(M) Correr (sueño)


Correr. No de ellos, sino conmigo.

Había salido de la habitación del interrogatorio, donde todo era justificarse. «¿Por qué has sentido lo que has sentido?», «¿por qué has hecho lo que has decidido?». Un hombre jamás tuvo que dar explicaciones de ese tipo. Mesas llenas de interrogadores; mujeres que rezan, que lloran, que se enojan, que reclaman.

—Carla, ¿a dónde vas?

Y eché a correr hacia el estadio. Sentir la lujuria observando mis pasos, y cómo todo lo observable parece ser eso…

No me importó nada. Entré desde la calle hacia las gradas. Subí hasta la más alta y eché a correr por el borde, el borde que separaba la cancha de las gradas, el borde que separaba las gradas del abismo, de la pendiente pronunciada.

Y corrí. Corrí. No huyendo, no con miedo. No huyendo de ellos (de todos ellos), sino yendo conmigo. Oí en mi cabeza el (diluvio de) comentario(s), el tono (despectivo), el juicio (generalizado), un versículo originario (del machismo). Las palabras son un arma contundente, una bala de escopeta que ellos apuntan al centro de mi mente.

Son el río.

Corrí por el borde a una velocidad jamás antes alcanzada. Corrí liberada, sintiendo el vértigo en cada vuelta, la fuerza centrífuga. Y gritaba. Gritaba en cada curva, con un rugido… una llama… un sollozo que desahogaba, liberaba, independizaba. [Ese grito quiero pronunciarlo en voz alta (pero son las 6 de la mañana) en la orilla de la carretera, hacia esos paisajes que nadie frecuenta, que casi nadie frecuenta].

Y rodeé el estadio a la velocidad vertiginosa, una dos, tres vueltas. Y gritaba.

Hasta que vi frente a mí a un hombre que estaba por caer. Un jugador que se tambaleó, o algo así, en un saque de banda. No iba a poder detenerme. Chocamos y quedé debajo de él cuando me cayó encima. Y eso me detuvo de caer por el borde de la grada.

—Sostenme o me voy caer al abismo —Le señalé con la mirada mi situación precaria.

—Tuviste suerte de que detuvieran el partido —dijo y luego sonrió.

Y sonreí.

Hubiera podido caer también hacia el otro lado, hacia la velocidad de sus carreras y la fuerza sus patadas.

Entonces llegó un par de mujeres que me ayudaron a sostenerme por los brazos y sentarme en el borde.

Y les agradecí.

Eliza


A medida que iba cayendo la tarde, ella apresuraba el paso. El piso mojado iba quedando atrás bajo sus botas toscas, sus ojos oscuros miraban atentos el camino. 

Cruzamos nuestros caminos justo debajo del puente que atraviesa la gran avenida, nos miramos a los ojos un solo segundo y fue suficiente: inmediatamente la quise para mí. 

Sé que su nombre era Eliza, aunque nunca me lo dijo. Todavía niña, había atado su cabello chino con una cinta amarilla; todavía virgen, dejaba al descubierto sus piernas delgadas bajo la breve falda. 

Iba sola, pero no mostraba miedo. Me miró fijamente a los ojos y siguió su camino, creyendo que estaba a salvo de todo peligro, pero no era así. Me creyó uno de todos aquellos hombres que recorren la ciudad: obreros a su trabajo, padres en busca de sus hijos; me creyó uno de esos que acarician groseramente con la vista, el cuerpo de una mujer que pasa, le lanzan un “piropo” entre dientes y luego se marchan sin hacer nada. 

Y para no mentir, acepto que yo soy casi siempre como aquellos hombres. Yo vivo también en esta ciudad sucia y peligrosa. Sí, yo también camino hacía mi trabajo mal pagado y voy de prisa a buscar a mis hijos a la escuela; y sí, también veo fijamente a las muchachas guapas y suelo soltar a su paso algún halago obsceno. Pero esta vez mantuve para Eliza mi boca cerrada, porque esa tarde no estaba dispuesto a ser uno de todos, uno más de los que pasan. No iba a conformarme con sólo mirarla. 

A lo lejos, en el cielo, se distinguía la nube gris. Cuando intercambiamos miradas, me pareció distinta a las otras. Ella, aunque más joven, no bajó la vista, incómoda; ni tuvo en su rostro algún gesto de repulsión hacia mí. Parecía mayor a sus años. Empecé a seguirla por las calles frías.

Había dado comienzo la silenciosa persecución. Ella no lo supo al principio, así que siguió con su caminata, apresurada pero despreocupada. Cuando al fin notó la figura del hombre que le seguía los pasos desde hacía cinco cuadras, volteó con insistencia hacia atrás para convencerse. Pasábamos entonces por una de las calles más ruidosas de la ciudad, llena de escaparates, tiendas y luces. 

Hubiera resultado fácil para Eliza el perderse entre la gente, de no haber sido porque yo no tenía ojos más que para ella. En una esquina, un hombre harapiento echaba fuego por la boca, Eliza pasó sin mirarlo, apresurando el paso bajo la luz roja del semáforo.

No quise alcanzarla: desde lejos disfrutaba mejor el movimiento de su falda, que descubría sus piernas al caminar. Por fin, empezó a llover, las gotas mojaron su cabellera negra y su blusa delgada. El sol menguaba gradualmente y los autos encendían ya sus luces. 

Al parecer, mi esposa tendría que esperar un rato más para verme llegar a casa. El recorrido por la ciudad me resultaba tan excitante porque frente a mí tenía una preciosa atracción, mejor que los niños que hacen malabares en el alto, mejor que cualquier espectáculo citadino, aún mejor que la mejor prostituta: frente a mí tenía a Eliza, bellísima, temblando de angustia.

Finalmente, corrió al divisar ya cerca la estación del metro. Casi no tocaban sus botas el pavimento. Entró deprisa por los torniquetes, corrió escaleras abajo, pero, cuando quiso entrar al vagón, todas las puertas estaban cerradas. 

Apenas alcanzó a escuchar el silbido que anunciaba la partida del tren y en seguida, la hilera de vagones color naranja echó a correr y se perdió en la oscuridad de un túnel. Cuando Eliza miró hacia atrás, sólo quedábamos ella y yo, de pie sobre el andén.