Unaccomplished


Cerca del mar, estaba la familia reunida. Me decidí a nadar y sumergirme en esas olas saladas de la playa llena de gente.
Me lancé, pero en ese instante la gente (mis padres, mi abuela) comenzó a echarse hacia atrás, bloqueándome el paso.
La marea subió y cuando bajó de nuevo y la gente se fue, el mar era como una alberca vacía. Le pregunté a mi prima si siempre pasaba eso en Tampico.

Entré al edificio por algunas cosas o para pasar al baño. Mi intención era salir pronto para seguir con mi plan, pero un amigo nos pidió una foto a las tres chicas ahí presentes. Tardó tanto en tomarla que comencé a desesperarme.
Nos tomó 10 fotos y nos dijo que necesitaba 8 sesiones como esa. Comencé a quejarme y a desesperar, porque de nuevo no lograba completar nada de lo que me había propuesto.

Dead fish


Mi hermano tenía un pez extraño. Había empezado su vida en forma de un huevo, en una pecera redonda. Al salir de aquella rígida envoltura, se convirtió en un pez enorme y gordo.

Un día entré en su cuarto y encontré al pez muerto. Nadando junto a él, había un par de peces más pequeños y rallados. Le pregunté si el otro pez estaba muerto y me contestó que sí: el nuevo par había nacido del primero y ahora debían comerlo.

Mi casa antigua ante mis ojos: aquel cuarto, aquella familia, años atrás.

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Mi hermana me estaba enseñando a cocinar una ensalada César. Mientras lo hacíamos, veíamos fotos de su familia en un álbum.

Tanta alegría y vida en ella, siempre, aún en medio de su pesar…

Persecución en Nueva York


Que yo había arruinado el negocio de mi padre a causa de una carta que traduje. Sin saber el sentido, yo había dado información confidencial a sus rivales.

En los márgenes de la carta estaban escritos recados de amor nuestros de otros tiempos.

Estábamos en una plaza comercial. Mamá me mandó lejos a checar algún producto para que yo no escuchara el pleito empresarial.

Caminando por la tienda departamental, íbamos él y yo y un amigo que había reencontrado. Mientras ellos platicaban, yo me di cuenta de que nos seguían.

Los dirigí hacia la salida de la tienda, y nos encontramos en medio de una plaza en Nueva York. Frente a nosotros se alzaba el edificio de MetLife.

MetLife

Nos tendimos sobre el pasto y yo intenté tomar algunas fotos del edificio, pero una repentina nube de humo bloqueó la visibilidad. Entonces vi que una estructura había caído sobre el edificio ahora cubierto por una nube negra. Logré ver, con mi cámara, la cabeza de una estatua de piedra en medio de la estructura: era un barco, y el busto era de Poseidón.

De pronto el edificio fue cubierto por el agua, que se desbordó rápidamente hasta llegar a la plaza. Corrimos al interior de la tienda de nuevo.

Alcancé a ver un par de soldados con uniformes rojos y rifles venir hacia nosotros. Eché a correr hacia un elevador, desesperada, apreté los botones para lograr entrar antes que ellos.

Y así inició una larga persecución entre escaleras y elevadores. Al salir de uno, encontré a un viejo conocido impidiendo el paso. Supe que estaba perdida.

A través de trampas, alambres y cuerdas, consiguió hacerme subir por unas escaleras que conducían a donde esperaba, tranquilo y sonriente, su jefe.

Me amarraron, mientras él preparaba una especie de tortura que empezaría por los dedos de mis pies. Conseguí estirarme lo suficiente para alcanzar unas tijeras que enterré en su brazo sin pensarlo dos veces.

Corté mis amarras y salí corriendo hacia un elevador. Mis perseguidores parecían zombies en este punto. Yo les enterraba las tijeras una y otra vez, pero ellos parecían no sentir dolor. Sólo sangraban y se llevaban las manos a las heridas, mientras intentaban atacarme de nuevo.

Herí de muerte a tres o cuatro. La última que quedaba en la habitación blanca era una mujer embarazada. La acuchillé sin piedad hasta llegar a su vientre, entonces pensé que era mejor destruir aquello que llevaba antes de que naciera, ese monstruo… Enterré una y otra vez las tijeras hasta que el horror de la visión me hizo despertarme.

De nuevo en blanco


Sueños vagos… pero recuerdo algunas cosas.

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Estábamos en un departamento, mi departamento, pero era oscuro y las paredes amarillas manchadas de sangre o no sé …

Yo iba escaleras abajo, estaba preocupada e intentaba encontrar a alguien, al conserje.

Había pasado algo malo y el piso estaba manchado de lodo y tierra, de sangre.

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Estábamos en una comida familiar, pero tú no estabas a gusto, quizá te sentías fuera de lugar.

Sentado en las mesas de picnic, no supiste cuando llegué por tu espalda y te abracé. Tu besé hasta que te pusiste de buenas.

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Íbamos en una expedición por Chiapas o algún lugar al sur. Viajando en el carrito, miraba la selva a nuestro alrededor.

Todo era verde y exuberante, las hojas de los árboles eran tan grandes que yo sentí que era una pequeña hormiga en un jardín.

Caída al abismo


Apenas me había dormido cuando sentí que caía en un abismo. Más profundo que nunca, más fuerte que nunca.
Moví mis brazos y mis piernas en un intento frenético por aferrarme.
Mi corazón, palpitando a todo.
Creo que esta vez mi alma sí iba a lograr escapar de mi cuerpo.
Me desperté asustada, más asustada que nunca.
Por suerte aún estábamos abrazados, por suerte él aún estaba despierto.
Dijo que me cuidaría, pero yo tuve miedo de dormir de nuevo.
Y esta sensación de que nada es real…

Tanto tiempo


Habíamos ido a ver un partido de futbol, pero los dejamos jugar mientras platicábamos, sentados ante una mesa.

En esa escuela, mucha gente pasaba: mi prima, amigos, un hombre conocido que me miró, misteriosamente, subiendo la escalera (¿Lucía acaso mayor? ¿Tenía el cabello corto?).

Estaba tratando de trabajar en una laptop, pese a todas las interrupciones. De pronto, mi asiento comenzó a elevarse como en una especie de juego mecánico. Hasta que quedé a gran altura, donde por fin me dejaron trabajar sin interrupciones.

Pero las chicas que se estaban columpiando al otro lado pasaban tan cerca que iban a golpeame con sus pies. Decidí bajar. Y la caída fue una caída rápida, pero controlada, que me hizo recordar de nuevo un juego de la feria.

Los vigilantes que guardaban la entrada al edificio de oficinas me ayudaron a bajar del asiento. Me pidieron papeles para dejarme entrar.

Me apoyé en el escritorio para dárselos y entonces te vi. Me sorprendí porque en verdad eras tú, tu misma cara, tus ojos, tus manos tan grandes que envolvían completamente la mía cuando estaba triste, o que cubrían toda mi frente cuando trataban de liberarme de todas mis preocupaciones.

Te dije, sorprendida: «¿Qué haces aquí?» «Trabajo aquí», dijiste. Y yo me molesté porque me lo habías ocultado.

El vigilante presionaba por los papeles y con que debía pasar a hacerme un chequeo médico. Yo temía que te fueras de nuevo y te lo dije. El doctor comprendió y me dijo que podía esperar.

Te pregunté por qué no habías venido a verme y contestaste:  «No me deja». Dejé caer mi cabeza entre mis manos, por un momento derrotada. Pero me repuse enseguida para que vieras que eso no me importaba.

Seguía resentida sí, pero era más la nostalgia. Prometiste que ya no te ibas a ir.

Persecución sin miedo


Estábamos en un baño público cuando ellos entraron. Ellas dos consiguieron ocultarse tras los excusados, pero ya no había lugar para mí.Me agaché junto a la puerta y vi una salida de agua en el piso. Desatornillé la tapa con mis dedos.

Cuando ellos entraron, dirigí el agua caliente a sus uniformes militares antiguos y azules.

Todos cayeron al suelo, doliéndose de las quemaduras. No pude creer que había funcionado.

Salté sobre sus cuerpos y eché a correr por el pasillo. Por elevadores y escaleras logré salir de edificio.

Pasé por una ventana y encontré a una anciana frente un lavabo, lavando algo.

Antes de que volteara, tomé su cabeza de cabello gris y la giré para romper su cuello, como había visto hacer en las películas.

Sin embargo, no murió, incluso comenzó a hablar: quería dirigirme hacia algún lugar.
Yo estaba frustrada por hacerla sufrir y no haberla matado, así que tomé de nuevo su cabeza entre mis manos…

Saltando por azoteas y a través de ventanas rotas, una mujer me perseguía. Un traje de lycra envolvía su figura. Era una ninja.

Era demasiado fuerte y demasiado rápida para lo que yo podía soportar. Venía tras de mí, más cerca a cada momento.

Sin embargo, no tenía miedo. No sentía la conocida aprehensión que sufro en las persecuciones cuando vengo a la realidad alterna.

En un punto me detuve y la encaré. Estábamos las dos de pie, solas, en la azotea desierta.
Le dije: «Eres mejor que yo, lo reconozco. Déjame vivir para aprender de ti». Ella aceptó.

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