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Acerca de Carla Paola Reyes

Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas en inglés y en español.

Japón


Estábamos en medio de una gran construcción. Estacionamos los coches en medio de la enorme plaza.

Al fondo, se alzaba un gran edificio que reconocí como el ministerio de Japón. Era un gran castillo de piedra rosada, rodeado apropiadamente de un lago para proteger a sus habitantes de los enemigos. Como ahora era sólo un lugar de asuntos diplomáticos, los puentes levadizos estaban abajo y el tranquilo lago albergaba lirios y peces.

En medio de la explanada había un corredor techado, hecho de la misma piedra de tonalidad salmón. Debajo de este corredor se realizaba una expo. Varios puestos mostraban sus productos o sus servicios en ella. Yo estaba parada justo en medio del corredor, donde aún entraba la luz del cielo del atardecer.

No me atrevía a entrar, ni tampoco parecía interesarme la expo. Me quedé inmmóvil, pensando en mis propios asuntos mientras miraba  vagamente  hacia los puestos. De repente un par de balas doradas pasaron al lado de mí, una era más grande que la otra. No era que las hubieran disparado, sino que alguien sólo las arrojó con la mano.

Parecia que iban dirigidas hacia mi y eso me provocó enojo y miedo. Regresé a donde estaba mi coche estacionado. Me preguntaron que qué quería hacer, pero yo sabía que nada tenía sentido sin él ahora que lo habia perdido.

Pero de repente se me ocurrió una idea y dije: «Quiero un cigarro».

Atravesamos una pared más allá del castillo y encontramos otra gran explanada, solamente que ésta tenía un hoyo en el centro y una gran pantalla en una pared que todos miraban como hipnotizados.

Fumamos un cigarro y luego otro, ocultándonos.

Había mucha gente y un hermoso paisaje. Y lo último que recuerdo es haberte visto en la pantalla, bailando en una cinta para mi. Adorable, como en aquellos tiempos…

Búsqueda en la playa blanca


Estaba en una playa muy pequeña que terminaba contra un muro blanco, apenas unos metros más allá de la orilla del mar.

Yo estaba sentada sobre la mínima franja de arena, conversando en inglés con una niña.

Le explicaba que mi hermano era salvavidas y estaba con un grupo buscando a una mujer que se había perdido en el mar. Su imagen aparecía en todas las pantallas: cara redonda, cabello muy corto, de unos 30 o 40 años, ojos azul aguamarina extremadamente claros, dos hijos.

Aunque yo no era salvavidas, tenía la tarea de entrar al mar por ratos para buscarla.

En una de las incursiones encontré una caja blanca. Tuve miedo de que ella estuviera dentro, ahogada. Pero al abrirla me encontré con sólo unicel, hulespuma y varios jabones.

Me desperté escuchando en mi cabeza la canción de «For whom the bells toll» de los Bee Gees. (So sad…)

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Viajaba en un camión. Todos me miraban, pero yo miraba sólo a un hombre. Me resultaba conocido, pero no podía recordar.

Cuando vi el cartel pegado en el vidrio, todo quedó claro:  era un agente encubierto. Me guiñó el ojo para darme a entender que era verdad que él era un agente del FBI y traía prisionero al sujeto que estaba sentado a su lado. Bajé del camión, un poco nerviosa porque sentía que en realidad él era el criminal.

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Flash: Michel nos llevaba por una carretera brasileña. El amplio camino de seis carriles (ida y vuelta) en Sao Paulo era muy semejante a un periférico o a Tlalpan.

Flash: Fuimos a Tepoztlán de nuevo. Nos llevaron a conocer la casa de una familia que vivía en el borde de un pequeño bosquecito. Pobres, pero con la naturaleza a la puerta de su casa. Mucha riqueza en ello. Buscábamos algo con sus niños, en el suelo y en las copas de los árboles. Creo que eran pequeñas frutas rojas.

Una realidad y un sueño (flash)


De nuevo, en vez de sueños que pueda recordar completos, las visiones que me asaltan en medio de otro trabajo cualquiera.

Esta vez recordé cuando iba llegando a un pueblo a la orilla de los pantanos. Nuestro auto avanzaba con dificultad por la carretera estrecha. A cada orilla, casas con porches blancos; y sentadas ante ellos, hombres y mujeres en blancas mecedoras, mirando nuestro paso.

Un pueblo fantasmal a las orillas del lago. La gente sentada a sus orillas para ver crecer los lirios del lago, mientras se envejece, feliz y tranquilo, como en una novela de García Márquez.

¿Dónde era?

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Y luego vi de nuevo aquel sueño, en el que pasábamos en auto bajo aquel puente que está cerca de mi casa, o de la que era mi casa… o de ambas. Estábamos detenidos por un choque más adelante.

Recuerdo que te bajabas del coche, y de repente no se podía pasar mas que caminando entre el humo púrpura hacia el otro lado. Al fin llegamos a una fiesta de alguien en un campo abierto, donde había… ¿dinosaurios?

El océano en mi cama


Él podía dominar mi cuarto a su antojo. Desde la orilla de mi cama alzó su cetro y ordenó al techo cubrirse de agua como una cúpula, y al océano inundar mis sábanas con sus aguas turbias.

Peces y criaturas marinas sin forma nadaban en mi cama. Mis pies se mojaban pese a mi esfuerzo por apartarme.

Afuera, a través de la ventana, se veía el ocaso cayendo en el particular momento en que la tarde carece de luz y la noche no refleja el brillo artificial.

Ante mis súplicas, él alzó su cetro otra vez y ordenó a las aguas detenerse y desaparecer. Cuando mi cuarto recuperó la sequedad, me ordenó marcharnos. Pero yo me negué, la inundación me había dejado cansada y sólo quise dormir en mi cama sin mar.

Amarras


Sin estrellas, sin luna.
Entre muros, encerrados
con nuestras mutuas torturas.
Tu voz, un rayo.
Tu rostro, ternura.
A distancia segura.
Nunca pude reponerme, Sol,
de aquellas noches de luna,
de aquella entrega absoluta,
de esa locura.
Nunca pude soltar, amor,
estas amarras ocultas,
apagar por completo la llama,
darte las gracias.