Estaban mis ojos dormidos
y también el cabello estaba
rendido y quieto sobre la almohada.
El polvo caía sobre mi piel
a cada respiro,
y yo sólo soñaba
contigo.
Estaban mis ojos dormidos
y también el cabello estaba
rendido y quieto sobre la almohada.
El polvo caía sobre mi piel
a cada respiro,
y yo sólo soñaba
contigo.
Ella se mira las manos, extrañada;
las examina frente a sus ojos
dudando,
temiendo que pueda ser verdad:
Que la nostalgia se sienta tan real,
que la emoción de extrañarlo
se sienta en los dedos
como un breve cosquilleo,
como si su mano quisiera encontrar a otra
que abandonó hace tiempo.
Como si fuera posible ignorar
el sollozo al fondo de la garganta,
ese abismo perpetuo que aguarda
a que él olvide y ella se vaya.
Ya sé cómo es el juego:
Tú dirás ‘ojalá’, yo diré que no.
Tú dirás que comprendes, yo diré ‘tal vez’.
Tu dirás que sí, yo diré ‘está bien’.
Y luego ya está: Todo acordado.
Yo miraré al principio, luego me aburriré.
Y entre el deseo y los bostezos, me dormiré.
Tal vez un poco mayor,
bajo la luz tenue de la habitación.
Mi rostro muy pálido
de ojos bellos y cansados,
perpetuamente oscurecidos.
El cabello en rubio y dócil,
enmarcando suavemente el rostro.
La boca con sonrisa y no
(ambas soy yo)
Mi rostro pálido y quizá un poco mayor
destaca contra el camisón
y la seda negra apenas cubriendo del viento
que se cuela en en la habitación.
Cansada y tranquila,
preparada y lenta,
valiente y bella,
hermosa y adulta,
serena.
Fui a verte por vez primera
sintiendo el dolor en mi cuerpo.
Me arrodillé donde lo hacías,
miré nuestras manos en silencio
y toqué nuestros brazos
atados por años, secretos.
Lloré contigo por vez primera
cuando me acerqué a tu recuerdo,
a tu desolada figura,
a tu sutil sufrimiento.
Y oí tus gritos de rabia
rompiendo años, silencios.
Miré tu rostro con miedo,
contuve mi aliento.
Y pude tocar tus heridas
abiertas y a la vez, frías.
Arrodillada y sin fuerzas,
inmóvil en la desdicha.
Sentías el océano dentro
maligno y enfurecido
Te consolé por vez primera,
surcando el mar que está adentro.
Escuché tus cien voces
y abrí tus secretos,
ahuyentando reproches, miedos.
Quité el arma de tu mano
y recuperé tus sueños,
acallé a tus verdugos
y terminé tu tormento.
Y terminé mi tormento.
Te miré por vez última
cuando el llanto se fundió en la risa,
cuando logré la victoria
cuando el alivio no fue tristeza.
Me despedí sonriendo
de tus ojos abiertos,
de tus manos sin armas,
de tus nuevas esperanzas.
Salí del cuarto por vez primera.
Dejé el recuerdo sanado,
entrelacé mis manos,
miré mis brazos, abrazos.
Sobrepasé el sufrimiento.
Desperté por segunda vez:
la luz del sol sobre mis ojos,
tenuemente filtrada
como un atardecer de playa.
Y quise saber si será éste mi sino:
despertar sin querer
de un sueño que me da alivio,
estar consciente sin querer
del dolor retrospectivo
sin saber muy bien por qué.
Por favor, sólo calma,
sólo una venda de luz sobre mi alma.
No pido más…
ya nada.
Estoy en un lugar nuevo, donde no debes entrar. Mi habitación brilla, no parece haber lugar para la obscuridad.
Temprano, la luz del alba me anima. El espejo me trae de vuelta a la tierra.
Antes no, antes yo temía.
Yo he visto estas manos temblar
Yo he llorado
Yo he tenido la urgencia de escapar
y planeaba la ruta de huida.
Cuando me escuché a mi misma, me quedé helada
pero una risa irónica recorrió mi cuerpo:
Eras tú lo que guardaba en silencio,
era el miedo.
Era sólo yo, convertida en nada
sin voluntad,
sin habla.
He vuelto
de donde quiera que me has perdido
presta al combate, lista para el fuego
temerosa, pero limpia
decidida a la vida.