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Acerca de Carla Paola Reyes

Editora general de Editorial Salto al reverso. Mi objetivo es fomentar mi crecimiento profesional y personal impulsando a escritores y artistas para que publiquen sus propios libros. Soy editora general de la Editorial Salto al reverso, que publica obras de poesía, relato y artes plásticas en inglés y en español.

Escenarios de guerra


No he olvidado del todo todas las maquinaciones de la guerra y la maldad inherente. Ejércitos de niños y de gente inocente.

Y yo solamente escabulléndome entre la hierba, acechando, escondiéndome, con un rifle en mi mano.

Encontré un buen sitio para disparar, cual francotiradora. La tenía a ella en la mira, la reina. La reina escondida en una casa destartalada en las afueras de la ciudad. Pero me di cuenta a tiempo de que era un engaño: ella era sólo un señuelo. La verdadera reina estaba lejos y a salvo, fuera del alcance de mi rifle.

Y luego ustedes contándome que seis niños murieron en la emboscada del otro día, mientras yo trato siempre de encontrar un baño limpio en estos refugios de mierda.

Cuando llegamos a los cuarteles de la Marina todo era limpio, blanco y reluciente. Justo como debía ser, justo como su cultura. Los soldados orgullosos con sus uniformes impecables, paseando a la orilla del muelle.

Y tú y yo planeando una cita de amor mientras la guerra se gestaba.»¿Qué pensará la gente de nosotros?», me pregunté.

Avances


Estábamos en un restaurante, entre las mesas sobre la banqueta. Me fijé en que había dos mesas cuyos comensales tenían rostro de animales: en una mesa, gatos; en la otra, perros. Lentamente, comenzarían a propagarse.

Un hombre se me acercó para contarme algo acerca de un libro suyo que habían publicado en Madrid. Me hablaba en inglés, porque estábamos en Nueva York. Le dije que hablaba español y que yo también escribía. Intenté darle mis datos, pero tardé tanto en escribirlos que lo fastidié. En un asunto de cinco minutos tardé media hora. Así que se fue, molesta. Porque para ese momento ya era una mujer. Le dije que no olvidará su brillante chal dorado y me hizo una mueca.

Pero lo curioso es que me di cuenta, en el sueño, de mi frustrante tardanza, y por consiguiente, me di cuenta de que estaba soñando. Le dije a un amigo que estaba ahí: «Otra vez estoy soñando que no logro terminar lo que quiero hacer».

Tercera guerra


Nos enviaban a la guerra, a los civiles. Él y su familia también estaban en el lugar de concentración antes de la batalla. Era un sitio grande, un complejo tercermundista: en las habitaciones amplias y abiertas había viejas camas y sillones para descansar.

El primer batallón salió a combatir en un puerto, como en la Segunda Guerra Mundial. Desde las alturas del complejo podíamos ver a los hombres y mujeres salir con un rifle en la mano sin la menor idea de lo que estaban haciendo. Las luces de las ráfagas de los enemigos iluminaban sus caras asustadas y los charcos de sangre en el piso. Había mucha gente joven.

Separé mi mirada de la batalla que tenía lugar en medio de los altos edificios de la ciudad que daba hacia el mar.

Nuestro batallón debía salir dos horas después de aquel primer ataque.

Yo comencé a reunir mis cosas para estar lista para el llamado, pensando en lo injusto que era enviar a los civiles a pelear. Pero era una orden y debíamos obedecer.

En un sillón, estaba sentado un hombre de unos sesenta años, un general. La madre de mi esposo se acercó a dejarle un paraguas. Conversé un momento con él. Estaba desconsolado y lloraba como un niño.

Traté de alejarme y me rogó que me quedara. Le dije que estaría a unos cinco pasos en aquel cuarto de baño comunal. Dejó de llorar cuando se convenció de que desde allí podría verme.

Fui a maquillarme ante ese espejo: sombras moradas y plateadas brillantes colorearon mis ojos, pese a que creí que era una mala idea maquillarse para la guerra.

Reuní mis cosas y estuve a tiempo antes del llamado.

Fui a la habitación enorme que servía de cuarto y su madre me contó que su familia había sido citada para revisar su casa en busca de mantenimiento de drogas. Ella trató de negarse, pero los pequeños frutos rojos sí estaban en su casa y estaba muy preocupada.

Nos dirigimos al amplio patio a esperar nuestro llamado al combate. En medio, se desarrollaba un show para el Rey. Trucos de magia y acrobacias para complacerlo, pero también ridiculizarlo.

Cuando empezó la música, una mujer de cabello oscuro lo sacó a bailar a él, retándome. Yo di media vuelta y me alejé para no ver más.

En la plaza, la gente decía entre rumores que nuestra batalla se había cancelado. Que la nueva estrategia era mandar al ejército fuera de Europa, a Siberia o algún lugar lejano.

Me sentí aliviada de no tener que luchar por el momento, pero temerosa de viajar a algún lugar más remoto que Europa.

Entré al enorme cuarto de baño, que tenía una estética dentro. Los pisos estaban cubiertos de sangre y en la esquina un paquete grande de droga. En segundos, el lugar se lleno de militares que buscaban al traficante, pero en el lugar sólo quedaba yo.

brian.ch

Sino


Desperté por segunda vez:
la luz del sol sobre mis ojos,
tenuemente filtrada
como un atardecer de playa.
Y quise saber si será éste mi sino:
despertar sin querer
de un sueño que me da alivio,
estar consciente sin querer
del dolor retrospectivo
sin saber muy bien por qué.
Por favor, sólo calma,
sólo una venda de luz sobre mi alma.
No pido más…
ya nada.

Unaccomplished


Cerca del mar, estaba la familia reunida. Me decidí a nadar y sumergirme en esas olas saladas de la playa llena de gente.
Me lancé, pero en ese instante la gente (mis padres, mi abuela) comenzó a echarse hacia atrás, bloqueándome el paso.
La marea subió y cuando bajó de nuevo y la gente se fue, el mar era como una alberca vacía. Le pregunté a mi prima si siempre pasaba eso en Tampico.

Entré al edificio por algunas cosas o para pasar al baño. Mi intención era salir pronto para seguir con mi plan, pero un amigo nos pidió una foto a las tres chicas ahí presentes. Tardó tanto en tomarla que comencé a desesperarme.
Nos tomó 10 fotos y nos dijo que necesitaba 8 sesiones como esa. Comencé a quejarme y a desesperar, porque de nuevo no lograba completar nada de lo que me había propuesto.

Dead fish


Mi hermano tenía un pez extraño. Había empezado su vida en forma de un huevo, en una pecera redonda. Al salir de aquella rígida envoltura, se convirtió en un pez enorme y gordo.

Un día entré en su cuarto y encontré al pez muerto. Nadando junto a él, había un par de peces más pequeños y rallados. Le pregunté si el otro pez estaba muerto y me contestó que sí: el nuevo par había nacido del primero y ahora debían comerlo.

Mi casa antigua ante mis ojos: aquel cuarto, aquella familia, años atrás.

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Mi hermana me estaba enseñando a cocinar una ensalada César. Mientras lo hacíamos, veíamos fotos de su familia en un álbum.

Tanta alegría y vida en ella, siempre, aún en medio de su pesar…