Dancer


Debíamos vigilar la fortaleza, cuidar que nadie entrara en el edificio ajeno. Éramos unos hombres con aspecto de militares y yo.
Finalmente yo entré al edificio. Iba a demostrarle a ese hombre, cazador de talentos, que yo era la mejor bailarina (mejor que Britney Spears(¿?), pensé).
Así que me puse a bailar… desnuda (¡!). Mis movimientos, entre ‘flash dance’ y ballet eran una magia.
Y en verdad yo era la mejor bailarina del mundo.
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(New York dreams)

Retazos


Era mi último día en el trabajo (de nuevo… aún no lo supero, ja). Trabajaba desde casa y no avanzaba mucho porque tenía que hacer un ensayo. No podía estar checando Reuters, le decía a Alex.

Después de un día desesperante, terminé y fui a la oficina a despedirme de todos. Me dejaron entrar sin la credencial. Allí estaban todos, como fuera de un salón, platicando y relajándose (definitivamente un sueño ja ja). Como si fueran niños de prepa, echando novio.

Platicamos y quedamos en ir a comer, pero de repente estábamos en un salón de clases. Yo me senté en una barda elevada, bromeando con mis compañeros de la escuela. Aquella maestra de inglés de la secundaria me preguntó que por qué había faltado. Le dije que tenía un problema con Banamex y tardé en solucionarlo porque me investigaron por fraude.

Luego estaba sentada en el fondo del salón, con mi hija en brazos. Trataba de alimentarla. Era sólo un bebé, pero ella hablaba conmigo. Era rubia.

Cuando salí, fui a la entrada y me encontré con que el vigilante no estaba. Sobre el escritorio había una bolsa con papeles que tenían mi nombre escrito. Supe que era la correspondencia que no me habían pasado. Iba a llevármela cuando vi algo perturbador: dentro de la bolsa había varios dedos humanos. Dejé todo donde estaba.

Brazo amputado


Antes de llegar al hospital/escuela/gimnasio mi mamá me había amputado el brazo. Bajamos del coche e íbamos caminando en una zona oscura llena de árboles cuando dijo: “De una vez” y cortó mi brazo apenas por debajo del hombro.

No me dolía y no sabía en realidad qué andaba mal con él, por qué hubo que cortarlo. Llegamos al hospital en una soleada calle llena de escaparates, y allí mamá se encontró a una mujer que conocía y que a mí me disgustaba de algún modo. Yo la saludé, poniendo mis dos manos sobre sus mejillas y dándole un beso en una de ellas. Porque yo aún sentía mis dos brazos, los veía… recordé que a eso le llaman “miembro fantasma”.

Me acerqué al mostrador del hospital donde una enfermera amable, pero lenta para comprender, me escuchó. Yo estaba angustiada por mi brazo, pensaba que iba a perderlo si no me lo colocaban de nuevo enseguida. Le expliqué que mi mamá lo traía, que debía apresurarse en llamar a los doctores.

Después de un rato de tratar de explicar me preguntó que en qué tipo de madera lo traía, en qué tipo de caja. Yo le contesté desesperada que mi mamá no lo traía en ninguna caja, ni en hielo, simplemente así.

La enfermera me dijo que esperara, que no había doctores, pero que me avisaría en cuanto pudieran operarme.

Pasé casi todo el día en un cuarto, esperando. Mirando por la ventana descubrí que los enfermeros, doctores y mis amigos estaban en la playa, emborrachándose y divirtiéndose. De repente una de ellos me descubrió en la ventana y, avergonzada, salió del agua, para ir a atenderme.

Me puse de pie y vi que a mis pies había arena y que se había metido toda en mis dedos, en mis uñas. Me angustié porque pensé que debía limpiarla antes de entrar al quirófano. Fui a lavarme en un lavadero. La chica rubia de ojos verdes llegó y pensé que por fin iban a devolverme mi brazo.

Pero salió de nuevo y un montón de amigos se quedaron conmigo, pero sin hacerme el menor caso. Yo desesperaba porque alguno de ellos me ayudara. Les pedí que mandaran un mensaje para buscar a algún doctor. Tardaron años en hacerlo.

Desperté.

Lista para el fuego


Estoy en un lugar nuevo, donde no debes entrar. Mi habitación brilla, no parece haber lugar para la obscuridad.

Temprano, la luz del alba me anima. El espejo me trae de vuelta a la tierra.

Antes no, antes yo temía.

Yo he visto estas manos temblar

Yo he llorado

Yo he tenido la urgencia de escapar

y planeaba la ruta de huida.

Cuando me escuché a mi misma, me quedé helada

pero una risa irónica recorrió mi cuerpo:

Eras tú lo que guardaba en silencio,

era el miedo.

Era sólo yo, convertida en nada

sin voluntad,

sin habla.

He vuelto

de donde quiera que me has perdido

presta al combate, lista para el fuego

temerosa, pero limpia

decidida a la vida.

Flash edificio


Antes de dormir, cerré los ojos y vi aquellos pasillos que soñé una vez. Una ciudad cerrada con callejones de dos pisos. Yo caminaba por uno de ellos, con algún objetivo que no recuerdo.

Al fondo, una estructura de metal se alzaba con infinitas escaleras y pisos abiertos sin acabar. Sólo pisos de concreto gris y escaleras de metal, sin paredes ni ventanas. Yo estaba allí platicando con un hombre de algo secreto, algo que nadie debía saber.

——

El flash trae otro flash de una vez que soñé que llegábamos al fondo de una calle ancha, después de mucho mucho caminar.  Al final, había una puerta verde de metal muy grande. Alguien debía regresar por él o ella, quien se había quedado atrás.

Los recuerdos tiran unos de otros como un hilo invisible. No acabaría de contarlos todos. Jamás pensé que pudiera recordar sueños que soñé hace tanto. Cómo es posible que mi mente pueda hallarlos entre la maraña de recuerdos conscientes e inconscientes. Y así es.

Londres


Estaba de nuevo en aquella casa de mi infancia. Entraba al departamento de abajo, el que no era nuestro. Allí vivía una amiga pelirroja. Le dije: “Ah… ¿ahora vives tú aquí?”. El departamento era pequeño y ordenado, con pocos muebles.

Salí de allí y me dirigí hacia donde estaba reunida mucha gente en gradas sobre pasto, viendo algún espectáculo. Encontraba a una amiga que estaba embarazada y a otro amigo que hace años dejó de verme.

No mucho… sólo esa casa de mi infancia. Ahora debo subir la escalera.

Pesadilla


Me habían hecho regresar a Expansión para trabajar un último día. Era un caos, todo mi escritorio era un desorden y no lograba hacer las cosas bien: no había actualizado mis canales en todo el día. Era un estrés desesperante.

Cuando por fin acabé ya estaba anocheciendo. Empaqué una por una todas mis cosas y dejé mi lugar vacío. Estaba sentada en las mesas de la terraza cuando un compañero me dijo que me apresurara a cobrar mi liquidación porque estaban a punto de hacer el mayor recorte de personal que se hubiera hecho en los medios, el próximo jueves.

Había algo así como un concierto en el patio central. Una compañera me dijo que no sabía a quién invitar al baile, que si yo quería ir con ella… (¿?)

Cuando salí del trabajo apenas quedaba un poco de luz, era casi de noche. Yo caminaba entre una multitud sobre los carriles de un segundo piso. Apenas unos cuantos coches conseguían pasar y habia que tener cuidado de que no nos atropellaran.

Entre la gente destacaban unos hombres que empezaron a hacer bromas y a gritar muy fuerte. De repente uno de ellos, enorme, trató de agarrarme y me levantó del piso para llevarme con él. Yo gritaba con todas mis fuerzas, aterrada, pedía ayuda. “Por favor, ayúdenme, me va a llevar con él, por favor”. Me retorcía entre sus brazos para soltarme.

La gente me oía, pero me miraba impotente, sin saber cómo luchar contra esa banda de criminales. Pero entonces, otro amigo del trabajo llegó y me arrancó de ellos. Salí corriendo.

Bajamos el puente y la calle se hizo aún más oscura. Mi esposo ya estaba por ahí, me aferré a sus brazos y nos refugiamos junto a una patrulla y una ambulancia, que parecian vigilar el lugar.

Un policía nos dijo que siguiéramos caminando, pero yo le dije que por nada del mundo nos íbamos a mover de allí: Ya había visto otro grupo de delincuentes esperando a llevarme con ellos. Podía ver la vida que me esperaba allí: palizas y violaciones sin fin.

Nos quedamos allí parados un buen rato esperando a que se fueran. Desperté. Aún siento el miedo.