Sentados a la mesa, rodeados de amigos, tuve una visión:
Tú y yo, patinando en una pista de hielo. Elvis Presley cantando al fondo: «Wise men say ‘only fools rush in’ but I can’t help falling in love with you». Su voz hermosa y el piano detrás.
Tú y yo, haciendo acrobacias sobre el hielo, enmarcados en esa aura que tienen los videos antiguos: la velocidad distorsionada, los colores solarizados y la luz saturada que quemaba la imagen por momentos: el aspecto de un sueño.
Me bajé de la silla y rodé al lado de la mesa hacia ti. Abracé tu espalda y apoye mis labios contra ti, un ataque de amor.
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Well, we can’t skate (that song) but we can dance (it) (that day).
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Mi novia (jajaja)
Que yo andaba con otra chica… Llevábamos años juntas en secreto y éramos muy felices.
Estábamos en una reunión y decidíamos que era hora de sacarlo a la luz. Sentadas en un sillón, nos tomábamos de la mano y nos besábamos. Los amigos disimulaban su impresión, aunque se veían sorprendidos.
Le susurré a ella: «Deberíamos tener una hija. ¡Ya sé!, yo tengo una y tú tienes otra»… 🙂
La sensación era de alegría y tranquilidad.
(Sinceramente, creo que ha sido demasiada información sobre matrimonios y adopciones de gays para mi mente susceptible)
Autodeterminación
En un pasillo con un infinidad de puertas, unas daban a salones tan grandes como un auditorio y a otras a cuartos como de hotel.
Un sentimiento de enojo me hizo escapar de mi habitación para demostrar que yo podía ir a lugares en los que no solía estar.
Camine por el corredor vacío alumbrado por la luz del sol. Sólo yo y mi coraje, y mi deseo de liberación. Decidir el rumbo de mis pasos otra vez.
Entonces oí una voz infantil. Al acercarme, descubrí que hablaba de espíritus de muertos. Entré con cuidado y miedosa al salón de clases desierto. Convencí al niño de salir, y luego de irse conmigo. Él necesitaba ayuda inmediata debido a su abandono y desnutrición. Lo entregué a los doctores mientras se retorcía en nuestros brazos.
Regresé a uno de mis sitios, un salón de clases o lugar de trabajo donde solía aportar algo. Pero hoy no, me dije. No quería saber nada de ellos ni de sus discusiones, me regocijaba en el pensamiento de dejarlos sin mí. Todo seguiría sin mí, de cualquier modo, pero quería que sintieran mi ausencia.
Salí al pasillo esta vez oscuro y entré en la primera puerta que llamó mi atención. Tuve que descolgarme, sosteniéndome de los brazos para apoyar mis pies en lo que resultó ser una banca de madera.
Era una iglesia enorme y vieja. La oscuridad iluminada por velas contrastaba con la idea de la luz que se adivinaba afuera.
En una banca encontré a dos niñas, dos chicas de mi edad con las que entablé una conversación. Fue como si estableciéramos un lazo, un pacto. Les di mis datos y les prometí que regresaría para hacer realidad ese proyecto que me liberaría de donde estaba, de todo lo mío.
Misión
Estábamos en un supermercado tratando de pasar inadvertidos. De cierto modo, estábamos cazando a unos hombres… malos. La misión era negociar con ellos y ganarnos su confianza.
Él se acercó a ellos y me dejó esperando escondida. Después de hablar lo retuvieron por la fuerza.
Salí de allí, y en un parque me encontré contigo. Nos sentamos en una banca de piedra y te conté sobre el secuestro y lo preocupada que estaba. Sus padres me preguntaron por él, les dije que no le llamaran, que era esencial para que pudiera salir con vida de la misión, que ellos no sospecharan nada.
Luego estaba en el trabajo, hablaba contigo por el messenger y me sentía aturdida de tanto trabajo y pendientes. Además estaba en un nuevo lugar y con nuevas personas.
Entonces él volvió y traía una silla de ruedas. Fuimos por el lugar robando cosas y divirtiéndonos.
Bajo el agua tibia
Caminaba a través de los caminos bordeados de árboles y bosque en esa enorme finca, a la hora en que comienza a anochecer y la oscuridad está a un par de minutos de adueñarse de todo.
Con las manos cargadas de papeles y objetos, llegué al borde de una alberca de piedra gris, junto con una amiga. Sin dejar a un lado mi carga y sin quitarme una sola prenda de mi ropa me tiré al agua. Fue una decisión impulsiva, la tomé como si hubiera estado ebria o drogada…
El agua estaba deliciosamente tibia, a la misma temperatura de mi piel. Me sumergí, disfrutando el momento, y abrí mis brazos, dejando caer una serie de semillas u hojas color café. Mientras las recogía, sentada en el fondo de la rústica piscina, me di cuenta de que podía respirar bajo el agua. Era cuestión de técnica, era sencillo para mí, como siempre lo ha sido en mis sueños, aunque nunca deja de asombrarme cada vez.
Entonces volteé a mirarlo, él también estaba allá abajo. Podíamos hablar y escuchar bajo el agua también, porque lo oí decirme: «¿Tienes que hacer eso en este momento?».
Cruz
Saliendo de una reunión en una casa ajena, me extrañó oír música conocida desde el interior de mi coche. Lo había dejado abierto y peor, andando. Se había calentado y sobre el volante estaba la cruz de oro, medio derretida por el calor.
Mis dedos… ¡No!
Subíamos largas y amplias escaleras eléctricas blancas hacia nuestros centros de trabajo. Y yo lo veía, unos escalones más arriba, tan guapo, riendo con su amigo, sin saberse observado.
En la carretera, mi coche estaba orillado. Yo estaba indecisa sobre qué camino tomar para volver a casa. Ella, de pelo negro, entró al coche y me roció con un gas para envenenarme y cortarme los dedos.
Yo estaba esperando para hablar en el radio o en la TV. Esperaba mi turno para entrar a la cabina, ensayando mi discurso, pero olvidaba los nombres.
Mientras esperaba, jugábamos una especie de memorama con mis dedos amputados. Era fácil: meñique con meñique, índice con índice…