Autorretrato


Soleada, terrenal,
plena,
en el día que termina
el año mejor de mi vida.
El cabello en cobre y rubio,
los labios rojos.
Natural y cercana,
propia.
La felicidad en mi alma
de la vida que empieza.
Libre y decidida,
amada y hermosa.

El océano en mi cama


Él podía dominar mi cuarto a su antojo. Desde la orilla de mi cama alzó su cetro y ordenó al techo cubrirse de agua como una cúpula, y al océano inundar mis sábanas con sus aguas turbias.

Peces y criaturas marinas sin forma nadaban en mi cama. Mis pies se mojaban pese a mi esfuerzo por apartarme.

Afuera, a través de la ventana, se veía el ocaso cayendo en el particular momento en que la tarde carece de luz y la noche no refleja el brillo artificial.

Ante mis súplicas, él alzó su cetro otra vez y ordenó a las aguas detenerse y desaparecer. Cuando mi cuarto recuperó la sequedad, me ordenó marcharnos. Pero yo me negué, la inundación me había dejado cansada y sólo quise dormir en mi cama sin mar.

Amarras


Sin estrellas, sin luna.
Entre muros, encerrados
con nuestras mutuas torturas.
Tu voz, un rayo.
Tu rostro, ternura.
A distancia segura.
Nunca pude reponerme, Sol,
de aquellas noches de luna,
de aquella entrega absoluta,
de esa locura.
Nunca pude soltar, amor,
estas amarras ocultas,
apagar por completo la llama,
darte las gracias.

Escenarios de guerra


No he olvidado del todo todas las maquinaciones de la guerra y la maldad inherente. Ejércitos de niños y de gente inocente.

Y yo solamente escabulléndome entre la hierba, acechando, escondiéndome, con un rifle en mi mano.

Encontré un buen sitio para disparar, cual francotiradora. La tenía a ella en la mira, la reina. La reina escondida en una casa destartalada en las afueras de la ciudad. Pero me di cuenta a tiempo de que era un engaño: ella era sólo un señuelo. La verdadera reina estaba lejos y a salvo, fuera del alcance de mi rifle.

Y luego ustedes contándome que seis niños murieron en la emboscada del otro día, mientras yo trato siempre de encontrar un baño limpio en estos refugios de mierda.

Cuando llegamos a los cuarteles de la Marina todo era limpio, blanco y reluciente. Justo como debía ser, justo como su cultura. Los soldados orgullosos con sus uniformes impecables, paseando a la orilla del muelle.

Y tú y yo planeando una cita de amor mientras la guerra se gestaba.”¿Qué pensará la gente de nosotros?”, me pregunté.

Avances


Estábamos en un restaurante, entre las mesas sobre la banqueta. Me fijé en que había dos mesas cuyos comensales tenían rostro de animales: en una mesa, gatos; en la otra, perros. Lentamente, comenzarían a propagarse.

Un hombre se me acercó para contarme algo acerca de un libro suyo que habían publicado en Madrid. Me hablaba en inglés, porque estábamos en Nueva York. Le dije que hablaba español y que yo también escribía. Intenté darle mis datos, pero tardé tanto en escribirlos que lo fastidié. En un asunto de cinco minutos tardé media hora. Así que se fue, molesta. Porque para ese momento ya era una mujer. Le dije que no olvidará su brillante chal dorado y me hizo una mueca.

Pero lo curioso es que me di cuenta, en el sueño, de mi frustrante tardanza, y por consiguiente, me di cuenta de que estaba soñando. Le dije a un amigo que estaba ahí: “Otra vez estoy soñando que no logro terminar lo que quiero hacer”.