Nostalgia


Ella se mira las manos, extrañada;

las examina frente a sus ojos

dudando,

temiendo que pueda ser verdad:

Que la nostalgia se sienta tan real,

que la emoción de extrañarlo

se sienta en los dedos

como un breve cosquilleo,

como si su mano quisiera encontrar a otra

que abandonó hace tiempo.

Como si fuera posible ignorar

el sollozo al fondo de la garganta,

ese abismo perpetuo que aguarda

a que él olvide y ella se vaya.

Juego


Ya sé cómo es el juego:

Tú dirás ‘ojalá’, yo diré que no.

Tú dirás que comprendes, yo diré ‘tal vez’.

Tu dirás que sí, yo diré ‘está bien’.

Y luego ya está: Todo acordado.

Yo miraré al principio, luego me aburriré.

Y entre el deseo y los bostezos, me dormiré.

Serena (Autorretrato)


Tal vez un poco mayor,

bajo la luz tenue de la habitación.

Mi rostro muy pálido

de ojos bellos y cansados,

perpetuamente oscurecidos.

El cabello en rubio y dócil,

enmarcando suavemente el rostro.

La boca con sonrisa y no

(ambas soy yo)

Mi rostro pálido y quizá un poco mayor

destaca contra el camisón

y la seda negra apenas cubriendo del viento

que se cuela en en la habitación.

Cansada y tranquila,

preparada y lenta,

valiente y bella,

hermosa y adulta,

serena.

Holbox


Silencio permanente.
El mar ante mí, dispuesto,
miles de metros adentro.
Y mis pies aún caminan la arena,
el agua de azul turquesa,
azul marino y profundo,
beige luminoso y cielo,
y una eterna nube blanca.
El calor del sol, ardiendo,
ilumina mi cuerpo.
Por momentos, todo brilla en amarillo.
El sonido apacible del mar,
el viento y un pajaro canta.
Esto no puede ser verdad.
Sencillamente,
esto es imposible.
Embriagada de tanta belleza…

Persecución y escondite (otra vez)


Estábamos en un viejo anfiteatro, rodeados de una veintena de personas. Todo parecía ir bien. Pero entonces ellos dijeron que eran hombres lobo, y que bastaba ver su cabello rojo encendido y sus adornos verdes para comprobarlo.

Yo no pensé que nos atacarían, pero él me tomó de la mano y me obligó a correr.

Corrimos fuera del anfiteatro y nos encontramos dentro de un estadio. Iba a dirigirme hacia la salida, donde había guardias y quizá una posibilidad mayor de huir, pero él subió por las gradas y yo lo seguí.

Subimos hasta llegar a los palcos. Abrí la puerta de uno y entré. Nos separamos.

Abrí puertas tras puertas, subí escaleras y más escaleras. Corría, en pánico, a través de baños, a través de cuartos. Hasta que llegué a una serie de departamentos.

Entré a un departamento, silenciosamente. Las paredes eran de madera y el sol iluminaba todo. Abrí puertas y clósets, en busca de un lugar donde ocultarme. Robé un vestido verde para poder cambiarme de ropa y no ser reconocida. Oí los pasos de la dueña de la casa y tuve que salir.

Iba a subir por una escalera, pero escuché pasos que bajaban. Me quedé petrificada. Una chica bajó, me miró y dijo: «Te están buscando en el piso de arriba».

Volví sobre mis pasos y corrí hacia al otro lado del pasillo, completamente asustada y abrí la primera puerta. Resultó ser una especie de oficina, con una hilera de baños a un costado. Estaba dispuesta a meterme en un bote de basura de ser necesario, con tal de que no me encontraran, pero no cabía en ninguno.

Vi un gran clóset, de pared y pared y de piso a techo. Subí, con trabajo, a la parte más alta y me hice espacio, quitando muñecas y ropa. Otras dos chicas estaban allí, también escondiéndose.

Traté de cubrirme con las mismas ropas para que los perseguidores no me vieran si es que abrían las puertas.

Cerré la puerta corrediza frente a nosotras y jalé con todas mis fuerzas de la puerta pequeña del lado derecho, que se seguía abriendo.

Rezaba con todas mis fuerzas para que no me encontraran, que no me encontraran por favor…

Sombrero de espinas


Estaba caminando por una calle oscura. Lloraba mi propia muerte. Recuerdo con claridad que estaba devastada, por la muerte de alguien, y ese alguien era yo misma.

Al final de ese callejón, encontré lo que buscaba: un ‘sombrero de espinas’, entretejido con tallos secos de rosas.

Debía colocarlo en mi cabeza.

———

Estábamos todos discutiendo.

No recuerdo bien el motivo, simplemente recuerdo que yo le dije a alguno de los dos: ‘¡Ya no digas más eso!’

Entonces tomé una silla de madera, y golpeé al hombre varias veces en la cabeza. La silla simplemente se rompió. En realidad, nadie salió herido.

Trepé a una parte superior de la habitación. Como una barra de concreto que estaba casi rozando el techo de la cocina. Era algo que solía hacer antes de ir a la escuela, para tomar mi lunch o algo así.

Cuando miré hacia abajo vi a un prima que había regresado, que había logrado dejar al hombre que la maltrataba. Bajé corriendo y la abracé con todas mis fuerzas.

——

La escuela. Llegaba tarde a una clase y atravesaba el enorme campus corriendo a toda velocidad.

Subí por un elevador y entré a una sala de cómputo para imprimir un trabajo. Un chico guapo me explicó un par de cosas sobre la impresora.

Corrí hacia el salón, sin saber muy bien en qué parte del laberíntico edificio estaba. Vi a una vieja amiga y supe que el salón estaba allí. Me animaron a entrar, pese a que ya habían pasado 45 minutos de clase.

——–

Otra vez la escuela. Varios compañeros huyeron de la clase de aquella maestra estricta. Logre sentarme junto a aquel niño. Me hacía reír mientras sacaba los cuadernos de mi papelera.

El resto de los alumnos boicoteamos la clase. Todos dijimos que debíamos salir por algo fuera del salón. Salimos corriendo justo a tiempo para que la maestra no nos viera.

Ojos color lila


Dos imposibles:

Mi tía Vicky estaba viva. Ella, mi mamá, mi abuela y otra tía estaban en la Guay, iban a ir a un paseo o algo así. Todas vestían pants grises, como si fuera un uniforme.

Mi tía Vicky tenía el cabello blanco y lo llevaba corto. Había envejecido, sin embargo, seguía fuerte y hermosa. Estaba sentada en una banca, esperando con las demás a que mi mamá terminara de arreglarse.

Mientras tanto, otro imposible sucedía. Me habían mandado a reportear. Yo estaba trabajando en Expansión y debía ir a una convención a averiguar si sí o no iban a hacer no sé qué.

Debía llegar a las 7 de la mañana del día siguiente, y mandar como mínimo dos notas, supuse. Pensé en enviarlas ya escritas, en lugar de llamar para que alguien tomara dictado.

Isabel no había ido a trabajar, ni ese día ni el anterior  (quizá estaría enferma). Así que tuve que buscar sola un sitio para comer.

El comedor parecía en realidad una fiesta, la gente estaba platicando en grupo. Me senté junto a un amigo y platicamos un poco.

Caminé de regreso a dónde mis tías y mi abuela esperaban a mi mamá. Me senté junto a mi tía Vicky y le pedí disculpas por no estar ahí más tiempo, le dije que estaba nerviosa por el asunto del trabajo.

Sentadas en la banca, la tomé del brazo y recargué mi cabeza en su hombro.

Le dije: «Te quiero tía, te he extrañado». Porque yo creía que ella había estado viviendo en Tijuana todos estos años y por eso no la había visto.

Me dijo que estaba bien, que no me preocupara. Y yo seguí mirando detenidamente su aspecto mayor, su cabello corto y completamente blanco, sus mejillas más llenas, las pocas arrugas en su cara…

Desperté.

Recordé mi sueño, preocupada por lo del reporteo, y me di cuenta con alivio de que eso no podía ser cierto. Y entonces, me di cuenta que lo de mi tía tampoco podía ser cierto.

Y aunque jamás me sucede (jamás), regresé al mismo sueño cuando me volví a dormir.

Allí estaba la banca, mi tía Vicky, mi abuela, mi otra tía y mi mamá que se arreglaba para salir.

Me senté al lado de mi tía Vicky y me incliné hacia ella: Era más joven, su cabello no era blanco, su cara era delgada y hermosa.

Me miraba sonriendo. Supe que ella también había entendido que yo había despertado de mi sueño y que la estaba viendo ahora del modo verdadero. Del modo en que nunca envejeció.

Intrigada, acerqué mi rostro a su rostro y le miré los ojos. Noté que sus ojos tenían un aro color lila y otro café en el iris. Le dije: «Tus ojos son como color morado, con un aro color lila y otro café».

Y ella dijo sonriendo: » Y los tuyos tienen un aro verde y otro café».