El funeral de Jesucristo


(Oh, este sí supera a todos…)

Estaba en el funeral de… Jesucristo.

Era uno de esos velorios tipo gringo, en los que la gente se sienta en sillas de frente al ataúd. Y allí estaba el ataúd de Él.  A mi lado izquierdo estaba sentado el Diablo. Era un tipo elegante y seductor, algo así como un Mauricio Garcés: traje gris, bigote puntiagudo y un gran porte.

Se recargó contra la silla, hasta quedar casi acostado y encendió un cigarro de mariguana. Al fumar, llenó el ambiente de humo. Me sentí drogada sólo de respirar. Yo era la encargada de decir el discurso para despedir al difunto y me preocupé porque no podía recordar nada de lo que quería decir, de lo que había planeado decir.

Salí al pasillo en busca de aire fresco.. quise entrar a un baño para mojar mi cara y recuperar mis ideas, pero Lucifer, con su encantadora presencia, venía tras de mí. No supe más.

………….

En otro sitio, una gran escuela, los jóvenes era acarreados por órdenes de los profesores o directores. Yo trataba de escabullirme, confundiéndome entre el mar de gente.

Logré meterme a un pasillo sin ser vista y llegué a un dormitorio. Me asome a la ventana para tratar de calcular si seguiría viva después de saltar. Estaba demasiado alto. A ambos lados de la ventana existían escalerillas, pero no alcanzaría a llegar a ellas. Abandoné la idea.

Aún a escondidas llegué a una habitación, era de una de las directoras. Vi una ventana abierta, serían acaso treinta centímetros lo que medía. Me lancé a través de ella y me abrí paso con todas mis fuerzas hasta lograr atravesarla.

Caí sobre el pasto en un jardín interior a la casa. Salté la barda que era muy baja y me alejé corriendo del sitio donde los otros jóvenes quedarían presos de una ideología ajena.

Tres muertes y (de nuevo) el Apocalipsis


Parte I

En un refugio, la gente se apilaba en camas y literas a los lados de una larguísima habitación.

Nosotros dos luchábamos por un poco de agua. Una mujer amable nos sirvió de una jarra el liquido naranja con hielos, en pequeños vasos. Les llevábamos a los otros, nuestras respectivas parejas.

Yo sólo quería dormir, pero me hicieron subir a un coche. Yo iba en el asiento de atrás con la otra chica.

Al salir del refugio, tomamos una calle principal.

Del lado izquierdo, vimos una iglesia enorme, incendiándose. Tenía varios edificios, en unos de ellos la piedra gris se enrojecía por el fuego; en otros, las llamas trepaban por las paredes. Rodeada de humo, se veía sin colores. De hecho, toda la ciudad carecía de color, todo estaba en una gama de negros, grises y azules.

Las nubes de las formas mas extrañas surcaban el cielo, presagiando algo malo. Alcancé a verlas al pasar por una glorieta, desde donde se alcanzaba a ver el horizonte.

Un ser volador apareció en el cielo, tenia forma de dragón y era enorme. Al caer y posarse con fuerza en el suelo, se convirtió en una especie de robot. Caían varios de ellos.

Supliqué al conductor que fuera más rápido, pero las máquinas seguían cayendo. Se creó un caos entre el sonido de sirenas de las policías y ambulancias, los seres metálicos que aterrizaban y rodaban por las calles, las personas corriendo y los agentes intentando alcanzar en sus motocicletas a las máquinas.

Sentí que ese era el fin del mundo, podía prever como todo se encaminaba al desastre a mi alrededor y quería ver más, quería verlo todo, quería ver el final.  Pero sonó la maldita alarma y, de nuevo, me desperté con el sabor a sangre en mi boca.

Sigue leyendo

Casa embrujada


Estábamos en peligro, en una casa dominada por una fuerza que nos trataba de controlar: un espíritu, un fantasma.

Comúnmente se diría que la casa estaba embrujada. Pero es difícil traducir en palabras lo que sentí allí.

A través de las ventanas veíamos lo que sucedía abajo, afuera, fingiendo alegría, pero en el fondo asustados.

Algunos pidieron salir, subieron a un auto pero no me permitieron ir con ellos. Así que me quedé en ese laberinto de habitaciones.

Me percaté de que mi prima no estaba y comencé a buscarla desesperadamente porque temía quedarme sola. La encontré dormida en una cama, debajo de un montón de sábanas y cobijas. La desperté gritando y la llevé conmigo a buscar al espíritu.

Entramos a una habitación y nos llamó la atención una puerta. Al abrirla en silencio descubrimos que era un baño. En la regadera, medio oculto por una cortina de baño, había alguien, de quien sólo se alcanzaban a ver los pies descalzos.

Salimos despavoridas, pero sabíamos que nos había visto y que ahora controlaba nuestra mente: nos mostraba ilusiones como nuestros reflejos en una habitación en la que no había espejos.

La única forma de vencerlo era a través de engaños, mostrándole mentiras, … y con las esferas verdes también.

Autodeterminación


En un pasillo con un infinidad de puertas, unas daban a salones tan grandes como un auditorio y a otras a cuartos como de hotel.

Un sentimiento de enojo me hizo escapar de mi habitación para demostrar que yo podía ir a lugares en los que no solía estar.

Camine por el corredor vacío alumbrado por la luz del sol. Sólo yo y mi coraje, y mi deseo de liberación. Decidir el rumbo de mis pasos otra vez.

Entonces oí una voz infantil. Al acercarme, descubrí que hablaba de espíritus de muertos. Entré con cuidado y miedosa al salón de clases desierto. Convencí al niño de salir, y luego de irse conmigo. Él necesitaba ayuda inmediata debido a su abandono y desnutrición. Lo entregué a los doctores mientras se retorcía en nuestros brazos.

Regresé a uno de mis sitios, un salón de clases o lugar de trabajo donde solía aportar algo. Pero hoy no, me dije. No quería saber nada de ellos ni de sus discusiones, me regocijaba en el pensamiento de dejarlos sin mí. Todo seguiría sin mí, de cualquier modo, pero quería que sintieran mi ausencia.

Salí al pasillo esta vez oscuro y entré en la primera puerta que llamó mi atención. Tuve que descolgarme, sosteniéndome de los brazos para apoyar mis pies en lo que resultó ser una banca de madera.

Era una iglesia enorme y vieja. La oscuridad iluminada por velas contrastaba con la idea de la luz que se adivinaba afuera.

En una banca encontré a dos niñas, dos chicas de mi edad con las que entablé una conversación. Fue como si estableciéramos un lazo, un pacto. Les di mis datos y les prometí que regresaría para hacer realidad ese proyecto que me liberaría de donde estaba, de todo lo mío.

Misión


Estábamos en un supermercado tratando de pasar inadvertidos. De cierto modo, estábamos cazando a unos hombres… malos. La misión era negociar con ellos y ganarnos su confianza.

Él se acercó a ellos y me dejó esperando escondida. Después de hablar lo retuvieron por la fuerza.

Salí de allí, y en un parque me encontré contigo. Nos sentamos en una banca de piedra y te conté sobre el secuestro y lo preocupada que estaba. Sus padres me preguntaron por él, les dije que no le llamaran, que era esencial para que pudiera salir con vida de la misión, que ellos no sospecharan nada.

Luego estaba en el trabajo, hablaba contigo por el messenger y me sentía aturdida de tanto trabajo y pendientes. Además estaba en un nuevo lugar y con nuevas personas.

Entonces él volvió y traía una silla de ruedas. Fuimos por el lugar robando cosas y divirtiéndonos.

 

Muerte


Estábamos en una especie de hacienda, arreglando cosas de la boda. Yo me metí en un pleito con dos de las invitadas que estaban en un jardín enorme. Entré corriendo a la casa por los pasillos para escapar de ellas.

Me seguía un hombre, en uno de los cuartos me alcanzó; traía una pistola y no dejaba de apuntarme. Yo estaba aterrada porque era insoportable la espera, la ansiedad de no saber en que momento iba a dispararme: el suspenso, una de las sensaciones que más odio.

Cubría mi cara con mis manos y le decía: «Por favor, ya, ya…» Y él me obligaba a verlo a los ojos. Yo no quería ver cuando finalmente apretara el gatillo y me matara a mí y a él. No quería ver el momento justo antes de sentir el dolor… y la muerte.

Finalmente escuché el disparo, sin verlo. Y luego otro. Yo sabía que estábamos muertos, pero como pude levantarme y caminar hacia nuestro asesino, pensé: «Quizá sigo viva, quizá…», pero entonces vi nuestros cuerpos tirados junto al elevador ensangrentados, y al asesino, de pie.

Apocalipsis


Yo estaba trabajando en una larga nota sobre automotrices, en la cocina de mi casa. No sé por qué salí al enorme jardín, abandonando la computadora allí.

Junto a un árbol encontré a un bebé. No sé decir si era mío, pero lo tomé en mis brazos para protegerlo de la lluvia que empezaba.

Entonces, llegó una chica para avisarme que habían tenido que cerrar el ala de la casa donde se encontraba la cocina debido a la lluvia, que ya para entonces era un diluvio.

«Mi nota, maldita sea», pensé, aún llevando al bebé conmigo. «Pienso que en algún momento debí haberle dado ‘guardar’ en el Einfluss», le dije a mi madre. Le pregunté si podía entrar a la cocina y ella me mostró que la puerta estaba bloqueada.

Decidimos salir cuando la lluvia cesó, dejando la sensación de un Apocalipsis. En una calle encontramos a un grupo de gente, nos sentamos a una mesa a comer con ellos. Miré hacia el horizonte, el cielo estaba oscuro, parecía que ya era de noche y las estrellas tintineaban con fuerza. Me pregunté si era producto de otra alucinación visual originada por mis migrañas, pero no: mi padre dijo que las luces temblaban y vimos pasar un grupo de estrellas fugaces… o ¿naves?

Sigue leyendo