La noche larga


No era un grillo,
eran dos.
Y se hablaban
casi a compás.

Besé el silencio
de la noche larga.

Y supe distinguir
en su canto
el leve desfase
de nuestros llantos.

Esa fue mi señal.

La noche aclaró
y la mañana fue un sol.

Fotografía: Crissanta

Fotografía: Crissanta

Oración imperativa


Tú eres mi piedra,
la que quiero arrojar por el acantilado
a aquella playa en que batían las olas,
en que despedazaban.

Y yo soy tu piedra,
la que quieres arrojar por…

Y aquella playa nos gustó,
sí, a las dos.

Digo lárgate
pero no te irás.

Serás mi compañera
e idea
hasta que tú ganes
de alguna manera.

Pero mientras tanto callarás
y harás lo que yo diga.

Y no te lo pido desde el desgano.
Te lo ordeno desde la cima
del acantilado
con los ojos secos,
desde el dominio de ti, de mí,
de lo que haya pasado.

Solo así,
pequeña odiada piedra,
serás mi perra.

Nivel


Esto se llama el nivel.

El cabello cae desordenado.
Y no hay razón.

Es como cuando veo fantasmas
y no puedo explicarlo.
Pero están.

En el nivel no hay sentido
ni explicación,
sólo yo
y el infinito que observo,
los ojos cansados,
el alma atenta.

Recuerdo cosas que no he vivido.
¿Te pasa a ti lo mismo?

Poder quedarme aquí,
traerte conmigo.

Mariposas


Prefiero pensar que son mariposas
las ideas que revolotean mi cabeza,
cuando estoy dormida y despierta.

—No saben salir de mí—

Pero sé que son polillas negras
de aquellas que anuncian muerte
como la que yo una vez fui.

—Buscan luz y no hay—

Se estrellan en las paredes,
chocan contra muros de la mente.
Me gritan sin fin.

—Sáquenlas de allí—

Y en el cuerpo no hay nada más.
Por dentro, dolor en cada fibra,
en carne viva.

—¿A dónde han de ir?—

Imagen: Crissanta

Imagen: Crissanta

Sleeping pill


Esta noche cuando duerma
despertaré junto al mar amante,
el viento será un azote
y jugaré en la arena.

Pero no perderé nada:
mi cuerpo, aún bajo estas sábanas.

Y ganaré una memoria.

En mis mundos paralelos
recordaré tu nombre.

Claudia (sueño)


Salió de nuestra casa alterada, Claudia, mi hermana. Yo hablaba cosas importantes pero ella no alcanzaba a escucharlas. Su mente estaba distraída, fija en alguna cosa que yo no entendía.

La calle era fea. El barrio era conocido como uno de los mas peligrosos de la ciudad. Era mediodía. Su cabello negro brillaba bajo el sol. Yo siempre la miraba hacia arriba, tan mayor, tan fuerte y decidida. La quería tanto…

Cruzamos la calle y nos recargamos contra un auto oxidado y abandonado. Yo seguía hablándole pero ella apenas oía nada. Su mirada estaba clavada en la tiendita que estaba en la acera opuesta, justo al lado de nuestro portal. Allí estaban ellos, los que lo controlaban todo, quienes nos tenían amenazadas de por vida, y que la tenían harta y enfurecida.

Me hizo una seña para que me acercara. Abrió su bolso y me mostró un cuchillo ancho y corto como de carnicero. Abrí la boca de sorpresa.

—¡Claudia…!

Sin decirme nada, cruzó la calle ya con el cuchillo empuñado. Se fue directo contra las dos chicas que atendían la tienda. Creó que las hirió para quitarlas del paso y poder encararlos a ellos.

No supe más porque entré corriendo a casa. Aunque yo sabía que allí no había nadie; bueno, nadie que pudiera ayudarme. Aun así recorrí las habitaciones desordenadas y sucias. Gritando en desesperación el nombre de mi hermana.

Nadie, hasta que llegué al cuarto en el que dormía ese buen hombre, mi padre, al que realmente apenas conocía. Era tan anciano que no podía siquiera levantarse de la cama desde hace años. Yo estaba tan angustiada que descubrí su rostro de entre las sábanas y le dije: “Ayúdame. Es Claudia”. Y enseguida me arrepentí de turbar su descanso.

El hombre se levantó. Era tan, tan viejo que yo pensé que iba a quebrarse al levantarse. Fue hacia la puerta conmigo con la preocupación pintada en el semblante.

Y entonces la vimos entrar: bella y herida, toda ensangrentada pero satisfecha. Había pagado un precio por nosotros, un precio que apenas comenzábamos a entender.

Lenguaje


Junto con las notas del piano
susurro tu nombre que no existe
o más bien que olvidé
cuando te dejé

Y tras la melodía suave
de bienvenida
escucho una despedida fuerte
y decisiva

¿Será entonces éste el lenguaje
que los dos podemos comprender?

Sólo tú y yo
y nadie entenderá de qué hablo
nadie entenderá de quién hablo
sólo tú y yo
cuando murmure bajo

Quiero quitarle el tono
de sufrimiento y súplica
y sólo dejar la ternura

En dos minutos y medio
puedo callarme el rechazo
y decirte sólo que te quiero

que aún no puedo

que sigo temblando
y murmurando
y llorando con el piano

Silencio