Masacre


La clase de gimnasia iba a empezar apenas. Mujeres en un gimnasio con espejos y barras, haciendo estiramientos. Pero antes, había que pasar por donde habían quedado tirados los cuerpos de la masacre del día anterior o de esa misma mañana tal vez.

Y a todo mundo le parecía muy normal pasar al lado de esa pileta vacía en la que una decena de cuerpos yacían en todas posiciones, manchados de sangre seca. Pero pobre de aquel, le habían sacado los ojos. Pero era tan natural, esas cosas pasan, decían.

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Vamos a la clase. “No”, me rebelaba contra la gente que reía, fumaba y hacía chistes al lado de las restos de la masacre. “NO. Tenemos que hacer algo, llamar a la policía, algo…” Por fin un amigo en un coche me iba a llevar lejos de allí. Por fin. Vayámonos

Y la alarma que nunca sonó.

Cortinas


Está todo dispuesto:

se ha pagado el precio,

se ha subido la escalera,

se cierra la puerta,

se ahuyenta la luz que molesta

– cortinas –

a los que se aman o se amaban,

y hoy se buscan entre sombras,

y se encuentran en la lucha,

como amantes, a ratos, 

como fieras,

encerrados en un cuarto

y en un trance

donde poca luz se filtra.

– ventanas –

Sólo ruidos, no palabras,

la incoherencia y el aliento

cálido sobre la almohada

y sobre la piel descubierta

de nosotros, los que se aman

o de los que hace no mucho

aceptaban que se amaban.

De repente tan…


El eterno camino verde

dando vueltas y vueltas

infinitas, al infierno.

Basta sólo una razón

para tomar el cuchillo

y luego ocultar

el delirio y las heridas,

las cortadas y los miedos.

Vivir con arrepentimiento.

Estará bien, quizás,

desenvainar el puñal.

Envuelta en remordimiento,

demorada mi vida detrás

del cerco.

De repente tan vieja,

y tan cansada y enferma.

Estará bien, quizás,

sólo quizás, desenvainar.

Autorretrato de primavera en dicha


La ropa ligera, 

pensamientos pesados. 

Poco maquillaje, 

los ojos cansados, 

perpetuamente cansados. 

Mirada verde, 

labios brillando. 

Dicha consciente 

que hace recordar 

mi amargo pasado.

Señor, en mis duelos


En la caída de los pasos inmisericordes sobre el suelo

del que va caminando firme, pero lento,

hundiendo y lastimando la hierba al nivel de la tierra,

descubrí la forma en que te he huido 

y cómo te he estado abandonando, Señor, en mis duelos, 

y en las luchas de las cálidas tormentas del destroce, 

y en las nubes de humo de mi aliento de perfume.

 

Toma mis dos manos, Señor, 

arrástrame en la arena hasta que pueda yo seguirte 

con los pasos ligeros y piadosos del que desea llegar temprano,

del que sin bendecirlo tampoco maldice el suelo que está pisando. 

Abrázame con fuerza que ya ningún abrazo me queda 

desde que he perdido el contacto de otras almas y otros cuerpos.

Despiértame que ya me he agotado del descanso 

que he tomado en las treguas de mis guerras. 

Levántame y no permitas que yo te dé la espalda.

Bendíceme y déjame que libre mis batallas.

Labios en ceniza (autorretrato)


El vino rojizo 

incendia 

pasillos sangrantes. 

Mis labios grises 

se vuelven, 

de ayeres, 

ceniza. 

¿Y cómo estás hoy? 

Ya no hay tiempo 

y yo no estoy. 

Mis ojos se ciegan, 

rodean mis miradas 

un velo de luz 

púrpura y oscura. 

Mis labios, 

mis labios no besan 

y son, 

de ayeres, 

ceniza. 

Miradas perdidas.

 

Ojalá no durmiera esta noche 

para poder deshacer el nudo ,

y desnudar el hilo,

y deshilar el desnudo 

en que se convirtió mi mundo,

lejos tuyo.

 

Ojalá no viviera esta noche 

para no sentirme 

entre caminos sin rumbo, 

entre crueldades de sueños, 

sin soledad, sin futuro,

dueño, lejos tuyo. 

 

Sin embargo, vivo. 

Sin sentido, duermo 

y no acallo mis lamentos. 

Ojalá no gritara,

ojalá deshiciera dentro 

cualquier dolor y muralla,

cualquier sufrimiento .

 

Sólo dame un silencio 

que yo responda en silencio,

para dormir el enredo,

para vivir sólo dentro 

el sufrimiento. 

 

Sepia


Abrimos los ojos en medio del oscuro,

como tantas veces, pero esta vez

¿dónde estabas?

Ya no estás en mí.

Espero estés en ti mismo.

¿Dónde has ido?

Quisiera poder traerte de vuelta

de tu viaje largo

donde te has perdido.

No sabemos si volverás,

pero sabemos

que se ha muerto el día

y ha dejado el velo,

el negro de tus ropas,

el negro de tus ojos,

tus cabellos lacios.

 

Cerramos los ojos en medio de la luz

como tantas otras veces, pero ahora

te sé de memoria

y te encuentro ya sin buscar tu mano.

Estás en mí,

te ausentas de ti mismo,

pero volverás

en alguna forma extraña, en soledad.

Vendrás a envolverme

de caricias que no diste a tiempo.

Vendrás sobre mí

en amor tardío y a destiempo.

Sabemos ya que ha nacido la tarde,

que ha traído un fulgor sepia

y lo ha endulzado todo en el dolor.

Alejados y juntos,

este atardecer no estamos solos.

 

Aquietamos la mirada en medio de la sombra.