Finalmente, el viento enfriará el calor de mis mejillas, luego de que las lágrimas se evaporaran sobre ellas.
Y no quiero olvidar nada. Es como un sueño que se disuelve y del que quiero guardar detalles.
No dejo de preguntarme dónde estamos. ¿Será posible que su refugio sea este lugar en medio de la nada?
Por fin puedo verla. Creo que también el llanto ensució su cara. Creo que finalmente dejó de creer y dejó sus esfuerzos de acróbata para después.
Creo que por fin puedo entender.
Archivo del Autor: Carla Paola Reyes
Perdida
Me había perdido y estaba en una calle desconocida. Iba buscando a un hombre que me iba a proponer un negocio.
Llegué media hora antes para buscar el sitio. Pero la calle llena de personas, el polvo de las construcciones y los vendedores ambulantes no me dejaban ver dónde era.
Volví a la primera calle, y reconocí la tienda donde había ordenado un café hacía ya una hora. Ya eran las 2 y media, y la cita era a las dos. Imposible llegar.
Entonces entré a la casa de al lado. Era una casa desconocida, pero yo sabía que era de mi familia. De mi «otra» familia. Qué extraño… ellos me conocían y yo también, pero no éramos nada.
Entonces lo vi, pasando a mi lado con otra mujer. Tuve un sobresalto, pero me quedé callada. Solamente me atreví a mirarlo por detrás de la espalda de ella. Y él me miró también. Pero supe que, de cualquier modo, no había nada más que hacer.
La ciudad extraña a la orilla del mar
Yo nadaba en el mar y no era la única.
Miraba atrás y veía una gran ciudad perfilada contra el horizonte.
Los edificios extraños de esta ciudad, entre árabe y soviética, brillaban con la luz del ocaso. Había un edificio al centro que mostraba una media luna y un reloj. Era como un edificio de CNN, con titulares de noticias, pero escritas en árabe.
A su izquierda, había un edificio alto, ancho y recargado, como una especie de templo chino.
Había edificios modernos y rascacielos como los de Nueva York.
Pero por encima todo, destacaban unas estructuras altas en forma de postes con tres cruces. Podrían parecer como postes de electricidad, pero su propósito era otro. Eran una especie de monumentos: estructuras de control.
Eran doradas y deslumbraban bajo la luz del sol poniente. Yo no podía dejar de mirar la extraña ciudad que se alzaba justo a la orilla del mar.
Y mientras nadaba, comentaba con los demás que era la ciudad más fea que habíamos visto. Aunque en realidad no, simplemente era muy extraña.
(Aquí he tratado de representarla, con mis grandes limitaciones en el dibujo. La estructura que parece un árbol de Navidad gigante es en realidad lo que semejaba a un templo chino).
El fin del mundo y demasiadas cosas
Estaba en casa, sola. Estaba ocultando a alguien, pero luego se fue.
Me quedé en la cocina, preparando algo, mientras anotaba alguna cosa en el pizarrón. Y me di cuenta de que podía escribir bien aunque fuera un sueño. Escribía instrucciones para un juego y recuerdo bien que escribía: «1/2».
Luego oí ruidos en el cuarto de él. Se escuchaba como una respiración, pero yo estaba sola. Cuando iba hacia allá, vi que la olla estaba apagada y la perilla del gas abierta, desde hacía mucho rato. Y pensé que podria morir pronto envenenada por el gas, pero que esa respiracion habia querido advertirme.
Fui al cuarto y el teléfono estaba descolgado, todos los teléfonos lo estaban. Pero a pesar de ello, cuando alcé el auricular era su voz la que me decía que ya iba para la casa. Le pregunté: ¿A qué hora? porque yo ya estaba teniendo miedo. Las ventanas y las cortinas estaban abiertas y era de noche.
Luego estaba en un lugar grande como una gran hacienda o casa, y yo entraba a una tienda en la que un hippie vendía pipas de madera. Quería comprarle una y él me decía que las vendía respecto al peso (como si fueran de plata). Por una quería 700 y por la otra, 250. Le compré la segunda y le puso una estampa de una playa que era como las fotografías de Harry Potter y se movía.
Se tardó tanto en entregármela, que el lugar comenzó a llenarse y me di cuenta de que todos en la fila eran de mi familia. Todos tenían hambre porque la fiesta no empezaba y no daban de comer, y todo era por mi culpa. Cuando vi a todo el mundo pensé: «Bien, va a ser como otro día de mi boda (con todas las personas conocidas, pero sin pasar tiempo realmente con ninguna)». Pero esta vez no era mi boda, era un evento de mis papás, como su aniversario, y yo tenía que destacar como su hija, alguien decía. Pero yo estaba despeinada, sin bañar, en pijama y mi cuarto era un tiradero. Quise arreglarme, pero era imposible con tanta gente saludándome.
Fui a entregarle a ella la pipa, era un regalo para mi amiga. Dejé caer la caja que la contenía en medio del patio. Alguien se acercó para preguntarme qué era y yo no quise responder. Me eché a correr.
—-
Iba tarde para la escuela y estaba en un taxi con él. Me distraje y se me pasó la entrada de la escuela, así que en la siguiente esquina le dije al taxista que se detuviera. Traté de que él se bajara conmigo, pero estaba como perdido y el taxista también. Una señora más venía con nosotros en el taxi.
Yo tenía mucha prisa así que me bajé sola. El taxi siguió adelante. Me di cuenta de que habia dejado abierta la cajuela y fui a cerrarla. Entonces vi que la policia federal estaba enfrente, a bordo de varias patrullas.
Regresé de prisa hacia a la escuela, procurando que no se fijaran en mí. Pero al final de la calle me vieron y un agente me impidió el paso. Me dijo que el callejón estaba cerrado por el otro lado y que por eso no podía dejarme pasar. Sentí un miedo espantoso, creí que me habían descubierto (¿?). Pero entonces me dijo que finalmente parecía estar abierto y se quitó del paso.
Eché a correr y, no sé cómo, llegué a las escaleras del vestidor de las niñas de la Guay. Salí con cuidado y no vi a nadie: en el gimansio solamente se veía un profesor a lo lejos en la oscuridad. Entré a la pista y vi que había una clase: todos estaban en el suelo practicando posturas o estiramientos.
Entonces, histérica, comencé a gritarles que la policía estaba afuera y que yo creía que era el final de todo, «aunque sea alarmista hablar del fin del mundo porque luego no sucede nada, pero de todos modos yo estoy buscando a…» Y entonces lo vi a él en la clase y eso me tranquilizó. Me le abalancé en un abrazo desesperado. Estaba increíblemente feliz por hallarlo para pasar aunque fueran los últimos minutos del mundo juntos. Todos sonreían y aplaudían al ver el abrazo.
Pez gato
Mi gata negra nadaba como un pez en su pecera. Era diminuta y estaba empapada. Nos compadecíamos y la sacábamos, y ella empezaba a meterse debajo de las cobijas y de la alfombra. Hasta que la destapé. Entonces pasó algo extraño: creció (como Alicia), creció mucho, mucho, hasta que tuvo el tamaño de una niña grande.
Seguía siendo negra y peluda, pero tenía un vestido rosa brillante y una diadema con un moño sobre sus orejas puntiagudas. Estaba muy agresiva y comenzó a atacarnos. Tuvimos que salir del cuarto y la encerramos bajo llave.
——
Que se me reconocía algo, que un señor mayor me presentaba a varias personas sentadas ante una mesa. Yo hacía una reverencia antes de dar una gentil media vuelta y marcharme. Era célebre, pero modesta.
(Tratábamos de escalar por paredes y jardineras. Todo era como un laberinto y yo la guiaba a ella -quien fuera- hacia la salida).
Palabras
Nos damos lo que podemos,
nada más.
Sólo palabras, ahora
Quizás mañana (ya verás)
nos daremos nada.
A mí me basta
con una palabra.
Soy feliz
con la reafirmación
de que no me olvidas
jamás.
Caída en el vuelo
Estaba en casa de mi hermana. Era la época actual, pero su casa era el refugio que siempre fue en ese pasado. Ella no estaba, pero yo escuchaba sus discos, nuestros discos grabados, y me ponia sus lentes de contacto.
Su cuarto era distinto.
Los lentes me lastimaban, me habia puestos dos en un mismo ojo sin querer, y sentía dentro una pestaña. Fui a una tienda para comprar líquido y un estuche. Como siempre, fue la frustración de siempre: no me atendían, no me cobraban, me entregaban todo mal, en lugar de solución salina, me daban un líquido lavatrastres.
De vuelta en casa, en mi actual casa, veía un ratón en la cocina. Pero no era un ratón cualquiera, era mágico. Yo no quería que lo mataran, pero mamá sólo le había dejado la cabeza, y el resto de su cuerpo era ahora una canasta.
Luego, todos decían que los magos podían volar con escobas y me mostraban cómo. Pero yo sabía que podía volar sola, como siempre he volado. Así que alcé el vuelo en la cocina, luego por la sala, luego salí por la puerta, y en lugar de quedarme dentro, salí por la ventana que estaba a la derecha, directo hacia el gran patio. Estaba en el cuarto o quinto piso, y me dije a mí misma: sí puedo volar. Se sentía tan real como siempre. Pero esta vez, creo que tomé consciencia de la imposibilidad (no…) o no sé si fue la asociación con los magos, pero me fui en picada. Pero no me estrellé contra el piso. Creo que iba a remontar cuando desperté.

