Guardia del Sol II – Terror


Guardia del Sol
Expedición #24
∞290764∞

Fotografía por Moritz Schumacher (CC0).

Cinco días habían pasado desde que la vio, a esa chica, la que ella llamaba en su mente ‘la flor amarilla‘. Kei la mantuvo alejada de esa vieja casa, obligándola a tareas rutinarias y aburridas: cazaron conejos y pájaros, cortaron maleza para abrir paso en el camino hacia el oeste e incluso la hizo montar patrulla un día entero frente a la escuela. Las voces quedas de los niños repasando sus lecciones solamente le hicieron recordar aquella voz que no pudo oír. Esa niña… ¿Seguiría viva?

—¿No estará ya muerta? —dijo Sofía, sin querer, en voz alta mientras afilaba cuchillos.

—Ja, ja, ja… ¿Quién? ¿Tu ‘flor amarilla’? —se burló Delta.

Sofía la miró con reproche y continuó deslizando el filo de su arma contra la piedra.

—Si sobrevivió tantos años allí, ¿cómo es que va a morir porque la abandonas un par de días? —Delta disfrutaba de molestar a su compañera de Guardia.

—Cinco, cinco días —enfatizó Sofía.

—She’s fine. —A veces, Delta hablaba en su idioma natal.

Sofía miró el hermoso rostro de tez negra de Delta sin atenderla realmente. Solo reflexionaba. Había hecho cuentas y le parecía imposible que ese chica hubiera sobrevivido allí, en esa casa abandonada, aislada del mundo desde que nació. «Debe ser la nieta de alguien que vivió la Tercera Guerra, como yo. ¿Tercera generación? No hay otra respuesta. Si yo sobreviví…, pero yo estaba acompañada. Y ella, ¿cómo?».

Pensó en su aldea, en el complejo ‘AN22’ para ser exactos: ese amplio refugio creado en un antiguo búnker del gobierno en donde ella nació y vivió con mucho más comodidades que el resto de sus habitantes, producto de ser la nieta del líder. Pensó  con resentimiento en los vestidos finos que le ponía la abuela, en la vajilla china en la que le servían cada comida, en la cama con dosel en la que descansaba mientras el resto dormitaba en literas con colchonetas raídas.

Y también vio de nuevo la cara pálida y eternamente apesadumbrada de su padre. Recordó el gesto de contrición en su cara cuando le tendió ese paquete de cuadernos: los diarios de su madre. Se vio leyéndolos casi a oscuras, a escondidas de las miradas de los abuelos. En su pecho rugió de nuevo el resentimiento y se vio tomando la serie de decisiones que la llevarían a dejar la aldea y entrar a la Guardia del Sol.

—Ya. —La voz de Delta la sacó de golpe de sus recuerdos.

—¿Ya qué?

—Ya está afilado eso. It’s enough.

Sofía soltó el cuchillo sobre la piedra.

—Agente Mercury, agente Bellum. —Kei apareció con su paso firme y su inmanente autoridad—. Haremos una ronda de seguimiento a la zona 5A. Alístense.

Sofía sonrió, sabiendo que eso significaba la vuelta a la casa de ‘la flor amarilla’. Tomó brevemente la mano de Kei y le sonrió, mirando con dulzura sus ojos rasgados.

—Gracias, Neptune —dijo, pronunciando con respeto la segunda palabra.

Él le devolvió la sonrisa junto con una mirada cómplice.

***

Llegaron en silencio, amortiguando sus pasos sobre la hierba, con las armas desenfundadas. Rodearon el edificio, felicitándose por su discreción. Sin embargo, la muchacha ya los había visto. Estaba de pie junto a la ventana, oculta tras las cortinas, pero delatada por el tono amarillo de su vestido que se traslucía entre los encajes.

Sofía se alegró de verla ahí, viva. Volteó a mirar a sus compañeros, sonriente. Kei le hizo un gesto. Comprendió y asintió. Bien, lo intentarían de nuevo.

Se aseguró de tener su mirada fija en la suya antes de hablar.

—Soy la agente Mercury. Somos miembros de la Guardia del Sol y venimos a ayudarte. —Como la vez anterior, bajó su cuchillo y sacó de su chaleco militar algo de comida y una botella de agua y se los mostró—. Por favor, sal y ven con nosotros.

Hubo un silencio prolongado. La mirada tras la cortina dejaba ver una deliberación interna. Sofía incluso llegó a preguntarse si la chica había entendido el mensaje. Estaba a punto de repetirlo cuando se abrió la ventana y ella mostró su mano tendida.

—Debes salir y acompañarnos —precisó Sofía.

La chica negó vehementemente con la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por favor, señorita… —La voz masculina de Kei sonó como un trueno y la mano de la chica desapareció tras la ventana que cerró de inmediato.

‘Mercury’ miró a su superior, preocupada, con la pregunta en los ojos: «¿Puedo entrar?». ‘Neptune’ le respondió en el mismo lenguaje: «¿Quieres hacerlo?». Ella dio un profundo respiro y asintió.

—No te asustes, no te haremos daño. Déjame llevarte yo misma la comida, ¿de acuerdo?

Se abrió la ventana y la mano asomó de entre los barrotes, señalando a Sofía.

—Solo tú —dijo la muchacha con un hilo de voz.

Sofía se estremeció ante ese sonido delicado y aún vaciló.

—Ve. —Fue la orden del agente ‘Neptune’.

Era el protocolo. Primer avistamiento, luego confianza, entonces contacto primario. Sofía era la encargada de hacerlo. Así que, avanzó. Vio la puerta abrirse y se estremeció.

Le tendió la comida y la botella. La chica la tomó y sus manos se rozaron.

La frágil muchacha olisqueó la botella y bebió, y luego devoró en un minuto el pedazo de pan horneado, ahí mismo en el marco de la puerta.

‘Neptune’ se acercó y se asomó al interior. La chica dio un chillido en señal de advertencia. Él se detuvo, pero se mantuvo firme. Era notorio que la seguridad de Sofía era prioritaria para él.

—Necesito saber si hay alguien más en la casa —insistió ‘Neptune’.

La chica negó con la cabeza.

Sofía cobró valor y se volvió hacia Kei un segundo.

—Estaré bien —le dijo mientras ponía una mano sobre su pecho.

Él se estremeció ante el contacto y dio un paso atrás.

Sofía desenvainó su cuchillo y lo puso a su espalda, mientras que tendía la otra mano hacia la joven. Ella la tomó. Sofía traspasó la puerta y avanzó hacia un pasillo. Se quedaron allí de pie, con las manos unidas por las palmas, y entonces por fin pudo verla de cerca, a ‘la flor amarilla‘. Era más joven de lo que pensaba, quizás de unos 13 o 14 años. Su cabello castaño estaba tejido en un trenza alrededor de sus sienes y caía después libre sobre sus hombros, cubiertos por el vestido amarillo desgastado. Pero sus ojos…, sus ojos eran lo más impresionante. Semejaban un abismo color miel, atravesado por sentimientos como olas, como destellos. Y, en ese justo momento, en ellos leyó miedo.

Y se dio cuenta de que, en ese mismo instante, su propio cuerpo gritaba miedo. Sentía más que miedo, terror. Su corazón palpitaba fuerte y el peso de una intensa angustia se instaló en su pecho. Tenía terror de entrar en esa vieja casa.

El olor a polvo y abandono la rodeaba con asfixia.

—Ven —dijo ‘la flor amarilla’.

—Déjame llevarte afuera —casi suplicó Sofía.

¡Afuera no, no afuera! —El ruego era imperativo.

Y, por un momento, Sofía no supo si ella tenía más miedo de entrar en esa casa o ‘la flor’ de salir de ella.

Pero ella era la agente Mercury, se recordó a sí misma, dándose ánimos. Y sintió correr por su cuerpo una descarga de adrenalina. «La energía mensajera y negociadora», como dijo Kei cuando la nombró.

—Vamos.

Y se adentró, valiente, en su propio terror a lo desconocido.

Terror – Salto al reverso

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Terror


SALTO AL REVERSO

Hay un ruego ahí,
una petición
desesperada,
pero imperiosa.

«Por favor, no».
Y no hay forma
de cambiar de opinión.
«No me lleves ahí».

Las manos que se estrujan,
la mirada que se desvía
hacia el terror.

«¿Dónde allí, corazón?».
Afuera…
afuera de aquí,
afuera de mí.

Y de golpe
ya no sé
si ella teme más
salir
o yo aborrezco más
entrar allí.

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Querida


Había mucha gente en la plaza cuando llegaron los asesinos. Nos agachamos en un corredor ancho, como ellos nos ordenaron mientras disparaban al aire. Eran un hombre y dos mujeres. Disparaban al azar contra la gente: una persona o la otra, poco les importaba. Y era la aleatoriedad del daño lo que lo hacía más insoportable y perverso.

Vi los rostros de mis padres, asustados. Cuando la pistola estuvo en su cara, él se persignó con descaro y blasfemia, y ese gesto lo salvó. La también extraña confianza de mi madre pareció decidir al asesino de desviar su arma.

Luego me vieron a mí. Yo sentía el terror como una fuerza aplastante. Tenía un deseo profundo de volverme invisible, de dejar de estar, para que no me hicieran daño. Estaba casi inmóvil, casi sin respirar, como un animalillo acorralado. Mis ojos estaban clavados en el piso. Una de ellas me dijo algo como: «Lo que haces está mal». No sé a qué se refería. Me atreví a alzar la mirada por miedo a que se enojara más si no lo hacía.

Era una chica muy joven, de tez blanca, mejillas redondas, gestos crueles y una expresión caprichosa, obstinada.

—Ven conmigo —dijo con una sonrisa malvada.

Me llevó a una habitación y me pidió que le inventara una canción. Quería que le cantara en voz alta. Ella tarareaba la letra y el tono que quería oír y yo lo imitaba, la seguía, le componía canciones que eran alabanzas que ella misma se creaba. Mi corazón estaba lleno de terror mientras lo hacía. Mi pensamiento único era que no quería que me matara.

—Eres más hermosa que cualquier otra…. —canté.

Ella rió complacida. Estábamos sentadas ante una mesa donde le sirvieron pastel. Mientras ella comía, yo robé un cuchillo de la mesa y lo escondí bajo mi falda. Necesitaba un arma por si ella me atacaba.

Evitaba hacer contacto con su mirada; quería que se olvidara de mí, de su necesidad de mi presencia. Yo era un juguete divertido que, en cuanto le cansara, sería degollado, aplastado, asesinado. Me traspasaba el pavor.

Después del pastel, ella se levantó a bailotear al son de mis canciones forzadas. Luego se detuvo de improviso y se me acercó.

—No te preocupes ya, querida. Ya ha terminado.  Anda, te regalo un libro. ¿Cuál quieres, el rosa o el morado? —me dijo, mostrándomelos.

Me distraje observándolos y por eso no noté que se abrió la puerta.

—Te juro que ya ha terminado. No te haremos daño.

El plural me extrañó y vi que la otra chica, de tez morena, había entrado al cuarto. No supe cuál sonrisa tenía más malicia. Aferré con más fuerza el cuchillo bajo mis ropas, pero no confiaba en que sirviera de mucho.

Santiago


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Tonos agudos,
voces apasionadas.
En el aire, el calor.

Sabores ácidos,
amargos,
recuerdos del terror.
Ella y tú
habrán aprendido
del error
anterior.
Ella y tú
habrán aprendido
del amor.

Árboles imposibles
crecen en tus afueras.
Verdes oscuros,
claros.

Y yo fantaseo
que podemos tomar
tu nombre prestado.

Quizás.