante.

La escena y las ropas de la chica le hicieron recordar un poema que había leído cientos de veces en el cuaderno de su madre:

«Yo nací solitaria,
nací del mar,
como una planta que crece
desde la sal.

«Una flor amarilla
en medio del mar…»

—La flor amarilla —susurró para sí.

Entonces los ojos de la chica se cruzaron con los de ella. Vio en ellos su misma mirada en el día en que conoció a Kei: el descubrimiento de lo desconocido, de la vida más allá de su encierro. Comprendió que esta niña también estaba encerrada, solo que en un encierro distinto al que ella había vivido.

Ambas miradas estaban enganchadas. Sin emitir un sonido, Sofía dejó caer el cuchillo y alzó sus manos para mostrarle que no quería hacerle daño. La chica detrás de la ventana seguía inmóvil. Sofía rebuscó en el desgastado chaleco militar que vestía, sacó un pan envuelto en una tela, y lo tendió hacia ella. Sacó de otro de los bolsillos de la prenda su botella metálica y le hizo un gesto de ofrecimiento.

Tras un momento de duda, y después de mirar cuidadosamente alrededor, la chica abrió la ventana, tentada seguramente por el hambre y la sed. Sofía comenzaba a sonreír dentro de sí cuando sintió a Kei y a Delta colocándose a ambos lados, tras ser alertados por el sonido. La chica cerró de inmediato la ventana y desapareció en el interior de la casa.

Sofía maldijo por lo bajo y los miró con gesto de reproche.

—Ya la estaba convenciendo —susurró.

—¿Quién es? —preguntó Kei.

—La flor amarilla —murmuró Sofía pensativa.

—¿Qué? ¿La flor qué? ¿Está sola? —El tono de Delta era de frustración.

—Eso parece.

—Parece…

Kei reprochó a Delta con la mirada e hizo un gesto de asentimiento a Sofía. Entonces ella alzó la botella y el pan, mostrándolos hacia la ventana.

—Soy la agente Mercury. Somos miembros de la Guardia del Sol —dijo en voz alta mientras ‘Neptune’ y ‘Bellum’, alertas, vigilaban los contornos con sus armas en mano—. No queremos hacerte daño, solo llevarte a un lugar seguro. Voy a dejar aquí pan y agua, puedes tomarlos. Volveremos luego. ¿Entendido?

No hubo respuesta.

—Tenemos que irnos ya —urgió ‘Neptune’.

El grupo emprendió a paso rápido su vuelta al cuartel, pensando en la oportunidad perdida, pero también en la posibilidad de un nuevo encuentro.

—¡Mercury! —insistió, al ver que su agente se retrasaba.

Sofía caminó deprisa tras ellos, con el cuchillo en mano, pero volteando constantemente hacia la casa solitaria donde habitaba la flor amarilla.

Fotografías por Crissanta.

Flor amarilla – Salto al reverso

Despiertos / adormilados


La vi avanzar por la calle, de prisa, con paso decidido. Era una señora de mediana edad con el cabello corto y oscuro. Yo caminaba detrás de ella.

El resto de las personas avanzaban despacio, al mismo ritmo, adormiladas, como muñecos carentes de voluntad. Supe que no comprendían el peligro que nos acechaba a todos.

Me acerqué por detrás y tomé a la señora del brazo. Aunque era yo una desconocida, su sobresalto no duró más de un segundo. Comprendió al instante que juntas podíamos abrirnos paso más rápidamente entre la multitud.

Es que, si estábamos despiertas, debíamos escapar.

La masa de gente se apelmazaba en cierto punto y formaban filas para entrar a un estacionamiento en donde el chico que estaba a cargo repartía automóviles a las personas para que pudieran salir de la ciudad. Se esforzaba por hacerlo de una manera ordenada, sin darse cuenta de que los segundos eran valiosos porque la catástrofe estaba a punto de empezar.

La señora y yo pasamos por un lado del chico y nos apropiamos del primer auto que vimos abierto, un viejo sedán negro. Tres personas más se subieron con nosotros: un hombre de unos cuarenta y tantos años, una muchacha con una prótesis a falta de una pierna y un joven de cabello negro. Fue un movimiento rápido e impecable.

Así eran y así debían ser las cosas ahora. No había tiempo para discusiones o vacilaciones, y las personas que tuvieras a tu lado se convertían a partir de entonces en tu familia.

El hombre condujo el auto y yo quedé atrás con la señora y la chica.

Seguimos a otro coche cuyos ocupantes parecían tan decididos como nosotros. Parecían saber a dónde ir, parecían conocer algún lugar seguro.

Paramos en un edificio grande. A la entrada, la gente esperaba que los encargados les repartieran ropa y cobertores. Robamos lo que pudimos al pasar y entramos sin pedir permiso. Para entonces, ya los intentos por mantener el orden de las cosas se venían abajo lentamente.

Aquel edificio en otro tiempo parecía haber sido una universidad y ahora operaba como un campo de refugiados de alto nivel. Solo los enterados entraban allí. Y, para permanecer allí, debíamos aprobar algún tipo de prueba o examen. Solo aquellos con alguna aptitud útil para esta nueva realidad tendrían derecho a ocupar un espacio en aquel refugio de primera categoría.

Al conversar entre los cinco de nosotros, se hizo evidente que solo el chico del cabello negro y yo tendríamos posibilidades de aprobarlo. Nos dimos a la tarea de estudiar aunque realmente todo lo que necesitábamos saber ya estaba o no en nuestros cerebros.

Dolor/amor/paz (autorretrato)


Ojos profundos,
boca entreabierta,
aspecto frágil,
pero resolución inquebrantable.

Las secuelas del temblor
del amor
en el cuerpo,
y un alma de cristal
(no pude ser más transparente).

Ojos profundos
del alma que soy…
que soy,
que siempre fui:
sublevada y serena,
las dos.

Y el amor,
en el pecho, el amor.
Ojos que miran
a los ojos
que me miran.
Amor.

Alma abierta
tras el dolor.
Boca entreabierta
tras el beso,
tras el amor.

Curando el dolor,
la parte posible.

Ojos abiertos,
alma atenta,
cuerpo que tiembla,
tez pálida,
dolor.

Mente que tiembla,
alma en paz,
ser en paz.

Cuerpo que tiembla,
alma que ama
hasta el final,
si es que existe algún final;
no en esta tierra,
ni en la existencia entera.

Siempre soy
mía y tuya,
tuya y mía.

Paz,
dolor,
Paz.

Paz,
amor
Paz.

Foto: SXC

Foto: SXC

Sin tregua (poesía)


Foto: Crissanta

Foto: Carla Paola Reyes

Dentro de mí,
la espada.
Fuera de mí,
todas las puertas abiertas:
la vida.

Fuera de mí,
tu mano que no toco.
Dentro de mí,
mi alma que te abraza,
devota a ti,
en el silencio
y en la distancia.

Dentro de mí,
la espada,
la fuerza,
el dolor que dobla
pero que impulsa
y alienta.

Fuera de mí,
puertas abiertas.

Y en mí,
dos fuerzas:

Dentro de mí,
mi alma,
llamándote sin tregua.

Fuera de mí,
mi cuerpo,
huyéndote sin tregua.

Azul/rojo (poesía)


Luces azules ante mis ojos,
manos tendidas hacía mí;
demasiado lejana
para poder tomarlas.
Azul.

Lazos rojos en mis manos,
sangre cayendo de mí.
Salida oculta,
imposible hallarla.
Dolor.

Altavoces llamando,
exigiendo,
mi nombre,
mi retorno.

Sirenas rojas,
azules,
dolorosas.

La tortura
del miedo
a lo desconocido
de la muerte:

la parte que no he visto,
desde el lado
de la muerte.

Llamadas azules,
manos rojas,
sangre lejana,
muerte, dolor.

Fotografía: Anthony Easton (PinkMoose) en Flickr.

Fotografía: Anthony Easton (PinkMoose) en Flickr.

Como lobos (poesía y relato)


Día 24 – NaPoWriMo

Medianoche

Horas y horas corriendo
—como lobos—
sin encontrar donde resguardarnos.

La luna sobre nuestras cabezas
cubiertas de harapos.

Y entonces preguntaste
«¿Y dónde están todos?»
«¿Quiénes todos?»,
respondí preguntando.

«Todos los del mundo»,
aclaraste
con tu voz aguda
de apenas ocho años. Sigue leyendo