Avioneta


No sé cómo explicarlo, pero en la puerta del bar había una avioneta incrustada. (La imagen debe venir del concierto de Roger Waters-The Wall o de las Torres Gemelas, quizás)

Estábamos en un puerto, entramos por la extraña puerta al enorme bar. Había mesas por todos lados.

Él se sentó, pero yo tuve que salir a hacer algunas cosas. Encontré a un antiguo profesor y a una tía. Conversando con ellos, perdí el tiempo. Cuando volví, él ya había acabado su tarea y se fue a jugar Play Station.

Yo quería acabar mis deberes pero ni siquiera sabía por donde empezar.

Premio de literatura :p


Había ganado un premio de literatura en el extranjero. Me enteré mientras caminaba por las calles de aquel país y vi un espectacular que decía: «Carla Paola Reyes debe donar su premio de literatura al Hospital Fulano de Tal».

Así que gané un premio, me dije. Le tomamos una foto al anuncio y empezamos a buscar el hospital. No tenía inconveniente en donar el dinero, porque un premio significaba que tarde o temprano me reconocerían con otro y así… al éxito. 🙂

Llegamos a un hospital y nos dijeron que allí no era. Buscándolo de nuevo, íbamos caminando al borde de una especie de Periférico bajo la luz del mediodía.

Mamá mencionó entonces que yo debía asistir esa tarde, dentro de un par de horas, a la ceremonia de premiación. «¿Y apenas me dices?». Yo no llevaba más que un par de tennis deportivos, una blusa roja de algodón y jeans.

Ella trató de convencerme de que no tenía importancia que fuera así vestida, y empezó a dar excusas sin sentido por no haberlo dicho antes. Pero yo sólo pensaba en que el mundo entero iba a verlo en la televisión.

Entramos a una tienda y compré un desodorante, un perfume pequeño. Iba a buscar algo de ropa decente. Pero entonces comencé a probarme pelucas, extensiones de pelo y se me fue el tiempo.

La tienda se convirtió en una escuela y la vendedora, en una maestra. Había niños por todos lados y yo trataba de buscar en la computadora de la profesora el nombre de la institución que me había dado el premio.

Un niño insistía en poner sus dedos sobre el teclado y arruinar lo que yo escribía. Enojada, le di un manotazo. Salió, llorando, a acusarme con su mamá.

Yo estaba cada vez más frustrada y enojada. Llamé, aún calmadamente a la maestra y a mi mamá, que esperaba en un pasillo afuera. Les expliqué que estaba a punto de convertirme en algún monstruo tipo Hulk, que estaba a punto de estallar. Que se llevarán a los niños por favor.

Nunca llegué a la ceremonia del premio de literatura. Un sonido extraño de piano me despertó y no supe de dónde salió.

Joseph Pullitzer

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Que él iba a mudarse al norte, más arriba de Monterrey, a Estados Unidos. En un patio había miles de cajas que se debían transportar. Muchos hombres las custodiaban, creo que eran del ejército.

Yo trataba de ayudar y entraba a una alberca techada, nadaba hacia el fondo para recuperar unas credenciales. Se las entregaba a un oficial.

Musical


Que estaba cantando en un musical, casi iba a acabarlo, pero mamá me interrumpía: teníamos que movernos de sitio.

En el camino logré recopilar unas cuantas cosas necesarias para la obra: un papalote, un par de sillas.

Al llegar al nuevo lugar, me di cuenta de que estaba en mi habitación de cuando era niña. Había que decorarla para que el musical se viera mejor. Una amiga de la primaria me ayudaba.

Empecé a practicar mis canciones, mientras bailaba. Me sentía tan libre al hacerlo, por fin estaba bailando y cantando, y bien.

Ya quería empezar de nuevo, el público iba llegando y se desesperaba por el inicio del show. Pero, como siempre, fue uno de esos sueños frustrantes en los que nunca acabo de hacer lo que deseo.

Túnel de agua


Era una especie de juego de un parque de diversiones, sólo que no había parque alguno. Era una construcción de madera con toboganes regados por chorros de agua. Yo debía aventarme por un túnel del cual no se veía el fondo. Tomé valor y lo hice. Después de unos segundos de caída el túnel se ensanchó y me encontré rodeada de paneles de madera. Seguí cayendo en medio del agua por unos minutos más, comencé a aburrirme (de nuevo) como Alicia.

Al caer, me encontré flotando en el agua clara y agitada por las mangueras. Me deslicé sobre ella un tramo y salí, poniéndome de pie. Quise contarles a todos lo sencilla y divertida que había sido la experiencia.

Alrededor de mi había mesas, era una cafetería. Mi mamá y mi suegra estaban sentadas en una, platicando. Las saludé y seguí caminando, hasta que encontré dos puertas blancas abiertas en la estructura de madera. La de la izquierda llevaba a un cuarto donde habían instrumentos musicales listos para ser tocados. La segunda, llevaba a una escalera de caracol.

Subí por la escalera, que se convirtió en una serie de bancos de metal apilados. Yo me esforzaba en mantener el equilibrio sobre ellos. Completamente inestable, estaba a punto de caer. Pero me impulsé con todas mis fuerzas para escalar a una abertura que daba a un piso. Subí y me encontré en una habitación pequeña, con paredes blancas. Yo debía alcanzar un objeto que estaba al fondo no recuerdo qué.

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Estaba en un parque, un espacio amplio cubierto de pasto. De repente veía llegar a KDT y a José Manuel. Me daba tanto gusto verlos después de tantos años… los abrazaba. Me invitaron a acampar con ellos, pensé que me llamarían pero fueron a mi casa a invitarme. Yo aún vivía con mis papás, pero pensé que a mi esposo no le gustaría mi plan :).

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Un programa de radio, con un estudio de televisión lleno de luces e  invitados. Una locutora dando el teaser y un par de conductores que se aprestaban a dar noticias de espectáculos. «Nadi» era la estrella juvenil de esos tiempos, una chica de unos 15 años con tez blanca y cabello oscuro.

Brazo amputado


Antes de llegar al hospital/escuela/gimnasio mi mamá me había amputado el brazo. Bajamos del coche e íbamos caminando en una zona oscura llena de árboles cuando dijo: «De una vez» y cortó mi brazo apenas por debajo del hombro.

No me dolía y no sabía en realidad qué andaba mal con él, por qué hubo que cortarlo. Llegamos al hospital en una soleada calle llena de escaparates, y allí mamá se encontró a una mujer que conocía y que a mí me disgustaba de algún modo. Yo la saludé, poniendo mis dos manos sobre sus mejillas y dándole un beso en una de ellas. Porque yo aún sentía mis dos brazos, los veía… recordé que a eso le llaman «miembro fantasma».

Me acerqué al mostrador del hospital donde una enfermera amable, pero lenta para comprender, me escuchó. Yo estaba angustiada por mi brazo, pensaba que iba a perderlo si no me lo colocaban de nuevo enseguida. Le expliqué que mi mamá lo traía, que debía apresurarse en llamar a los doctores.

Después de un rato de tratar de explicar me preguntó que en qué tipo de madera lo traía, en qué tipo de caja. Yo le contesté desesperada que mi mamá no lo traía en ninguna caja, ni en hielo, simplemente así.

La enfermera me dijo que esperara, que no había doctores, pero que me avisaría en cuanto pudieran operarme.

Pasé casi todo el día en un cuarto, esperando. Mirando por la ventana descubrí que los enfermeros, doctores y mis amigos estaban en la playa, emborrachándose y divirtiéndose. De repente una de ellos me descubrió en la ventana y, avergonzada, salió del agua, para ir a atenderme.

Me puse de pie y vi que a mis pies había arena y que se había metido toda en mis dedos, en mis uñas. Me angustié porque pensé que debía limpiarla antes de entrar al quirófano. Fui a lavarme en un lavadero. La chica rubia de ojos verdes llegó y pensé que por fin iban a devolverme mi brazo.

Pero salió de nuevo y un montón de amigos se quedaron conmigo, pero sin hacerme el menor caso. Yo desesperaba porque alguno de ellos me ayudara. Les pedí que mandaran un mensaje para buscar a algún doctor. Tardaron años en hacerlo.

Desperté.

Londres


Estaba de nuevo en aquella casa de mi infancia. Entraba al departamento de abajo, el que no era nuestro. Allí vivía una amiga pelirroja. Le dije: «Ah… ¿ahora vives tú aquí?». El departamento era pequeño y ordenado, con pocos muebles.

Salí de allí y me dirigí hacia donde estaba reunida mucha gente en gradas sobre pasto, viendo algún espectáculo. Encontraba a una amiga que estaba embarazada y a otro amigo que hace años dejó de verme.

No mucho… sólo esa casa de mi infancia. Ahora debo subir la escalera.

Flash


No tengo sueños enteros para recordar, pero ahora sufro un fenómeno distinto del subconsciente: flash.
Sentada en mi escritorio (at work), y de repente, entre el déficit de Grecia y la caída del euro, llega a mi mente el nítido recuerdo de un sueño pasado, sueños tan viejos que nunca llegaron a escribirse aqui, sueños sin importancia, en ocasiones sueños que soñé cuando era niña.
Durante un segundo percibo el ambiente del sueño, lo recuerdo, me deleito en el detalle que viene hacia mí: una calle, un escenario, un evento.
Al momento siguiente he regresado a mi nota, a mis pensamientos sobre un chico de cabello despeinado, o a lo que sea que esté haciendo.
Lo extraño es que el recuerdo viene sin pedirlo, sin buscarlo, y en el momento en que menos lo necesito.
Me pregunto si estos flash son un nuevo síntoma de mi extraño problema de memoria o si son el llamado de una ‘realidad alterna’ que en verdad existe… o sólo estoy loca.