Estrellas y mensajes


Un campo abierto a cielo abierto, de noche. El mejor invento: una heladería en la que tu creabas el sabor que tu desearas para tu helado. Mucha gente estaba en las mesas o sentada sobre el pasto, platicando o comiendo.

Comenzó el bombardeo y muchos corrieron a refugiarse. Yo vi las luces de las explosiones más allá, mientras en el cielo comenzaba una lluvia de estrellas. Eran hermosas y además tenían mensajes, querían decirnos algo.

El hombre de los ojos claros quería hablar conmigo, por segunda vez en mis sueños. Ahora no quería entregarme una carta, sino hablar conmigo para revelarme que… no lo supe. Pláticas pendientes.

Puente sobre el mar


El puente nacía en el muelle con una escalera en forma de caracol. Su estructura era sencilla con un único barandal color rojo adobe, a pesar de ello era alto y extenso. Atravesaba el ancho mar brillante en azul cobalto. Hermoso.

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Caminamos por el muelle y atravesamos un mercado lleno de puestos. Entramos a un local para recibir un dinero, mientras ellos esperaban la entrega yo me quedé en la entrada. Había un señor con un perro pastor alemán que me recordó al que una vez tuve.  Le acaricié la cabeza y su dueño me advirtió: «No». Demasiado tarde: el animal chillaba y gruñía a mi alrededor, como en busca de atención. En un momento dado me mordió y no se soltó. Grité, pidiendo ayuda a la gente alrededor, a los policías que estaban en aquella esquina. Nadie se acercó. Desperté con la sensación de dolor todavía en el costado.

Primito…


Soñé contigo… Qué venías a pasar Navidad aquí y querías que fuéramos a un concierto o a un parque de diversiones, o una mezcla entre las dos, no sé. Yo estaba tan contenta de verte, nos abrazábamos tan fuerte… como si no nos hubiéramos visto en años, que de hecho así es… No tengo ni una foto juntos para ilustrar 😦 aunque creo que nos tomaron una la última vez. ¿Dónde estará?

(Ahh… tú la tenías)

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Paisajes que estaba buscando


(…) Subía las escaleras de piedra gris de la vecindad-hotel de una decena de pisos. En un descanso de los escalones, la luz o el sonido me atrajo. En el espacio abierto se podía mirar el mar.

El océano estaba furioso, de un color gris levemente verdoso, seguramente frío y salado. Las olas rompían por todos lados sin orden y a cada segundo. A la orilla de la playa había sólo grandes rocas grises.

Dos o tres parejas subían riendo la estrecha escalera desde la playa (shore). Tuve que hacerme un lado para darles paso.

Después seguí subiendo hacia un puente de la misma piedra gris que conectaba los edificios del complejo. Desde el puente se podía contemplar la ciudad entera: grande, cercana, con edificios bajos que daban la impresión de que era antigua y ruinosa.

Pero por aquel lado se veía humo y lenguas de fuego. El edificio era cercano y se podían ver las llamas consumiéndolo por dentro. Los bomberos acudieron, la gente afuera se aglomeraba en confusión.

Una mujer joven se me acercó, me pidió que la ayudara: ella tenía que reportar eso. Era una periodista. Me entregó una cámara de video. Ella tomó un micrófono y comenzó a hablar, describiendo el incendio.

Sin embargo, la tierra comenzó a moverse, no sé si por un terremoto o por efecto de una explosión lejana. Pero el movimiento no me dejaba enfocar la cámara o siquiera estar de pie inmóvil.

No supe como salimos de allí. (El olor penetrante del mar salado en el aire). (…)

El sueño del tema de moda, de novedad…


Al fondo, la voz de un narrador televisivo describiendo lo que yo veía. «Han tratado de exterminar a los vampiros por todos los medios: perseguirlos, fumigarlos…, pero nadie sabe dónde se esconden» Pero a mí me lo mostraban, tras una pared de lodo se podía ver su refugio. Más allá estaba la entrada a la gran casa y unas escalinatas blancas, en las que alrededor de cien «personas» se reunían para convivir tranquilamente.

Bajé la escalera, acompañada de una amiga: ella y yo éramos de las pocas humanas por allí. Nos reunimos con tres vampiresas, que ya nos esperaban con una sonrisa. Eran nuestras cuñadas, de alguna manera mi amiga y yo éramos parejas de algún vampiro (que no conocí, por cierto).

Yo me sentía cómoda, ya era gran amiga del trío de chicas guapas con piel morena clara y cabello negro. Pero ellas trataban de complacer a mi compañera, le habían comprado un collar con cuentas blancas y amarillas. Ella sonrío ante el regalo, aún temerosa de ellas.

Me enseñaron su álbum de fotos, sus visitas a los lugares de moda… Decidimos entrar a la casa, que más bien era una mansión, una especie de hotel combinado con tienda departamental en el que había mucho de todo: discos, libros, ropa, muebles…

Nos llamaron a comer… carne asada. ¿Los vampiros comen? Mmm, esto va contra todo lo que he aprendido de los libros de Stephenie Meyer.

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