Lucha/huida (sueño)


Había muchas personas hablando en el estacionamiento del edificio. Las excavaciones de revisión tras el terremoto habían puesto al descubierto algo escalofriante. Debajo de los cimientos, estaban enterrados los cuerpos de un adulto y cuatro niños. Al parecer, el padre había matado a los hijos y luego se suicidó.

Había agua en el subsuelo. Era como si hubieran sido enterrados en agua.

Alguien pidió algo para mirar a través: un visor, unos goggles. Yo dije: «Yo tengo». Y subí por las escaleras a buscarlos. Apenas llevaba algunos escalones cuando escuché gritos abajo, gritos de terror y de advertencia. «No bajes», decían. Así que corrí escaleras arriba, en huida.

Entonces los sentí tras de mí. Corrían como humanos, pero eran bestias. Algo animal había en ellos, con fauces, hocicos de dientes afilados, con piel ¿transparente?

Traté de entrar en cualquier puerta, estaban cerradas. Llegué al departamento en el piso más alto. Parecía un penthouse. Estaba abierto. Entré y cerré la puerta tras de mí, a centímetros de ellos.

Golpeaban sin control contra la puerta mientras yo buscaba algo con que defenderme, algo con qué pelear. Encontré entre mis cosas una navaja y un sacacorchos en espiral. Con eso se llevaría a cabo la lucha.

Me asomé hacia el estacionamiento por el balcón. La pelea abajo estaba siendo ganada por las fieras; los vecinos corrían hacia las salidas y eran abatidos antes de llegar.

Entonces vi al líder. Un hombre; él no era una fiera sino un ser humano, rodeado de otros tan pensantes como él. Alzó la vista y me vio en el balcón. Sentí el terror de siempre, tan antiguo y tan conocido, tan intenso.

Los vi correr hacia el edificio y los oí subir por la escalera. Venían por mí. Todo esto era por mí.

Me preparé para esconderme y permanecer quieta.

A diferencia de las bestias, ellos sabían abrir la puerta. Cuando entraron, me había acostado lo más plana posible en el piso del balcón para no ser vista.

Registraron el departamento y entonces uno de ellos me vio, un subordinado. Trató de salvarme. Dijo: «Aquí no hay nadie». Por supuesto, el líder no le creyó y se asomó.

Cuando sentí la muerte inminente, su presencia de muerte sobre mí, preferí saltar yo misma a ser asesinada.

Y me lancé del balcón.

Pero no morí. Seguí viva tras la caída y eché a correr hacia la salida. En huida, en adrenalina, en alerta. Huida.

Desperté.

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Despiertos / adormilados


La vi avanzar por la calle, de prisa, con paso decidido. Era una señora de mediana edad con el cabello corto y oscuro. Yo caminaba detrás de ella.

El resto de las personas avanzaban despacio, al mismo ritmo, adormiladas, como muñecos carentes de voluntad. Supe que no comprendían el peligro que nos acechaba a todos.

Me acerqué por detrás y tomé a la señora del brazo. Aunque era yo una desconocida, su sobresalto no duró más de un segundo. Comprendió al instante que juntas podíamos abrirnos paso más rápidamente entre la multitud.

Es que, si estábamos despiertas, debíamos escapar.

La masa de gente se apelmazaba en cierto punto y formaban filas para entrar a un estacionamiento en donde el chico que estaba a cargo repartía automóviles a las personas para que pudieran salir de la ciudad. Se esforzaba por hacerlo de una manera ordenada, sin darse cuenta de que los segundos eran valiosos porque la catástrofe estaba a punto de empezar.

La señora y yo pasamos por un lado del chico y nos apropiamos del primer auto que vimos abierto, un viejo sedán negro. Tres personas más se subieron con nosotros: un hombre de unos cuarenta y tantos años, una muchacha con una prótesis a falta de una pierna y un joven de cabello negro. Fue un movimiento rápido e impecable.

Así eran y así debían ser las cosas ahora. No había tiempo para discusiones o vacilaciones, y las personas que tuvieras a tu lado se convertían a partir de entonces en tu familia.

El hombre condujo el auto y yo quedé atrás con la señora y la chica.

Seguimos a otro coche cuyos ocupantes parecían tan decididos como nosotros. Parecían saber a dónde ir, parecían conocer algún lugar seguro.

Paramos en un edificio grande. A la entrada, la gente esperaba que los encargados les repartieran ropa y cobertores. Robamos lo que pudimos al pasar y entramos sin pedir permiso. Para entonces, ya los intentos por mantener el orden de las cosas se venían abajo lentamente.

Aquel edificio en otro tiempo parecía haber sido una universidad y ahora operaba como un campo de refugiados de alto nivel. Solo los enterados entraban allí. Y, para permanecer allí, debíamos aprobar algún tipo de prueba o examen. Solo aquellos con alguna aptitud útil para esta nueva realidad tendrían derecho a ocupar un espacio en aquel refugio de primera categoría.

Al conversar entre los cinco de nosotros, se hizo evidente que solo el chico del cabello negro y yo tendríamos posibilidades de aprobarlo. Nos dimos a la tarea de estudiar aunque realmente todo lo que necesitábamos saber ya estaba o no en nuestros cerebros.

Sophie y más y más muerte


(Soñé que) ella quería matar a Sophie, mi hija.

Yo la buscaba en el garage, pensando que ya la había matado, pero Sophie estaba afuera con su impermeable rojo, mojándose en la lluvia.

Había estado jugando afuera, y ahora lucía asustada.

—Sophie, ven aquí —la llamé.

Y vino hacia mí, con su cabello rubio y despeinado. Y junto con ella, mis otros tres hijos, dos niños y una niña. Los envolví en un abrazo.

Pero el peligro seguía. Ella iba a matar a Sophie con un rifle.

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La huida


Estábamos en medio de un camino desierto, sería mucho llamarlo carretera porque por ahí no parecían circular coches frecuentemente. En medio de la luz del día se veían vagones de tren abandonados aquí y allá.

Nosotros éramos un grupo de cinco o seis personas, claramente nómadas, que cruzábamos el país para llegar a algún punto. Sin pertenencias casi, con un par de mochilas que contenían agua, comida, cigarros. Qué difícil era conseguir un cigarro…

Un par de vehículos llegaron por el camino, se detuvieron junto a nosotros y quedamos atrapados en medio. Comenzaron los gritos y amenazas del grupo de delincuentes. Apuntaban sus armas largas (como dirían las noticias) hacia nosotros.

Pensé que eso era todo: nos matarían o con peor suerte nos llevarían con ellos a un destino horrible. Yo había escuchado estas historias…

Pero entonces comenzaron a pelear entre ellos y aprovechamos la discusión para escapar corriendo con todas nuestras fuerzas.

Los siguiente que recuerdo fue que estábamos en una casa muy grande. Una de esas mansiones que solían ser destruidas para convertirlas en decenas de pequeños departamentos. Pero esta se había salvado, sin embargo había quedado muy lejos el tiempo en el que pertenecía a un sólo dueño, a una ama y señora de su casa. Ahora había gente por todos lados, era el refugio de todos los que, como nosotros, estábamos viajando (¿huyendo?) de algo.

Mmm… Estábamos huyendo del país. Pero ¿por qué?, ¿hacia dónde?

Recorrí las habitaciones de paredes blancas en busca de un baño, todo estaba sucio y revuelto por todos lados. Al salir, conseguí que alguien me diera la mitad de un cigarro.

Ellos estaban planeando nuestra siguiente etapa de viaje.

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Estábamos en un salón reunidos, era una especie de espacio abierto, parcialmente techado. Había mucha gente y cada una debía llenar en una computadora registros sobre sí mismo. Yo tardaba años completando párrafos y párrafos en Word.

Cuando llegó el momento, nos llamaron a todos y nos pidieron las hojas, yo acababa de guardarlas en una mochila, las busqué, pero no pude hallarlas como me ocurre siempre, así que las mandé imprimir de nuevo, apurada.

Al salir de la reunión, un amigo me contaba casi llorando sobre lo difícil que le resultaba la escuela y los exámenes y yo trataba de alentarlo. Pensé en lo afortunado que era al poder ir a una escuela.

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Estábamos caminando en Nueva York. Entramos a una iglesia que encontramos a un lado del camino, parecía sencilla desde fuera, pero al entrar la encontramos majestuosa.

El techo era muy alto, las paredes blancas y decoradas con cuadros de Jesús y de los Santos, no había bancas de madera, sino sillones tapizados de terciopelo rojo. Una alfombra conducía al altar. Avancé para recibir la comunión: en lugar de la pequeña hostia que yo había recibido toda mi vida, me entregaron un envoltorio de plástico. Vi que los demás llevaban hostias del tamaño de un pan, y mi bolsa contenía una cruz… de jamón serrano…. ja ja ja. Pensé: con razón aquí en Estados Unidos los vagabundos no mueren de hambre.

Eliza


A medida que iba cayendo la tarde, ella apresuraba el paso. El piso mojado iba quedando atrás bajo sus botas toscas, sus ojos oscuros miraban atentos el camino. 

Cruzamos nuestros caminos justo debajo del puente que atraviesa la gran avenida, nos miramos a los ojos un solo segundo y fue suficiente: inmediatamente la quise para mí. 

Sé que su nombre era Eliza, aunque nunca me lo dijo. Todavía niña, había atado su cabello chino con una cinta amarilla; todavía virgen, dejaba al descubierto sus piernas delgadas bajo la breve falda. 

Iba sola, pero no mostraba miedo. Me miró fijamente a los ojos y siguió su camino, creyendo que estaba a salvo de todo peligro, pero no era así. Me creyó uno de todos aquellos hombres que recorren la ciudad: obreros a su trabajo, padres en busca de sus hijos; me creyó uno de esos que acarician groseramente con la vista, el cuerpo de una mujer que pasa, le lanzan un “piropo” entre dientes y luego se marchan sin hacer nada. 

Y para no mentir, acepto que yo soy casi siempre como aquellos hombres. Yo vivo también en esta ciudad sucia y peligrosa. Sí, yo también camino hacía mi trabajo mal pagado y voy de prisa a buscar a mis hijos a la escuela; y sí, también veo fijamente a las muchachas guapas y suelo soltar a su paso algún halago obsceno. Pero esta vez mantuve para Eliza mi boca cerrada, porque esa tarde no estaba dispuesto a ser uno de todos, uno más de los que pasan. No iba a conformarme con sólo mirarla. 

A lo lejos, en el cielo, se distinguía la nube gris. Cuando intercambiamos miradas, me pareció distinta a las otras. Ella, aunque más joven, no bajó la vista, incómoda; ni tuvo en su rostro algún gesto de repulsión hacia mí. Parecía mayor a sus años. Empecé a seguirla por las calles frías.

Había dado comienzo la silenciosa persecución. Ella no lo supo al principio, así que siguió con su caminata, apresurada pero despreocupada. Cuando al fin notó la figura del hombre que le seguía los pasos desde hacía cinco cuadras, volteó con insistencia hacia atrás para convencerse. Pasábamos entonces por una de las calles más ruidosas de la ciudad, llena de escaparates, tiendas y luces. 

Hubiera resultado fácil para Eliza el perderse entre la gente, de no haber sido porque yo no tenía ojos más que para ella. En una esquina, un hombre harapiento echaba fuego por la boca, Eliza pasó sin mirarlo, apresurando el paso bajo la luz roja del semáforo.

No quise alcanzarla: desde lejos disfrutaba mejor el movimiento de su falda, que descubría sus piernas al caminar. Por fin, empezó a llover, las gotas mojaron su cabellera negra y su blusa delgada. El sol menguaba gradualmente y los autos encendían ya sus luces. 

Al parecer, mi esposa tendría que esperar un rato más para verme llegar a casa. El recorrido por la ciudad me resultaba tan excitante porque frente a mí tenía una preciosa atracción, mejor que los niños que hacen malabares en el alto, mejor que cualquier espectáculo citadino, aún mejor que la mejor prostituta: frente a mí tenía a Eliza, bellísima, temblando de angustia.

Finalmente, corrió al divisar ya cerca la estación del metro. Casi no tocaban sus botas el pavimento. Entró deprisa por los torniquetes, corrió escaleras abajo, pero, cuando quiso entrar al vagón, todas las puertas estaban cerradas. 

Apenas alcanzó a escuchar el silbido que anunciaba la partida del tren y en seguida, la hilera de vagones color naranja echó a correr y se perdió en la oscuridad de un túnel. Cuando Eliza miró hacia atrás, sólo quedábamos ella y yo, de pie sobre el andén.