Caja nuclear


Se estaban acercando. Nos avisaron mientras nos refugiábamos en improvisadas trincheras a un lado de un edificio derrumbado.

Los superiores decidieron atacar primero.

Mi esposo y yo seríamos los encargados. Nos ordenaron armar la bomba. Era un pequeño artefacto nuclear que cabía en una caja. Tuve que colocar los explosivos junto con varias piedras cuya función era evitar que explotara inmediatamente.

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Las cuatro dimensiones


Subí la escalera y me encontré ante la entrada de un departamento. Todo lucía sucio y desgastado, como en una vecindad.

Tras la puerta de lámina blanca, encontré otras cuatro puertas que daban a cuatro cuartos vacíos e igualmente sucios.

De alguna manera supe que cada cuarto representaba una dimensión: longitud, altura, profundidad y tiempo.

Me acerqué al cuarto del Tiempo, que parecía llamarme más que los demás. Entré y vi escombros en el piso. Más allá, estaba la puerta de un baño.

En él, tras una cortina plástica de regadera, supe que se encontraba algo que me llamaba cada vez más imperiosamente, como un pulso, como el sonido repetitivo que hacen las olas del mar por la noche, barriendo el aire… ffffff… ffffff… cada vez más fuerte.

Atraída sin remedio, pese al horror que sentía por lo que pudiera haber detrás, me acerqué.  Y sin lanzar primero mis manos para protegerme, metí de lleno la cara, a través de la cortina, en la regadera. Y miré…

Y de inmediato, sentí el impulso de tirarme por la ventana. Lo que estaba detrás de la cortina vendría por mí. Era preferible lanzarme hacia la nada.

Y lo hice. Salté.

Y caí en un jardín abierto, cubierto de pasto seco.

Pensé que estaba muerta, pero entonces alguien llegó por mí, en una especie de carreta.

Yo había perdido mis zapatos en mi caída, pero esa persona me los devolvió. Me subió a la carreta y me llevó de ahí.

Había más personas con nosotros en la carreta. Se detuvieron a pedir algo de beber y, después de dudar, pedí una cuba, que no sabía en absoluto a ron ni a coca.

Les conté mi experiencia en el cuarto, en la regadera. Pero a nadie parecía importarle, simplemente querían marcharse de allí, seguir la fiesta.

Luz rosada, miedo olvidado


Elegí mi vestido para la fiesta de esa tarde. Era color rosa, con falda corta y floreado en la parte de arriba. Debajo de él, me puse lo que parecía un baby doll de la misma tela pero transparente.

Estaba en mi casa, era una especie de vecindad venida a más, con caminos franqueados por jardineras llenas de plantas, y en cada terminación, una casa de un solo piso. Yo vivía en una de ellas. Sola.

Cuando salí hacia a la calle, era la hora del atardecer. La luz tenía una cualidad rosada, como si estuviera mirándolo todo a través de ese pequeño cristal color ahumado con el que jugaba cuando era niña.

Atravecé la calle y llegué a la fiesta familiar. La gente estaba sentada en varias mesas. Mamá trajinaba con bandejas de comida y bebidas. Me pidió que la ayudará y lo hice, pero de repente me sucedió algo extraño…

No logro recordar qué fue lo que me molestó/asustó tanto, sólo sé que salí corriendo rumbo a mi casa. Crucé la calle corriendo lo más aprisa que pude. Entré en la vecindad y me perdí entre sus caminos y escaleras blancas. Subía y bajaba, entraba en un pasilllo y doblaba en otros.

Sentía pasos a mi espalda. Entre más me apresuraba por escapar, más miedo tenía. Más asustada estaba de los que me seguían, y de lo que había visto/sentido/oído allá atrás. Un miedo atroz, insoportable, que me consumía por entero.

Llegué a una escalera empinada, con decenas de escalones. No había otro camino y supe que sería imposible escapar de ellos a tiempo. Volteé para encarar a mis perseguidores.

Y sólo encontré frente a mí a dos personas que no me han hecho nunca daño. Él y su madre.

Y ellos preguntaron cuál era mi miedo. Recuerdo que se los expliqué, pero no puedo explicármelo a mí misma. Y ellos dijeron que no pasaba nada, que todo estaría bien. Y al final, todo está bien.

Estado de emergencia


Era mi cumpleaños y todos me festejaban. Estábamos sentados en una mesa de jardín blanca y redonda, en medio de una tarde oscura que amenazaba tormenta.

Alguien trajo un pastel, y en ese momento, cayó sobre nosotros una lluvia de serpentinas brillantes y metálicas. Todo era azul, azul en mi tono favorito. Soplé las velas mientras pedía un deseo.

Una chica que estaba sentada a la mesa parecía fastidiada por estar ahí. Los demás estaban alegres y bebían.

No quería apartarme de esa visión porque era muy reconfortante. Sin embargo, llegó un momento en que no pude ignorar más las señales de peligro que venían del cielo oscurecido.

De repente, nos encontrábamos todos dentro de un edificio. Había habido una explosión afuera, un estallido muy poderoso y estábamos rodeados de fuego.

Tratamos de salir pero la policía había sellado las puertas. Estábamos en un estado de emergencia y no podíamos salir, no iban a permitirlo.

Subimos y bajamos a través de las escaleras metálicas de emergencia, buscando una forma de salir.

Varios hombres comenzaron a agruparse y a tratar de establecer un control sobre los demás. Algunos tenían rifles. Por un momento, quisimos hacerles frente, pero nos superaban.

Surgieron otros grupos de poder y nosotros también conformamos uno. Cuando un policía pregunto que quién estaba a cargo, encontró que casi todas las manos estaban alzadas.

Me di cuenta de que tendríamos que pasar horas y quizás días encerrados en aquel lugar. Propuse buscar comida y ropa para abrigarnos. Yo estaba muy incómoda con lo que traía puesto.

Una prima mía se ofreció a acompañarme  buscar ropa. Antes de irme con ella, sentí la necesidad de avisarle a la persona que parecía ser la más importante en mi mundo, quien es prácticamente mi hermano. Él me pidió que fuera con cuidado.

Ella y yo corrimos por el pasillo conscientes de que íbamos a encontrar muchos peligros.

Nos atravesamos con un grupo de hombres que saqueaban el hotel. Supimos que nos harían daño, pero teníamos que ir.

Cuando llegó el elevador, subí a él, pero me sorprendí cuando vi que su interior medía apenas un metro por un metro.

Sentí claustrofobia y sali, bajo la mirada de los hombres. Le dije a ella que saliera pero se rehúso.

Decidí bajar siete pisos por las escaleras. Corrí hacia bajo y abrí una puerta que me condujo a una gran sala llena de gente pasando leyendo, mirando películas, jugando cartas.

Al saltar entre las mesas, derribé los naipes de un hombre, dos veces de hecho. El me persiguió pero yo logre subir al elevador y cerré las puertas aprisa.

Se cerraron, dejándolo afuera, pero temí que estuviera allí cuando las puertas abrieran.

Comencé a pensar en que no quería soñar eso y me desperté, dispuesta a olvidar la pesadilla.

Sombrero de espinas


Estaba caminando por una calle oscura. Lloraba mi propia muerte. Recuerdo con claridad que estaba devastada, por la muerte de alguien, y ese alguien era yo misma.

Al final de ese callejón, encontré lo que buscaba: un ‘sombrero de espinas’, entretejido con tallos secos de rosas.

Debía colocarlo en mi cabeza.

———

Estábamos todos discutiendo.

No recuerdo bien el motivo, simplemente recuerdo que yo le dije a alguno de los dos: ‘¡Ya no digas más eso!’

Entonces tomé una silla de madera, y golpeé al hombre varias veces en la cabeza. La silla simplemente se rompió. En realidad, nadie salió herido.

Trepé a una parte superior de la habitación. Como una barra de concreto que estaba casi rozando el techo de la cocina. Era algo que solía hacer antes de ir a la escuela, para tomar mi lunch o algo así.

Cuando miré hacia abajo vi a un prima que había regresado, que había logrado dejar al hombre que la maltrataba. Bajé corriendo y la abracé con todas mis fuerzas.

——

La escuela. Llegaba tarde a una clase y atravesaba el enorme campus corriendo a toda velocidad.

Subí por un elevador y entré a una sala de cómputo para imprimir un trabajo. Un chico guapo me explicó un par de cosas sobre la impresora.

Corrí hacia el salón, sin saber muy bien en qué parte del laberíntico edificio estaba. Vi a una vieja amiga y supe que el salón estaba allí. Me animaron a entrar, pese a que ya habían pasado 45 minutos de clase.

——–

Otra vez la escuela. Varios compañeros huyeron de la clase de aquella maestra estricta. Logre sentarme junto a aquel niño. Me hacía reír mientras sacaba los cuadernos de mi papelera.

El resto de los alumnos boicoteamos la clase. Todos dijimos que debíamos salir por algo fuera del salón. Salimos corriendo justo a tiempo para que la maestra no nos viera.

Tercera guerra


Nos enviaban a la guerra, a los civiles. Él y su familia también estaban en el lugar de concentración antes de la batalla. Era un sitio grande, un complejo tercermundista: en las habitaciones amplias y abiertas había viejas camas y sillones para descansar.

El primer batallón salió a combatir en un puerto, como en la Segunda Guerra Mundial. Desde las alturas del complejo podíamos ver a los hombres y mujeres salir con un rifle en la mano sin la menor idea de lo que estaban haciendo. Las luces de las ráfagas de los enemigos iluminaban sus caras asustadas y los charcos de sangre en el piso. Había mucha gente joven.

Separé mi mirada de la batalla que tenía lugar en medio de los altos edificios de la ciudad que daba hacia el mar.

Nuestro batallón debía salir dos horas después de aquel primer ataque.

Yo comencé a reunir mis cosas para estar lista para el llamado, pensando en lo injusto que era enviar a los civiles a pelear. Pero era una orden y debíamos obedecer.

En un sillón, estaba sentado un hombre de unos sesenta años, un general. La madre de mi esposo se acercó a dejarle un paraguas. Conversé un momento con él. Estaba desconsolado y lloraba como un niño.

Traté de alejarme y me rogó que me quedara. Le dije que estaría a unos cinco pasos en aquel cuarto de baño comunal. Dejó de llorar cuando se convenció de que desde allí podría verme.

Fui a maquillarme ante ese espejo: sombras moradas y plateadas brillantes colorearon mis ojos, pese a que creí que era una mala idea maquillarse para la guerra.

Reuní mis cosas y estuve a tiempo antes del llamado.

Fui a la habitación enorme que servía de cuarto y su madre me contó que su familia había sido citada para revisar su casa en busca de mantenimiento de drogas. Ella trató de negarse, pero los pequeños frutos rojos sí estaban en su casa y estaba muy preocupada.

Nos dirigimos al amplio patio a esperar nuestro llamado al combate. En medio, se desarrollaba un show para el Rey. Trucos de magia y acrobacias para complacerlo, pero también ridiculizarlo.

Cuando empezó la música, una mujer de cabello oscuro lo sacó a bailar a él, retándome. Yo di media vuelta y me alejé para no ver más.

En la plaza, la gente decía entre rumores que nuestra batalla se había cancelado. Que la nueva estrategia era mandar al ejército fuera de Europa, a Siberia o algún lugar lejano.

Me sentí aliviada de no tener que luchar por el momento, pero temerosa de viajar a algún lugar más remoto que Europa.

Entré al enorme cuarto de baño, que tenía una estética dentro. Los pisos estaban cubiertos de sangre y en la esquina un paquete grande de droga. En segundos, el lugar se lleno de militares que buscaban al traficante, pero en el lugar sólo quedaba yo.

brian.ch

Caída al abismo


Apenas me había dormido cuando sentí que caía en un abismo. Más profundo que nunca, más fuerte que nunca.
Moví mis brazos y mis piernas en un intento frenético por aferrarme.
Mi corazón, palpitando a todo.
Creo que esta vez mi alma sí iba a lograr escapar de mi cuerpo.
Me desperté asustada, más asustada que nunca.
Por suerte aún estábamos abrazados, por suerte él aún estaba despierto.
Dijo que me cuidaría, pero yo tuve miedo de dormir de nuevo.
Y esta sensación de que nada es real…