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Acerca de Carla Paola Reyes

Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas en inglés y en español.

Prisioneros



Estábamos prisioneros, mi familia, mi esposo y yo. Era una especie de campo de concentración moderno, lleno de pandillas, pero al fin y al cabo, con bancas de madera en las que debíamos dormir.

Mis padres, mi hermano y yo logramos escabullirnos por un rato ante un descuido del guardia. Con el cambio que traía conmigo, logré comprar dos cigarros. Pensé que me servirían de algo.

Fuimos a una tienda de abarrotes y robamos algunas cosas. Me llevé varias frutas pequeñas en los bolsillos de mi ropa, para mi esposo. Pensé que necesitaríamos comer algo de fruta para no morir de inanición ahí dentro. No sabía cuánto tiempo estaríamos encerrados allí.

————–

Estaba en un baño público, en una especie de plaza comercial o una escuela. Alguien entró al pequeño cuarto sin tocar a la puerta. Pensé que había sido un error y le dije que no se preocupara, pero la mujer empujó la puerta contra mí, una, dos veces. La dejé entrar por fin y ella comenzó a golpearme.

Furiosa, comencé a pegarle en la cara a puñetazo limpio, una y otra y otra vez. Era tan aliviador sacar mi ira.

Bajamos corriendo las escaleras eléctricas, ella tratando de zafarse de mí y yo intentando golpearla más. Un hombre más alto y más fuerte que yo me cerró el paso en la escalera para detener mis golpes sobre la desconocida.

Hitler o Voldemort


Nos dimos cuenta de que iban tras nosotros. Así que echamos a correr por los jardines de un sitio grande como una hacienda. Avanzamos, agachándonos junto a las paredes, ocultándonos.

Entramos a una pequeña casa vacía y tratamos de escondernos, acostándonos en el suelo detrás de los sillones. Yo traté de ocultar sus pies detrás de aquel sillón verde, pero era muy visible. Comprendí que yo no lograría esconderme de esa manera, así que me metí como pude dentro del estante de un clóset. Apenas cabía y temía que si alguien lo abría me encontraría de inmediato. Así que traté de ocultarme, echándome encima ropa y cobijas.

Ellos llegarían en cualquier momento. Mi angustia estaba al límite.

Entraron en la casa y yo traté de no hacer ruido. Ni siquiera respiraba. Imaginaba el destino de él, rogaba porque no pudieran distinguir sus pies bajo el sillón.

Al final, él se reveló ante ellos, pero no le hicieron ningún daño. Rieron y lo tomaron como una broma. Agradecí al cielo por eso.

Ellos nos buscában porque éramos diferentes, para castigarnos porque éramos diferentes.

Cuando salieron de la casa, yo me escabullí hacia un auto y me escondí en una especie de cajuela que daba a la parte interna del coche. Trataba de cubrir mi cuerpo por completo con una frazada.

El auto se puso en marcha, y el coche en que ellos iban quedó detrás del mío.

En el asiento trasero del auto que me transportaba,  iba sentada una muchacha sonriente. Me vio y trató de hablar conmigo, sin prestar atención a mi pánico.

Ella no se daba cuenta de que cada movimiento que yo hacía o cada palabra que ella me dirigía, podría revelar mi presencia a aquellas personas. Y entonces, yo sería presa de ellos, y me castigarían o provocarían mi muerte.

Retazos de sueños


Que estaba de pie junto a una ventana, mirando hacia afuera. Llevaba un vestido café que me quedaba perfecto. Aún no se notaba, pero yo sabía que estaba embarazada y no podía esperar para soltar la noticia en medio de la comida familiar. Una alegría tranquila, una paz contenta.

———-

Que caminábamos por una ciudad con edificios modernos que se perdían en las alturas. Cruzábamos un semáforo cuando vi, en medio de la calle, el torso y la cabeza de un jabalí petrificado en una especie de gel. Espantada, noté que estaba vivo porque parpadeó. Nadie parecía ponerle atención.

No tuve mucho tiempo de horrorizarme por eso, porque entonces vi unos pequeñísimos ratones en el suelo. Estaban cubiertos de pelos pegajosos. Comenzaron a subirse sobre mi esposo, sobre sus piernas y su ropa. Quise quitárselos de encima con algunos manotazos, pero también estaban encima de mí, por todos lados. Echamos a correr y desperté.

——–

Baños. Cada noche sueño que debo encontrar un baño. Y todos están sucios u ocupados, o no cierran. Siempre tengo prisa.

——–

Me desperté con un sabor a sal en la boca. Era tan intenso, que al despertar tuve que buscar algo dulce que comer.

———-

Que conocía a Bono. 🙂 Estaba en un edificio al que un amigo mío me dejó entrar. Fui a pedirle un autógrafo. Me lo dio y comenzamos a hablar. Lo tomé de las manos, lo abracé y le expliqué lo que significaba para mí.

Él se veía cansado y enfermo, y no quería salir a enfrentar a la gente. Logró escabullirse en un auto y me dijo que subiera. Lo hice, pero me bajé unas cuadras adelante porque tenía que volver. Antes de irme lo besé en la boca.

Salí corriendo por una ciudad desconocida, pero que me era vagamente familiar.

Sutil sufrimiento


Fui a verte por vez primera
sintiendo el dolor en mi cuerpo.
Me arrodillé donde lo hacías,
miré nuestras manos en silencio
y toqué nuestros brazos
atados por años, secretos.

Lloré contigo por vez primera
cuando me acerqué a tu recuerdo,
a tu desolada figura,
a tu sutil sufrimiento.
Y oí tus gritos de rabia
rompiendo años, silencios.

Miré tu rostro con miedo,
contuve mi aliento.
Y pude tocar tus heridas
abiertas y a la vez, frías.

Arrodillada y sin fuerzas,
inmóvil en la desdicha.
Sentías el océano dentro
maligno y enfurecido

Te consolé por vez primera,
surcando el mar que está adentro.
Escuché tus cien voces
y abrí tus secretos,
ahuyentando reproches, miedos.

Quité el arma de tu mano
y recuperé tus sueños,
acallé a tus verdugos
y terminé tu tormento.

Y terminé mi tormento.

Te miré por vez última
cuando el llanto se fundió en la risa,
cuando logré la victoria
cuando el alivio no fue tristeza.

Me despedí sonriendo
de tus ojos abiertos,
de tus manos sin armas,
de tus nuevas esperanzas.

Salí del cuarto por vez primera.
Dejé el recuerdo sanado,
entrelacé mis manos,
miré mis brazos, abrazos.

Sobrepasé el sufrimiento.

Volar y desaparecer


Sé volar. Puedo volar. De hecho, vuelo… sólo en mis sueños.

Estaba caminando con amigos y familia en una calle de Coyoacan y eché a volar como suelo hacer, al ras del suelo.

Pero cuando entramos a una tienda con escaleras eléctricas, tuve que bajar. Al salir, volé sobre la explanada salpicada de gente. Simplemente dando un pequeño salto que me elevó del suelo y sosteniéndome sobre el aire como si nadara de pecho. Aunque pronto descubrí que volar de ‘crawl’ era más rápido y ofrecía mucho mas control al dar la vuelta.

Había sobrevolando la plaza durante un par de minutos cuando vi a dos policías sosteniendo cada uno un extremo de un cable y tendiéndolo frente a mi. Choqué contra él, al perder la concentración y el equilibrio.

Reclamé a los policias. Ninguna de las demás personas en la plaza parecía mirarme o darle la más minima importancia al hecho de que yo volara. Les pregunté si existía alguna ley que impidiera volar. Y me molesté porque no me interrogaron, ni me dejaron decir mi versión de los hechos.  No les importaba lo que tenía que decir.  Como siempre, a mí nadie me escuchaba.

Me alejé de ellos junto con una amiga. Escapando en medio del tumulto. Caminamos por la plaza hasta llegar a una habitación labertintica en busca de algo. Entonces encontré una pared blanca vacía. Le dije que eso no podía ser, pero ella me corrigió, senalando que era el sitio exacto. Y entonces vi un colchón allí.  Él/ella y yo nos acostamos bocabajo sobre él para ‘desaparecer’.

Él hizo el hechizo primero, pero antes de irse se quedó para explicarme y guiarme. Debía decirme las palabras del hechizo, pero era muy lento. Sus palabras no me sirvieron hasta que, ya desesperada, le oí decir algo acerca de una «tierra  más infinita», de un «mundo mas grandioso». Luego hizo pasó su dedo índice derecho sobre la primera falange del dedo anular izquierdo. Después acarició con dos dedos (índice y corazón) el dorso de su mano izquierda, haciendo la forma de una ‘V’.

Repetí las palabras e imité su gesto. Y en cuanto lo hice, senti que mis pies se desvanecían y comenzaba a sentirme mareada y sin fuerzas. Le dije: «Ya estoy lista, vámonos». Y dejamos que nuestro cuerpo completo resbalara por debajo de la cama, comenzando por los pies, hacia una nueva dimensión.

Descendimos lentamente hasta quedar sentados en el asiento de un teatro o cine. Y en la otra fila, a la derecha, veía a alguien muy querido, acompañado de una mujer.

Entonces, en la pantalla que estaba al frente de nosotros,  pasaron un reportaje acerca de el nuevo hobby de los asiáticos: volar sobre basureros. Fue entonces cuando lo recordé. Me volví hacia él, que estaba a mi lado y le dije, emocionada: «Soñé que volaba».

Otoño


Calle Misterios #11.

La casa junto al lago brillaba, antigua. Estábamos en la cocina de ese hogar conocido, mirando la puesta de sol (en otoño). Pero él no estaba.

Esa casa siempre será nuestra, no quiero olvidarla.

Yo había conocido a su padre.

Insistian en que nos quedáramos a dormir. Su abuela y su madre nos decían que la casa era enorme, que tomáramos uno de los muchos cuartos en vez de ir a un hotel. Pero él no quería, así que yo dije que no.

Desde entonces yo no era nada para él…

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Mi hermana y yo intentando actuar, saltando por un tubo y cantando. Yo lo hacía extremadamente mal y reíamos como antes, tiradas en el pasto sin importarnos la gente. Divertidas.