Puertas y guerra


Estábamos en la segunda guerra. Nos escondíamos detrás de un par de edificios altos, de aspecto bastante moderno. Me habían cortado todo el cabello. Enfundados en uniformes de camuflaje y todos rapados, incluso nos parecíamos. Así era más fácil hacerme pasar por un chico para intentar la huida. Pero en el último momento, todos nos pusimos pelucas multicolores. No sé la razón, pero parecía ser la última oportunidad de alegría en nuestras vidas.

Me dispuse a correr entre la lluvia de balas que caería en cuanto nos divisaran desde las torres de vigilancia…

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Limpiaba de espinas a un pequeño bebé. Había tocado sin querer un cactus y  había quedado cubierto. Cuando terminé, lo acosté en su cuna. Me asombré de su mínimo tamaño.

Entré a una panadería. Buscando pan, comencé a caminar por un pasillo que mostraba puertas traslúcidas a ambos lados. Pensé que sería el sitio ideal para el negocio de mis sueños.

Me decidí a abrir una puerta y encontré que la pequeña habitación conducía a una puerta idéntica a la primera, y del mismo modo, a una tercera puerta y a una cuarta.

Me aseguré de que nadie me veía, y abrí la primera, la segunda y la tercera puerta. Y cuando llegué a la cuarta, supe que iba a encontrar aquello que estaba buscando: la respuesta, la revelación.

Pero justo cuando di vuelta a la manija, el despertador sonó , disparando mi frustración.

Quiero ver que hay detrás.

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Ella quería traficar droga. Intentamos disuadirla todos, pero ya la habían convencido. Sin embargo, yo sabía que aún tenia oportunidad de escapar de eso. Aceptó hablar con mi padre. Estaba desesperada y creo que iba a ceder ante sus argumentos.

Perdida


Me había perdido y estaba en una calle desconocida. Iba buscando a un hombre que me iba a proponer un negocio.

Llegué media hora antes para buscar el sitio. Pero la calle llena de personas, el polvo de las construcciones y los vendedores ambulantes no me dejaban ver dónde era.

Volví a la primera calle, y reconocí la tienda donde había ordenado un café hacía ya una hora. Ya eran las 2 y media, y la cita era a las dos. Imposible llegar.

Entonces entré a la casa de al lado. Era una casa desconocida, pero yo sabía que era de mi familia. De mi «otra» familia. Qué extraño… ellos me conocían y yo también, pero no éramos nada.

Entonces lo vi, pasando a mi lado con otra mujer. Tuve un sobresalto, pero me quedé callada. Solamente me atreví a mirarlo por detrás de la espalda de ella. Y él me miró también. Pero supe que, de cualquier modo, no había nada más que hacer.

La ciudad extraña a la orilla del mar


Yo nadaba en el mar y no era la única.

Miraba atrás y veía una gran ciudad perfilada contra el horizonte.

Los edificios extraños de esta ciudad, entre árabe y soviética, brillaban con la luz del ocaso. Había un edificio al centro que mostraba una media luna y un reloj. Era como un edificio de CNN, con titulares de noticias, pero escritas en árabe.

A su izquierda, había un edificio alto, ancho y recargado, como una especie de templo chino.

Había edificios modernos y rascacielos como los de Nueva York.

Pero por encima todo, destacaban unas estructuras altas en forma de postes con tres cruces. Podrían parecer como postes de electricidad, pero su propósito era otro. Eran una especie de monumentos: estructuras de control.

Eran doradas y deslumbraban bajo la luz del sol poniente. Yo no podía dejar de mirar la extraña ciudad que se alzaba justo a la orilla del mar.

Y mientras nadaba, comentaba con los demás que era la ciudad más fea que habíamos visto. Aunque en realidad no, simplemente era muy extraña.

(Aquí he tratado de representarla, con mis grandes limitaciones en el dibujo. La estructura que parece un árbol de Navidad gigante es en realidad lo que semejaba a un templo chino).

http://china.pordescubrir.com/el-templo-del-cielo-en-beijing.html

El fin del mundo y demasiadas cosas


Estaba en casa, sola. Estaba ocultando a alguien, pero luego se fue.

Me quedé en la cocina, preparando algo, mientras anotaba alguna cosa en el pizarrón. Y me di cuenta de que podía escribir bien aunque fuera un sueño. Escribía instrucciones para un juego y recuerdo bien que escribía: «1/2».

Luego oí ruidos en el cuarto de él. Se escuchaba como una respiración, pero yo estaba sola. Cuando iba hacia allá, vi que la olla estaba apagada  y la perilla del gas abierta, desde hacía mucho rato. Y pensé que podria morir pronto envenenada por el gas, pero que esa respiracion habia querido advertirme.

Fui al cuarto y el teléfono estaba descolgado, todos los teléfonos lo estaban. Pero a pesar de ello, cuando alcé el auricular era su voz la que me decía que ya iba para la casa. Le pregunté: ¿A qué hora? porque yo ya estaba teniendo miedo. Las ventanas y las cortinas  estaban abiertas y era de noche.

Luego estaba en un lugar grande como una gran hacienda o casa, y yo entraba a una tienda en la que un hippie vendía pipas de madera. Quería comprarle una y él me decía que las vendía respecto al peso (como si fueran de plata). Por una quería 700 y por la otra, 250. Le compré la segunda y le puso una estampa de una playa que era como las fotografías de Harry Potter y se movía.

Se tardó tanto en entregármela, que el lugar comenzó a llenarse y me di cuenta de que todos en la fila eran de mi familia.  Todos tenían hambre porque la fiesta no empezaba y no daban de comer, y todo era por mi culpa.  Cuando vi a todo el mundo pensé: «Bien, va a ser como otro día de mi boda (con todas las personas conocidas, pero sin pasar tiempo realmente con ninguna)». Pero esta vez no era mi boda, era un evento de mis papás, como su aniversario,  y yo tenía que destacar como su hija, alguien decía. Pero yo estaba despeinada, sin bañar, en pijama y mi cuarto era un tiradero. Quise arreglarme, pero era imposible con tanta gente saludándome.

Fui a entregarle a ella la  pipa, era un regalo para mi amiga. Dejé caer la caja que la contenía en medio del patio. Alguien se acercó para preguntarme qué era y yo no quise responder. Me eché a correr.

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Iba tarde para la escuela y estaba en un taxi con él. Me distraje y se me pasó la entrada de la escuela, así que en la siguiente esquina le dije al taxista que se detuviera. Traté de que él se bajara conmigo, pero estaba como perdido y el taxista también. Una señora más venía con nosotros en el taxi.

Yo tenía mucha prisa así que me bajé sola. El taxi siguió adelante. Me di cuenta de que habia dejado abierta la cajuela y fui a cerrarla. Entonces vi que la policia federal estaba enfrente, a bordo de varias patrullas.

Regresé de prisa hacia a la escuela, procurando que no se fijaran en mí. Pero al final de la calle me vieron y un agente me impidió el paso. Me dijo que el callejón estaba cerrado por el otro lado y que por eso no podía dejarme pasar. Sentí un miedo espantoso, creí que me habían descubierto (¿?). Pero entonces me dijo que finalmente  parecía estar abierto y se quitó del paso.

Eché a correr y, no sé cómo, llegué a las escaleras del vestidor de las niñas de la Guay. Salí con cuidado y no vi a nadie: en el gimansio solamente se veía un profesor a lo lejos en la oscuridad. Entré a la pista y vi que había una clase: todos estaban en el suelo practicando posturas o estiramientos.

Entonces, histérica, comencé a gritarles que la policía estaba afuera y que yo creía que era el final de todo, «aunque sea alarmista hablar del fin del mundo porque luego no sucede nada, pero de todos modos yo estoy buscando a…» Y entonces lo vi a él en la clase y eso me tranquilizó. Me le abalancé en un abrazo desesperado. Estaba increíblemente feliz por hallarlo para pasar aunque fueran los últimos minutos del mundo juntos. Todos sonreían y aplaudían al ver el abrazo.

Caída en el vuelo


Estaba en casa de mi hermana. Era la época actual, pero su casa era el refugio que siempre fue en ese pasado. Ella no estaba, pero yo escuchaba sus discos, nuestros discos grabados, y me ponia sus lentes de contacto.

Su cuarto era distinto.

Los lentes me lastimaban, me habia puestos dos en un mismo ojo sin querer, y sentía dentro una pestaña. Fui a una tienda para comprar líquido y un estuche. Como siempre, fue la frustración de siempre: no me atendían, no me cobraban, me entregaban todo mal, en lugar de solución salina, me daban un líquido lavatrastres.

De vuelta en casa, en mi actual casa, veía un ratón en la cocina. Pero no era un ratón cualquiera, era mágico. Yo no quería que lo mataran, pero mamá sólo le había dejado la cabeza, y el resto de su cuerpo era ahora una canasta.

Luego, todos decían que los magos podían volar con escobas y me mostraban cómo. Pero yo sabía que podía volar sola, como siempre he volado. Así que alcé el vuelo en la cocina, luego por la sala, luego salí por la puerta, y en lugar de quedarme dentro, salí por la ventana que estaba a la derecha, directo hacia el gran patio. Estaba en el cuarto o quinto piso, y me dije a mí misma: sí puedo volar. Se sentía tan real como siempre. Pero esta vez, creo que tomé consciencia de la imposibilidad (no…) o no sé si fue la asociación con los magos, pero me fui en picada. Pero no me estrellé contra el piso. Creo que iba a remontar cuando desperté.

Búsqueda en la playa blanca


Estaba en una playa muy pequeña que terminaba contra un muro blanco, apenas unos metros más allá de la orilla del mar.

Yo estaba sentada sobre la mínima franja de arena, conversando en inglés con una niña.

Le explicaba que mi hermano era salvavidas y estaba con un grupo buscando a una mujer que se había perdido en el mar. Su imagen aparecía en todas las pantallas: cara redonda, cabello muy corto, de unos 30 o 40 años, ojos azul aguamarina extremadamente claros, dos hijos.

Aunque yo no era salvavidas, tenía la tarea de entrar al mar por ratos para buscarla.

En una de las incursiones encontré una caja blanca. Tuve miedo de que ella estuviera dentro, ahogada. Pero al abrirla me encontré con sólo unicel, hulespuma y varios jabones.

Me desperté escuchando en mi cabeza la canción de «For whom the bells toll» de los Bee Gees. (So sad…)

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Viajaba en un camión. Todos me miraban, pero yo miraba sólo a un hombre. Me resultaba conocido, pero no podía recordar.

Cuando vi el cartel pegado en el vidrio, todo quedó claro:  era un agente encubierto. Me guiñó el ojo para darme a entender que era verdad que él era un agente del FBI y traía prisionero al sujeto que estaba sentado a su lado. Bajé del camión, un poco nerviosa porque sentía que en realidad él era el criminal.

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Flash: Michel nos llevaba por una carretera brasileña. El amplio camino de seis carriles (ida y vuelta) en Sao Paulo era muy semejante a un periférico o a Tlalpan.

Flash: Fuimos a Tepoztlán de nuevo. Nos llevaron a conocer la casa de una familia que vivía en el borde de un pequeño bosquecito. Pobres, pero con la naturaleza a la puerta de su casa. Mucha riqueza en ello. Buscábamos algo con sus niños, en el suelo y en las copas de los árboles. Creo que eran pequeñas frutas rojas.