Tanto tiempo


Habíamos ido a ver un partido de futbol, pero los dejamos jugar mientras platicábamos, sentados ante una mesa.

En esa escuela, mucha gente pasaba: mi prima, amigos, un hombre conocido que me miró, misteriosamente, subiendo la escalera (¿Lucía acaso mayor? ¿Tenía el cabello corto?).

Estaba tratando de trabajar en una laptop, pese a todas las interrupciones. De pronto, mi asiento comenzó a elevarse como en una especie de juego mecánico. Hasta que quedé a gran altura, donde por fin me dejaron trabajar sin interrupciones.

Pero las chicas que se estaban columpiando al otro lado pasaban tan cerca que iban a golpeame con sus pies. Decidí bajar. Y la caída fue una caída rápida, pero controlada, que me hizo recordar de nuevo un juego de la feria.

Los vigilantes que guardaban la entrada al edificio de oficinas me ayudaron a bajar del asiento. Me pidieron papeles para dejarme entrar.

Me apoyé en el escritorio para dárselos y entonces te vi. Me sorprendí porque en verdad eras tú, tu misma cara, tus ojos, tus manos tan grandes que envolvían completamente la mía cuando estaba triste, o que cubrían toda mi frente cuando trataban de liberarme de todas mis preocupaciones.

Te dije, sorprendida: “¿Qué haces aquí?” “Trabajo aquí”, dijiste. Y yo me molesté porque me lo habías ocultado.

El vigilante presionaba por los papeles y con que debía pasar a hacerme un chequeo médico. Yo temía que te fueras de nuevo y te lo dije. El doctor comprendió y me dijo que podía esperar.

Te pregunté por qué no habías venido a verme y contestaste:  “No me deja”. Dejé caer mi cabeza entre mis manos, por un momento derrotada. Pero me repuse enseguida para que vieras que eso no me importaba.

Seguía resentida sí, pero era más la nostalgia. Prometiste que ya no te ibas a ir.

Mi voz


No tengo miedo de hablarte,
ni de buscar en mí lo que quedó de ti.
No temo dirigirte la palabra
porque después de tantos años
no importa más.
Sin esperanza ya,
sólo un vago remedio,
una cura a la larga.
De esto, no me detiene nada.
Incluso, me gusta mirar
tras la cortina de los años,
de los que fueron,
y de las cosas que no serán.
Solamente me aterra
que no sepa escuchar la llamada,
que no atienda al corazón
cuando me dicta la palabra exacta;
que no encuentre mi voz,
la que abre el camino desde dentro hacia los dos.
Tengo miedo
de que (tú/yo) no encuentre mi voz,
de vuelta.
Mi antigua voz, mi nueva voz.

Persecución sin miedo


Estábamos en un baño público cuando ellos entraron. Ellas dos consiguieron ocultarse tras los excusados, pero ya no había lugar para mí.Me agaché junto a la puerta y vi una salida de agua en el piso. Desatornillé la tapa con mis dedos.

Cuando ellos entraron, dirigí el agua caliente a sus uniformes militares antiguos y azules.

Todos cayeron al suelo, doliéndose de las quemaduras. No pude creer que había funcionado.

Salté sobre sus cuerpos y eché a correr por el pasillo. Por elevadores y escaleras logré salir de edificio.

Pasé por una ventana y encontré a una anciana frente un lavabo, lavando algo.

Antes de que volteara, tomé su cabeza de cabello gris y la giré para romper su cuello, como había visto hacer en las películas.

Sin embargo, no murió, incluso comenzó a hablar: quería dirigirme hacia algún lugar.
Yo estaba frustrada por hacerla sufrir y no haberla matado, así que tomé de nuevo su cabeza entre mis manos…

Saltando por azoteas y a través de ventanas rotas, una mujer me perseguía. Un traje de lycra envolvía su figura. Era una ninja.

Era demasiado fuerte y demasiado rápida para lo que yo podía soportar. Venía tras de mí, más cerca a cada momento.

Sin embargo, no tenía miedo. No sentía la conocida aprehensión que sufro en las persecuciones cuando vengo a la realidad alterna.

En un punto me detuve y la encaré. Estábamos las dos de pie, solas, en la azotea desierta.
Le dije: “Eres mejor que yo, lo reconozco. Déjame vivir para aprender de ti”. Ella aceptó.

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Mi voz


No tengo miedo de hablarte,
ni de buscar en mí lo que quedó de ti.
No temo dirigirte la palabra
porque después de tantos años
no importa más.
Sin esperanza ya,
sólo un vago remedio,
una cura a la larga.
De esto, no me detiene nada.
Incluso, me gusta mirar
tras la cortina de los años,
de los que fueron,
y de las cosas que no serán.
Solamente me aterra
que no sepa escuchar la llamada,
que no atienda al corazón
cuando me dicta la palabra exacta;
que no encuentre mi voz,
la que abre el camino desde dentro hacia los dos.
Tengo miedo
de que (tú/yo) no encuentre mi voz,
de vuelta.
Mi voz…

Dios venía a verme


Que Dios venía a verme. Yo lo veía como una figura blanca y alta, envuelto en túnica. Pero en el espacio en que debía estar su cara y su pecho, sólo había un gran óvalo negro.

Es imposible de mirar.

Recuerdo que me extendió su mano y yo acerqué la mía.

Dios

También recuerdo algo de negro en esa túnica.

Al principio lo había olvidado, pero los demás me contaron que a medianoche yo llevé a Dios con ellos, a su habitación.

Para mí, todo el recuerdo era difuso, como si esa noche hubiera estado drogada o alcoholizada. Pero era verdad.

Estábamos todos en una casa enorme, como una escuela o un convento. Yo paseé por los corredores enormes bordeados de camas. Sólo encontré desastre allí.

Tenía que bajar por una rampa de metal, pero de pronto se detuvo. Yo empujaba un carrito de supermercado y me esforcé por no soltarlo para no lastimar a los demás.

Había niñas allí, de diferentes edades. Ellas cabían por un túnel de metal que se abría al final de la rampa. Las arrojamos de espaldas. Para ellas era como una aventura.

Como yo no cabía, tuve que ir por las escaleras. En cada descanso encontraba camas con objetos míos: almohadas, ropa… Tomé varias cosas para llevarlas a mi nueva casa.

En un piso, encontré a mi padre hablando con otros señores. No quise salir de la escalera.

‘Eleanor Rigby’ de fondo


Teníamos que abandonar el barco, se estaba hundiendo. Yo trataba de empacar mis cosas: guardar ropa y meter gelatinas en cajas.

Todo era un desastre, le dije a mi esposo que lo ordenaría cuando regresáramos.

Pasamos a desayunar a un restaurante estilo estadounidense: muchas mesas y mucha gente, y de autoservicio.

Al terminar, él fue a pagar y me dijo: “Te espero afuera”. Se nos hacía tarde para ir al trabajo.  Yo fui a la caja y tardé mucho. Tuve que ayudar a la cajera a limpiar varios platos.

Cuando por fin me cobró, me dio una tarjeta para que escribiera en ella tres canciones que me iban a regalar en iTunes o algo así. Yo escribí tres de los Beatles, pero todas eran “Eleanor Rigby”, sólo que con nombres distintos como “Strangers” o “Lonely people”.

Tarde años en poder escribirlas. Salí a decirle a mi esposo que se fuera a su trabajo.

Me hicieron una especie de fiesta: Mucha gente en una explanada y una orquesta al fondo.

Sentada en las gradas con los demás, me disponía a escuchar los tres temas que había pedido. Tocaron canciones de Shakira, mientras la cajera bailaba. Yo sólo quería escuchar “Eleanor Rigby”.

El festejo fue interrumpido por las noticias de que, durante un festival de Reggae, se habían registrado ataques terroristas.

En un momento ya estaba allí, en la Astor Plaza en New York City. Los hombres con rastas alzaban carteles de paz, restando importancia al asunto.

Veía al centro de la plaza, un edificio de gobierno con pilares blancos y de mármol rosado. Una bomba explotó justo en el centro de la fachada.

Entonces, por fin, “Eleanor Rigby” comenzó a sonar a todo volumen en mis oídos.

La explosión fue pequeña y sumamente brillante. Al final arrojó agua y salpicó a la multitud. Corrí, estuve a centímetros de ser alcanzada por la sustancia que yo creí un arma química.

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Yo buscaba desesperadamente a mi esposo, sin suerte.

Escuché una segunda explosión.

Hablaba con una señora que estaba corriendo a mi lado. Decíamos, sobre el sonido estridente de violines y las voces McCartney y Lennon, que qué terrible país era aquel. Elogiábamos a los nuestros. Ella era de Brasil creo.

Subimos una escalera no muy ancha, que desde la plaza se elevaba hasta una playa. La vista inmediatamente me tranquilizó. El mar era como una alberca que llegaba casi hasta nuestros pies. La gente nadaba y jugaba en él, tranquilamente.

Volteé hacia atrás, y en medio del caos de la plaza, pude distinguir a mi esposo subiendo la escalera.

“Ah, look at all the lonely people. Ah, look at all the lonely people”.

Avioneta


No sé cómo explicarlo, pero en la puerta del bar había una avioneta incrustada. (La imagen debe venir del concierto de Roger Waters-The Wall o de las Torres Gemelas, quizás)

Estábamos en un puerto, entramos por la extraña puerta al enorme bar. Había mesas por todos lados.

Él se sentó, pero yo tuve que salir a hacer algunas cosas. Encontré a un antiguo profesor y a una tía. Conversando con ellos, perdí el tiempo. Cuando volví, él ya había acabado su tarea y se fue a jugar Play Station.

Yo quería acabar mis deberes pero ni siquiera sabía por donde empezar.