La invasión y mi hija (I)


(Soñé que) salí de casa y caminé  hacia el gran complejo que era como una ciudad en sí misma. Me registré en uno de los viejos hoteles, color rojo quemado. Tomé mi llave y salí a recorrer el lugar. Entré a un edificio en el que había salones de clases. La gente allí parecía conocerme, saber que era nueva. Me decían «Carla, porque no vuelves a casa a dormir». Y yo me negaba porque sabía que estaba perdida.

Desde que salí del hotel me propuse recordar la ruta a detalle, debido a que conozco mi escasa habilidad espacial y sé que me es muy difícil ubicarme. Pero no pude encontrar la ruta de regreso. Vagué por calles a la luz del sol, tratando de encontrar el punto de partida. Había un teclado en la banqueta… En el piso de piedra era posible teclear las letras y estas aparecían grabadas en algún otro sitio del suelo. Nada de grafitis o pintas hechas a mano.

Caminé, vagué… me encontré a un chico de unos 17 años, apresuré el paso. Él me dijo: ¿Por qué huyes?. Lo miré y supe que nos conocíamos. Le dije que estaba perdida y le pedí un toque del cigarro que fumaba.

Me ayudó a llegar al edificio de los salones. Una vez allí me quedé sola y comencé a volar como suelo hacerlo en mis sueños: en posición horizontal (cual si estuviera nadando) y casi al ras de suelo. Había gente allí bebiendo o sólo platicando en las mesas y me miraban extrañados. Alguno preguntó: ¿Carla, por qué vuelas? Y yo dije: «Porque yo sí puedo y ustedes no».

Busqué, aún volando, una salida al lugar. A través de una ventana salí al exterior. Me encontré en una explanada enorme. Caminando, descubrí edificios gigantes de empresas como Airbus y bancos estadounidenses.

Sentí que algo no andaba bien, esos aviones volaban muy bajo. De pronto vi venir uno hacia mí, iba a aplastarme… ohh no, eran dos. Todos caían. Había algo disparándoles, eran máquinas que lanzaban lásers.

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Puente sobre el mar


El puente nacía en el muelle con una escalera en forma de caracol. Su estructura era sencilla con un único barandal color rojo adobe, a pesar de ello era alto y extenso. Atravesaba el ancho mar brillante en azul cobalto. Hermoso.

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Caminamos por el muelle y atravesamos un mercado lleno de puestos. Entramos a un local para recibir un dinero, mientras ellos esperaban la entrega yo me quedé en la entrada. Había un señor con un perro pastor alemán que me recordó al que una vez tuve.  Le acaricié la cabeza y su dueño me advirtió: «No». Demasiado tarde: el animal chillaba y gruñía a mi alrededor, como en busca de atención. En un momento dado me mordió y no se soltó. Grité, pidiendo ayuda a la gente alrededor, a los policías que estaban en aquella esquina. Nadie se acercó. Desperté con la sensación de dolor todavía en el costado.

Paisajes que estaba buscando


(…) Subía las escaleras de piedra gris de la vecindad-hotel de una decena de pisos. En un descanso de los escalones, la luz o el sonido me atrajo. En el espacio abierto se podía mirar el mar.

El océano estaba furioso, de un color gris levemente verdoso, seguramente frío y salado. Las olas rompían por todos lados sin orden y a cada segundo. A la orilla de la playa había sólo grandes rocas grises.

Dos o tres parejas subían riendo la estrecha escalera desde la playa (shore). Tuve que hacerme un lado para darles paso.

Después seguí subiendo hacia un puente de la misma piedra gris que conectaba los edificios del complejo. Desde el puente se podía contemplar la ciudad entera: grande, cercana, con edificios bajos que daban la impresión de que era antigua y ruinosa.

Pero por aquel lado se veía humo y lenguas de fuego. El edificio era cercano y se podían ver las llamas consumiéndolo por dentro. Los bomberos acudieron, la gente afuera se aglomeraba en confusión.

Una mujer joven se me acercó, me pidió que la ayudara: ella tenía que reportar eso. Era una periodista. Me entregó una cámara de video. Ella tomó un micrófono y comenzó a hablar, describiendo el incendio.

Sin embargo, la tierra comenzó a moverse, no sé si por un terremoto o por efecto de una explosión lejana. Pero el movimiento no me dejaba enfocar la cámara o siquiera estar de pie inmóvil.

No supe como salimos de allí. (El olor penetrante del mar salado en el aire). (…)