(Soñé que) recorría calles llenas de castillos y altos edificios.
Hermosos, majestuosos, antiguos, con columnas blancas,
con ventanas polarizadas, brillantes de luz artificial en medio de la noche,
respectivamente.
(Soñé que) recorría calles llenas de castillos y altos edificios.
Hermosos, majestuosos, antiguos, con columnas blancas,
con ventanas polarizadas, brillantes de luz artificial en medio de la noche,
respectivamente.
Estaban mis ojos dormidos
y también el cabello estaba
rendido y quieto sobre la almohada.
El polvo caía sobre mi piel
a cada respiro,
y yo sólo soñaba
contigo.
Está todo dispuesto:
se ha pagado el precio,
se ha subido la escalera,
se cierra la puerta,
se ahuyenta la luz que molesta
—cortinas—
a los que se aman o se amaban,
y hoy se buscan entre sombras,
y se encuentran en la lucha,
como amantes, a ratos,
como fieras,
encerrados en un cuarto
y en un trance
donde poca luz se filtra.
—ventanas—
Solo ruidos, no palabras,
la incoherencia y el aliento
cálido sobre la almohada
y sobre la piel descubierta
de nosotros, los que se aman
o de los que hace no mucho
aceptaban que se amaban.
Jamás existió el tiempo,
ni el posible presente,
ni el ayer.
Sólo fue
un reloj de arena
que se deja disolver
(entre mis piernas).
Sólo fue el tiempo robado
al desesperante tic tac
de los relojes de tu infierno
y de mis escaleras.
Nunca fue el tiempo,
ni el otro, ni tú.
Nunca fueron tus manos,
fui yo
la que eligió la ruta a la nada,
el reloj sin mañana,
el futuro sin esperanza,
el perdón.