Japón


Estábamos en medio de una gran construcción. Estacionamos los coches en medio de la enorme plaza.

Al fondo, se alzaba un gran edificio que reconocí como el ministerio de Japón. Era un gran castillo de piedra rosada, rodeado apropiadamente de un lago para proteger a sus habitantes de los enemigos. Como ahora era sólo un lugar de asuntos diplomáticos, los puentes levadizos estaban abajo y el tranquilo lago albergaba lirios y peces.

En medio de la explanada había un corredor techado, hecho de la misma piedra de tonalidad salmón. Debajo de este corredor se realizaba una expo. Varios puestos mostraban sus productos o sus servicios en ella. Yo estaba parada justo en medio del corredor, donde aún entraba la luz del cielo del atardecer.

No me atrevía a entrar, ni tampoco parecía interesarme la expo. Me quedé inmmóvil, pensando en mis propios asuntos mientras miraba  vagamente  hacia los puestos. De repente un par de balas doradas pasaron al lado de mí, una era más grande que la otra. No era que las hubieran disparado, sino que alguien sólo las arrojó con la mano.

Parecia que iban dirigidas hacia mi y eso me provocó enojo y miedo. Regresé a donde estaba mi coche estacionado. Me preguntaron que qué quería hacer, pero yo sabía que nada tenía sentido sin él ahora que lo habia perdido.

Pero de repente se me ocurrió una idea y dije: «Quiero un cigarro».

Atravesamos una pared más allá del castillo y encontramos otra gran explanada, solamente que ésta tenía un hoyo en el centro y una gran pantalla en una pared que todos miraban como hipnotizados.

Fumamos un cigarro y luego otro, ocultándonos.

Había mucha gente y un hermoso paisaje. Y lo último que recuerdo es haberte visto en la pantalla, bailando en una cinta para mi. Adorable, como en aquellos tiempos…

Búsqueda en la playa blanca


Estaba en una playa muy pequeña que terminaba contra un muro blanco, apenas unos metros más allá de la orilla del mar.

Yo estaba sentada sobre la mínima franja de arena, conversando en inglés con una niña.

Le explicaba que mi hermano era salvavidas y estaba con un grupo buscando a una mujer que se había perdido en el mar. Su imagen aparecía en todas las pantallas: cara redonda, cabello muy corto, de unos 30 o 40 años, ojos azul aguamarina extremadamente claros, dos hijos.

Aunque yo no era salvavidas, tenía la tarea de entrar al mar por ratos para buscarla.

En una de las incursiones encontré una caja blanca. Tuve miedo de que ella estuviera dentro, ahogada. Pero al abrirla me encontré con sólo unicel, hulespuma y varios jabones.

Me desperté escuchando en mi cabeza la canción de «For whom the bells toll» de los Bee Gees. (So sad…)

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Viajaba en un camión. Todos me miraban, pero yo miraba sólo a un hombre. Me resultaba conocido, pero no podía recordar.

Cuando vi el cartel pegado en el vidrio, todo quedó claro:  era un agente encubierto. Me guiñó el ojo para darme a entender que era verdad que él era un agente del FBI y traía prisionero al sujeto que estaba sentado a su lado. Bajé del camión, un poco nerviosa porque sentía que en realidad él era el criminal.

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Flash: Michel nos llevaba por una carretera brasileña. El amplio camino de seis carriles (ida y vuelta) en Sao Paulo era muy semejante a un periférico o a Tlalpan.

Flash: Fuimos a Tepoztlán de nuevo. Nos llevaron a conocer la casa de una familia que vivía en el borde de un pequeño bosquecito. Pobres, pero con la naturaleza a la puerta de su casa. Mucha riqueza en ello. Buscábamos algo con sus niños, en el suelo y en las copas de los árboles. Creo que eran pequeñas frutas rojas.

El océano en mi cama


Él podía dominar mi cuarto a su antojo. Desde la orilla de mi cama alzó su cetro y ordenó al techo cubrirse de agua como una cúpula, y al océano inundar mis sábanas con sus aguas turbias.

Peces y criaturas marinas sin forma nadaban en mi cama. Mis pies se mojaban pese a mi esfuerzo por apartarme.

Afuera, a través de la ventana, se veía el ocaso cayendo en el particular momento en que la tarde carece de luz y la noche no refleja el brillo artificial.

Ante mis súplicas, él alzó su cetro otra vez y ordenó a las aguas detenerse y desaparecer. Cuando mi cuarto recuperó la sequedad, me ordenó marcharnos. Pero yo me negué, la inundación me había dejado cansada y sólo quise dormir en mi cama sin mar.

Avances


Estábamos en un restaurante, entre las mesas sobre la banqueta. Me fijé en que había dos mesas cuyos comensales tenían rostro de animales: en una mesa, gatos; en la otra, perros. Lentamente, comenzarían a propagarse.

Un hombre se me acercó para contarme algo acerca de un libro suyo que habían publicado en Madrid. Me hablaba en inglés, porque estábamos en Nueva York. Le dije que hablaba español y que yo también escribía. Intenté darle mis datos, pero tardé tanto en escribirlos que lo fastidié. En un asunto de cinco minutos tardé media hora. Así que se fue, molesta. Porque para ese momento ya era una mujer. Le dije que no olvidará su brillante chal dorado y me hizo una mueca.

Pero lo curioso es que me di cuenta, en el sueño, de mi frustrante tardanza, y por consiguiente, me di cuenta de que estaba soñando. Le dije a un amigo que estaba ahí: «Otra vez estoy soñando que no logro terminar lo que quiero hacer».

Unaccomplished


Cerca del mar, estaba la familia reunida. Me decidí a nadar y sumergirme en esas olas saladas de la playa llena de gente.
Me lancé, pero en ese instante la gente (mis padres, mi abuela) comenzó a echarse hacia atrás, bloqueándome el paso.
La marea subió y cuando bajó de nuevo y la gente se fue, el mar era como una alberca vacía. Le pregunté a mi prima si siempre pasaba eso en Tampico.

Entré al edificio por algunas cosas o para pasar al baño. Mi intención era salir pronto para seguir con mi plan, pero un amigo nos pidió una foto a las tres chicas ahí presentes. Tardó tanto en tomarla que comencé a desesperarme.
Nos tomó 10 fotos y nos dijo que necesitaba 8 sesiones como esa. Comencé a quejarme y a desesperar, porque de nuevo no lograba completar nada de lo que me había propuesto.

Dead fish


Mi hermano tenía un pez extraño. Había empezado su vida en forma de un huevo, en una pecera redonda. Al salir de aquella rígida envoltura, se convirtió en un pez enorme y gordo.

Un día entré en su cuarto y encontré al pez muerto. Nadando junto a él, había un par de peces más pequeños y rallados. Le pregunté si el otro pez estaba muerto y me contestó que sí: el nuevo par había nacido del primero y ahora debían comerlo.

Mi casa antigua ante mis ojos: aquel cuarto, aquella familia, años atrás.

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Mi hermana me estaba enseñando a cocinar una ensalada César. Mientras lo hacíamos, veíamos fotos de su familia en un álbum.

Tanta alegría y vida en ella, siempre, aún en medio de su pesar…