Ataque químico



Fui la última en entrar al cuartel. Crucé el umbral y fue entonces cuando comenzaron a sonar las sirenas: La alerta de un ataque químico.

Como el protocolo de seguridad dicta, cerré las puertas tras de mí tan rápido como pude y subí los cierres de la protección plástica que aisla al edificio de los gases tóxicos.

Las manos me  temblaban, fue entonces cuando sentí que uno de mis compañeros las sostenía entre las suyas para calmarme. Alex me ayudó a subir el resto de los cierres. Al terminar, me abrazó para tranquilizarme. Un poco de alivio cálido entre el caos.

Alguien dio un grito ahogado. Volteé hacia donde todos miraban: Un niño pequeño de cabello negro estaba tocando el vidrio con su manita.

Miré hacia mis superiores con un gesto de duda. Una parte de mí gritaba que no podíamos dejarlo allá afuera. Pero su negativa muda fue más imperiosa que cualquier emoción mía.

Si abríamos la puerta para él, todos estaríamos muertos.

En mi cabeza sonaba a todo volumen una canción: “There’s no reason, there’s no secret to decode. If you can’t save it, leave it dying on the road”.

La mayoría del personal de la agencia corrió a refugiarse en la parte trasera del edificio, donde un domo transparente los aislaba del aire exterior.

Tendieron sábanas y toallas para sentarse en el suelo de aquel patio. Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá pasaríamos meses encerrados allí, sin nada que hacer más que esperar, mirar y racionar las provisiones.

Me quedé al frente del edificio, como mi puesto de autoridad demandaba, y esperé el inicio del ataque.

Un grupo de patrullas llegó a toda velocidad por el extremo izquierdo de la calle y se detuvo frente al cuartel. Los agentes no se atrevieron a bajar de sus autos y simplemente miraron hacia las puertas de vidrio de mi edificio.

El estridente sonido de las sirenas llegaba amortiguado a mis oídos debido al aislamiento del edificio. Todo lucía al mismo tiempo irreal y extremadamente cierto.

Un grupo mayor de autos avanzó desde el extremo contrario de la calle, claramente tratando de huir del ataque químico: esa gran nube negra que parecía perseguirlos.

Al toparse con las patrullas, no tuvieron más remedio que detenerse, y esperar el golpe.

Yo sólo miré, impotente, a través de la ventana, hasta que la nube negra lo devoró todo.

Cuando se disipó el humo, me atreví a asomarme, junto con otros miembros del personal, por la ventana de la oficina a mi derecha. Pude ver, en medio de los residuos del gas oscuro, restos de edificios y muebles hechos polvo y, entre ellos, esqueletos y cráneos humanos.

Recuerdo que solamente pude preguntarme qué tan poderoso era ese gas como para reducir a huesos a personas que segundos antes estaban con vida.

Afortunadamente, nosotros estábamos a salvo. Atrapados, pero a salvo.

Las cuatro dimensiones


Subí la escalera y me encontré ante la entrada de un departamento. Todo lucía sucio y desgastado, como en una vecindad.

Tras la puerta de lámina blanca, encontré otras cuatro puertas que daban a cuatro cuartos vacíos e igualmente sucios.

De alguna manera supe que cada cuarto representaba una dimensión: longitud, altura, profundidad y tiempo.

Me acerqué al cuarto del Tiempo, que parecía llamarme más que los demás. Entré y vi escombros en el piso. Más allá, estaba la puerta de un baño.

En él, tras una cortina plástica de regadera, supe que se encontraba algo que me llamaba cada vez más imperiosamente, como un pulso, como el sonido repetitivo que hacen las olas del mar por la noche, barriendo el aire… ffffff… ffffff… cada vez más fuerte.

Atraída sin remedio, pese al horror que sentía por lo que pudiera haber detrás, me acerqué.  Y sin lanzar primero mis manos para protegerme, metí de lleno la cara, a través de la cortina, en la regadera. Y miré…

Y de inmediato, sentí el impulso de tirarme por la ventana. Lo que estaba detrás de la cortina vendría por mí. Era preferible lanzarme hacia la nada.

Y lo hice. Salté.

Y caí en un jardín abierto, cubierto de pasto seco.

Pensé que estaba muerta, pero entonces alguien llegó por mí, en una especie de carreta.

Yo había perdido mis zapatos en mi caída, pero esa persona me los devolvió. Me subió a la carreta y me llevó de ahí.

Había más personas con nosotros en la carreta. Se detuvieron a pedir algo de beber y, después de dudar, pedí una cuba, que no sabía en absoluto a ron ni a coca.

Les conté mi experiencia en el cuarto, en la regadera. Pero a nadie parecía importarle, simplemente querían marcharse de allí, seguir la fiesta.