Sombrero de espinas


Estaba caminando por una calle oscura. Lloraba mi propia muerte. Recuerdo con claridad que estaba devastada, por la muerte de alguien, y ese alguien era yo misma.

Al final de ese callejón, encontré lo que buscaba: un ‘sombrero de espinas’, entretejido con tallos secos de rosas.

Debía colocarlo en mi cabeza.

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Estábamos todos discutiendo.

No recuerdo bien el motivo, simplemente recuerdo que yo le dije a alguno de los dos: ‘¡Ya no digas más eso!’

Entonces tomé una silla de madera, y golpeé al hombre varias veces en la cabeza. La silla simplemente se rompió. En realidad, nadie salió herido.

Trepé a una parte superior de la habitación. Como una barra de concreto que estaba casi rozando el techo de la cocina. Era algo que solía hacer antes de ir a la escuela, para tomar mi lunch o algo así.

Cuando miré hacia abajo vi a un prima que había regresado, que había logrado dejar al hombre que la maltrataba. Bajé corriendo y la abracé con todas mis fuerzas.

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La escuela. Llegaba tarde a una clase y atravesaba el enorme campus corriendo a toda velocidad.

Subí por un elevador y entré a una sala de cómputo para imprimir un trabajo. Un chico guapo me explicó un par de cosas sobre la impresora.

Corrí hacia el salón, sin saber muy bien en qué parte del laberíntico edificio estaba. Vi a una vieja amiga y supe que el salón estaba allí. Me animaron a entrar, pese a que ya habían pasado 45 minutos de clase.

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Otra vez la escuela. Varios compañeros huyeron de la clase de aquella maestra estricta. Logre sentarme junto a aquel niño. Me hacía reír mientras sacaba los cuadernos de mi papelera.

El resto de los alumnos boicoteamos la clase. Todos dijimos que debíamos salir por algo fuera del salón. Salimos corriendo justo a tiempo para que la maestra no nos viera.

En una sola noche


En casa de alguien más, una amiga. Iba a quedarme a dormir un par de días para ayudarla.

Me señaló un cuarto y me dijo: “Puedes quedarte ahí”. Me indicó dónde estaba el baño y entré.

Había ratas por todos lados. Grandes, grises. Y además, unos animales extraños corrían y volaban por doquier. Eran como grandes peces, de cuerpos blancos y viscosos, con ojos redondos y sin párpados, pero con una mancha verde en la cabeza, y peor, con alas.

Me asusté. Llamé a mi amiga, espantada y escandalizada. Ella sólo le restó importancia: “Sí, no te preocupes, allí están todo el tiempo”. Sin su ayuda, traté de matar a las ratas y a los peces voladores con el mango de un recogedor de metal. Les daba justo en la cabeza, pero no morían.

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Cuando salí al patio, ya estaban buscándome. Me llamaban a gritos para decirme que el ensayo de la boda de mi amiga estaba a punto de comenzar.

Bajé vestida como estaba, volando a través de las ventanas y de los árboles del jardín. Luego, subí volando a la azotea.

Me di cuenta de que no llevaba mi vaporoso vestido de dama. Así que saqué mi varita y le di varias vueltas a mi alrededor, mientras murmuraba un conjuro. Y el vestido apareció alrededor de mí, ante la mirada sorprendida de las demás personas en el ensayo.

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Me estaba bañando, para alistarme para la boda, creo, en un baño que era una mezcla de los de antiguas casas que conocí. Había una tortuga en la jabonera, viva. Había tostadas en la repisa de la esponja.

Se abrió la puerta y me di cuenta que varios muchachos me observaban, riendo. No me importó tanto. Alguien cerró la puerta.

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Paloma estaba allí, como la recuerdo de niñas, sólo que sin el hilito. Su cabello castaño y su fleco crespo. Hablaba acerca de sus creencias, a mí me sonaba un poco a un culto. Por un momento, tuve la impresión de que habíamos crecido juntas.

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Una carrera con carritos de supermercado. Mi primo y yo rodábamos cuesta abajo en las rampas del gran edificio, muertos de la risa.

Quise regresar y volver al pasillo por donde había entrado. No encontré la manera. Los lugares, frecuentemente, son laberintos para mí, y sobre todo en los sueños.

Sólo encontré habitaciones oscuras con paredes rojas, de las que varias manos salían entre los barrotes de las ventanas. Prisiones. Una mujer me dijo que no podría volver a donde había estado antes. No tuve más remedio que irme.

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Me despedí de mis papás y les prometí que conseguiría a alguien que me llevara sana y salva a casa.

Tomé un camino conocido, mientras le llamaba a él por teléfono. Dijo que sí, que por supuesto me acompañaría.

Sentados en el viejo camión blanco, me contaba sonriendo una historia, mientras la luz de la tarde todavía brillaba intensa.

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Despertar en una casa que por un momento me pareció totalmente desconocida en la oscuridad. Con una tonada en mi cabeza:

When every is dancing

I don’t want to

When everybody is toying

I don’t want to

When everybody is laughing

I don’t want to

Everybody but me

When everybody is drinking

I don’t want to

When everybody is using

I don’t need more

When everybody is floating

I don’t want to

Everybody but me

Retazos de sueños


Que estaba de pie junto a una ventana, mirando hacia afuera. Llevaba un vestido café que me quedaba perfecto. Aún no se notaba, pero yo sabía que estaba embarazada y no podía esperar para soltar la noticia en medio de la comida familiar. Una alegría tranquila, una paz contenta.

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Que caminábamos por una ciudad con edificios modernos que se perdían en las alturas. Cruzábamos un semáforo cuando vi, en medio de la calle, el torso y la cabeza de un jabalí petrificado en una especie de gel. Espantada, noté que estaba vivo porque parpadeó. Nadie parecía ponerle atención.

No tuve mucho tiempo de horrorizarme por eso, porque entonces vi unos pequeñísimos ratones en el suelo. Estaban cubiertos de pelos pegajosos. Comenzaron a subirse sobre mi esposo, sobre sus piernas y su ropa. Quise quitárselos de encima con algunos manotazos, pero también estaban encima de mí, por todos lados. Echamos a correr y desperté.

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Baños. Cada noche sueño que debo encontrar un baño. Y todos están sucios u ocupados, o no cierran. Siempre tengo prisa.

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Me desperté con un sabor a sal en la boca. Era tan intenso, que al despertar tuve que buscar algo dulce que comer.

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Que conocía a Bono. 🙂 Estaba en un edificio al que un amigo mío me dejó entrar. Fui a pedirle un autógrafo. Me lo dio y comenzamos a hablar. Lo tomé de las manos, lo abracé y le expliqué lo que significaba para mí.

Él se veía cansado y enfermo, y no quería salir a enfrentar a la gente. Logró escabullirse en un auto y me dijo que subiera. Lo hice, pero me bajé unas cuadras adelante porque tenía que volver. Antes de irme lo besé en la boca.

Salí corriendo por una ciudad desconocida, pero que me era vagamente familiar.